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Navidad: cosas de Dios

anunciacion.jpgNos acercamos a uno de los momentos más importantes del año de nuestra vida de fe: el nacimiento del que vendrá a salvar al mundo. Dicho así parece tan espectacular como lo que creemos que es (al menos de eso presumimos en nuestros actos de fe).  Pero lo trascendente del tema no es que venga, sino que viene a encarnarse, esta vez, en nosotros. Mejor dicho, a través de nosotros, ya que somos nosotros los que le tenemos que hacer presente en y con nuestra vida. ¡Ahí es nada!

Y es que en las cosas del Señor, de esas que nadie entiende porque según la tradición “escribe recto en renglones torcidos”, que unas veces es brisa suave y otras, no pocas, a lo tremendo, debemos estar preparados para todo. Sí, como suena. Tal y como a María le tocó ser la Madre del Salvador, sin previo aviso, con discreción y con un problema de narices por delante para explicar a todos la verdad del asunto –mejor hizo dejando las explicaciones en manos de Dios, que ya es confiar- porque a Dios, que todo lo puede, le da por no hacer alardes de grandeza en cuestiones mundanas: que van a pensar que el niño ese... pues nada, se lo dejas a Dios y santas pascuas, un problemilla menos. Y pongo este ejemplo porque es de hace unos días –todos los años en Adviento volvemos al capítulo de la Anunciación- pero que conste que no es el único.

Como decía, el asunto clave de la Navidad no está en los regalos de Papá Noel, Santa Claus o como se llame el tipo ese vestido de rojo del que cada vez me llegan peores referencias. El último rumor que corre sobre él es que ha montado una franquicia de asalta pisos especializados en entrar por los balcones. Y por lo visto lo hacen tanto a la luz del día como con nocturnidad y que, para más inri –no se si debiera utilizar esa palabra, pero bueno- la cosa cae simpática a no pocos vecinos.

Pero volviendo a centrar el tema –mira que me cuesta hoy- lo verdaderamente importante es que en Navidad puede volver a producirse un nacimiento importante, un nacimiento que puede cambiar, supongo que, el mundo si nos lo proponemos pero que bastante hay con cambiarnos a nosotros.

Y eso es todo. Simplemente que con toda la confianza que Dios nos tiene nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos invita sin paliativos, directamente, sin excusas a ser reflejo de Él. A vivir como lo hizo Él. A convivir con los demás como lo haría Él. A dejar que Él nazca en nosotros y que nosotros nazcamos para los demás. Como dije antes, es algo tremendo –cosas de Dios- pero la respuesta es personal.

 

¡Feliz Navidad!