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Símbolos religiosos

jamon.jpgEl pasado viernes, 4 de diciembre, Santiago González publicaba un artículo en El Mundo en el que hacía unas reflexiones acerca de la última ocurrencia parlamentaria de los republicanos de la izquierda catalana respaldada por el partido del Sr. Rodríguez, nuestro presidente, acerca de la retirada de los crucifijos de las aulas.

Para empezar, para que el supuesto malentendido no quede entre nosotros, la propuesta en cuestión fue la que fue y votaron lo que votaron. Vamos, que sí. Que votaron que los quitaran. Que mejor estamos sin cruces en las aulas que nos recuerden que nuestra cultura, la cultura occidental, la cultura en la que es posible, factible y una realidad constatable la separación entre la Iglesia y el estado; una cultura en la que conviven la religión y la democracia; una cultura en la que pueden convivir diferentes religiones sin que llegue la sangre al río e incluso que formen parte del paisaje las opciones no religiosas; una cultura basada en la dignidad de todos, mejor dicho en la igual dignidad de todos. Vamos que por lo visto lo más “in”, lo más “guay”, lo que se lleva es no recordar nuestros orígenes. Y así viviendo en la ignorancia podrán hacer de nuestros retoños una panda de borregos analfabetos, porque lo que no se lleva es reconocer que nuestra cultura es hija de la tradición judeocristiana pasada por el tamiz de la civilización grecorromana. Y es que a fuer de ser sinceros predomina el discurso progre de que contra la Iglesia todo vale. ¡Qué sabrán ellos qué es la Iglesia! Si no distinguen la imposibilidad de comulgar por el hecho de encontrarse en situación de pecado público con la excomunión. (Me remito a las noticias referentes a este tema publicadas tras a la aprobación de la reforma de la ley del aborto).

 

Por lo visto el reto en estos momentos consiste en proscribir de la vida pública los símbolos religiosos y recluirlos a la esfera de la vida privada. Y como suele ser característico de la izquierda progre y laicista, en un arranque de atrevimiento atacan frontalmente a aquellos que saben bien que no armarán lío, o que si lo arman no llegará más allá de cuatro comunicados muy educados y comedidos, eso sí, en los que dejarán patente su desacuerdo. Vamos que podemos considerar una muestra pública de fe el crucifijo en las aulas, pero no el hecho de que una mujer musulmana lleve el velo, expresión manifiesta de su fe en público, como tampoco debe de serlo el hecho de exigir un menú diferenciado para los musulmanes ya que por cuestiones de fe no pueden disfrutar, entre otras, de las delicias de cierto animal de bellota que campa por tierras hispanas y del que según el refranero nos gustan hasta los andares.

 

En resumen, o todos moros o todos cristianos (es una expresión de nuestra tradición, no una posición xenófoba en contra de la convivencia social con personas que profesan distintas religiones). A buen entendedor... ¡viva el jamón serrano!

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