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Roma, ciudad eterna.

vaticano.jpgAcabo de regresar de Roma, la ciudad eterna, y no me extraña que sea tal. Durante los últimos días un servidor ha tenido la ocasión de participar en una audiencia de Su Santidad y, ayer mismo, en la ceremonia de canonización de 5 nuevos santos de la Iglesia: Hno. Rafael Arnáiz, monje cisterciense; Juana Jugan, fundadora de las religiosas de la Congregación de las Hermanitas de los Pobres; Josef Damian de Veuster, misionero en la isla de Molokai; Zygmunt Szcesny Felinski, fundador de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María; y Francisco Coll, fundador de las Dominicas de la Anunciata.

Como digo el apelativo de la ciudad eterna le viene al pelo. No sólo es eterna por las maravillas que del mundo antiguo, ni por los monumentos y palacios que adornan sus calles, ni siquiera por contener en su interior el estado más pequeño del mundo que es a su vez el centro espiritual de toda la cristiandad. He descubierto, en primera persona, que es eterna por algunas cosas de las que allí suceden.

Mientras la ciudad se despierta, hace tiempo que un grupo numeroso de personas hacen cola para poder entrar en la Plaza de San Pedro que, como es habitual en las grandes celebraciones, está rodeada de policías y controles de seguridad. Siendo todavía de noche, con buen ánimo a pesar de la lluvia, aguantan lo que caiga con tal de poder ver de cerca lo que sucederá unas horas más tarde. Mientras tanto otros muchos despiertan y se preparan para acudir al mismo evento con más calma sabiendo que no lo verán de tan cerca, pero confiados en que lo que allí sucederá quedará grabado en sus retinas y en su corazón para el resto de sus días.

Poco a poco se acerca la hora y las colas de acceso a la plaza se hacen más y más largas. Todos revisan los pases y algunos caemos en la cuenta de que nuestro pase tiene el número 44066. Vamos que por lo menos habrá 44065 como el mío. Y allí charlando con un grupo de Boyscouts de Hawai descubres que el Padre Damián, famoso por la película Molokai, tiene allí mucho tirón y que han venido miles de personas desde Hawai para celebrar este acontecimiento. También descubres la cantidad de gente que habla catalán y que vienen para celebrar la canonización del Padre Francisco Coll.

Se avanza poco a poco y al pasar los controles de acceso y te das cuenta que junto a ti se coloca una mujer de aspecto oriental que te pregunta si la silla está ocupada -¡claro que no!, está allí para el que la necesite- y se sienta allí mirando a todas partes y te cuenta que viene de Singapur. Junto a ella, un numeroso grupo de monjes de hábito gris se sienta y nos ofrecen un poco de fruta y nos preguntan si sabemos quien es el monje que aparece en el primer tapiz que cuelga del balcón contando por la izquierda. Se trata del Hno. Rafael Arnáiz, cisterciense -¡Ah, sólo Dios!- Exacto, ese mismo. Ellos, sin embargo, vienen por  Marie de la Croix, Juana Jugan, y nos cuentan a qué se dedican.

Y así, el sol aprieta y porque ha llovido hasta la madrugada la celebración se desarrollará en el interior y la podremos seguir por unas pantallas de televisión. Pero nadie se decepciona. La celebración es amena, en varios idiomas, la homilía comprensible y profunda, la comunión no llega a todos, pero tampoco eso es problema. Y una vez acabada la Misa, el Papa se dirige a fuera para dirigir unas palabras a todos los allí presentes y rezar el Ángelus. Llega el momento de los aplausos, de los cánticos de agitar las banderas y pancartas y de celebrar que la Iglesia tiene cinco nuevos santos que nos ayudarán, con el ejemplo de sus vidas, a entender mejor el mensaje del Evangelio y el proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros.

 

Y lo mejor, los miles de personas que vivieron, en primera persona que hay cosas que suceden una vez en la vida y que si tienes la oportunidad de vivirlas entenderás porqué Roma es, y será, la ciudad eterna.

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