|
Leyendo las noticias del fin de semana en los diarios me encontré con el boicot sufrido por la artista israelí Noa, quien había sido invitada por la Generalitat de Cataluña con motivo de las celebraciones del día de Cataluña. Y no he podido dejar de sentirme afectado por el hecho de que un grupo de reivindicadores de la causa palestina sabotearan un acto a alguien cuyo único delito es haber nacido en un país determinado. Porque si bien son criticables muchas de las cosas que suceden en oriente próximo, entre las que podemos encontrar, sin duda, algunas de las que hace el gobierno de Israel, no lo es menos que el medio de reivindicar unos derechos sea precisamente conculcar el de los demás, siendo especialmente injustos en este caso concreto, ya que se da la circunstancia de que tras los últimos bombardeos que sufrieron poblaciones palestinas el marido de la artista, relacionado profesionalmente con la cuestión sanitaria, envió ambulancias a socorrer a unos posibles heridos palestinos que no pudieron ser atendidos gracias a la providencial intervención de los milicianos de Hamas, que les impidieron el paso.
También me duele el hecho de que se oyen más las voces de cuatro que los silencios de muchos. Pero ese es precisamente el problema: el silencio que guardan muchos frente a las afrentas de cuatro. Y conviene no olvidar aquello de que para que los malos triunfen basta con que los buenos no hagan nada. Vaya, ¡qué casualidad!
Otro aspecto no menos significativo del caso es que los organizadores no apoyaron, en ningún momento a la víctima inocente de la barbarie. En otras palabras, es una verdadera felonía invitar a alguien para arrojarle a los leones, con el agravante de que se sabía que sucederían hechos así, ya que la concentración de protesta había sido públicamente convocada.
Por último quiero reconocer que la solución al problema árabe-israelí no es fácil, que hay demasiados intereses en juego y de que todos tenemos parte de culpa cuando un conflicto, del tipo que sea, se enquista y no somos capaces de encontrar una solución. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que si unos y otros dejaran a un lado sus intereses particulares y buscaran el bien de todos –vaya utopía-, además de aportar una gran dosis de valor –porque valor va a hacer falta a toneladas- y otra parte no menor de audacia, estoy seguro de que podríamos encontrar un itinerario válido sobre el que poder trabajar.
Buscar el bien común y aportar valor y audacia, ahí es nada. Creo que me he pasado, ¿no?
|