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Una vez vivió un hombre llamado Job; era constructor y había ganado mucho dinero haciendo fincas. Llevaba una vida desahogada e invertía todo el dinero que ganaba en más fincas para hacerse más y más rico. Su ilusión era vivir de rentas para no tener que trabajar y ganar dinero cobrando alquileres de sus edificios.
Justo cuando acababa de hacer la inversión de su vida con la cual iba a conseguir su sueño, sobrevino una terrible crisis financiera que provocó que no vendiera casi ninguna de sus viviendas construidas. Otras que había conseguido vender, no las pudo cobrar, pues los compradores se habían declarado insolventes; los bancos le cerraron el grifo y no pudo pagar las cuotas hipotecarias, con lo que perdió todas sus inversiones y pertenencias personales.
Su mujer, acostumbrada a vivir en la opulencia, padeció una depresión que la llevó a solicitar el divorcio; Job se quedó sin casa, sin mujer y sin hijos.
Aunque no tenía ganas de vivir, acudía cada día a los comedores para indigentes y allí maldecía su suerte. Nadie quería sentarse junto a alguien tan amargado y solía estar solo; pero un mendigo desconocido que se sentó junto a él, le preguntó:
- Amigo, ¿por qué siempre estás con el ceño fruncido?
- ¿Acaso no está claro? Esto no es un hotel de 4 estrellas precisamente y maldita sea mi suerte, nada me ha salido bien en la vida.
Job, aprovechó la oportunidad para desahogarse y continuó hablando- llevo un año malviviendo en la calle, he tenido mucho tiempo para pensar y aclarar mis ideas. Ahora sé que este mundo es cruel, que Dios no existe y maldigo el día de mi nacimiento. Una mosca revolotea feliz por el aire hasta que un periódico la aplasta contra la mesa; afortunada es la mosca que no tiene que agonizar penosamente hasta que la buena muerte se la lleva para no volver nunca más. Nuestra vida no vale más que la de esa mosca, pues el mismo destino que detiene su vuelo, entierra nuestras esperanzas e ilusiones de una vida mejor. Si Dios me hubiera regalado el don de la ignorancia junto con el castigo del vivir, no tendría motivos para quejarme, pero no sólo me ha hecho desgraciado, sino que ha hundido mi alma en un foso de tristeza para nunca más ver la luz. Por eso, porque no quiero maldecir a Dios, digo que no existe y me evito el dolor de creer en un Dios burlón, un Dios que te sostiene sobre un abismo oscuro y luego sin avisar, te suelta. Cómo añoro esos años en los que engañé a gente, enriqueciéndome a su costa, cómo echo de menos el poder del dinero que me permitía caminar sobre almas infelices, cómo me gustaría volver a la senda del mal de la que la mala fortuna me hizo salir, pues entonces mi maldad tenía recompensa, mis ambiciones daban sus frutos y mi corrupción era bien vista por la gente. Ahora que no robo, que no abuso de nadie, que lo he perdido todo, ahora todo el mundo desconfía de mí, todos me pisotean y se burlan, sonríen cuando alguien les habla de mi mala suerte y nadie compadece mi pena.
Amigo- responde el otro- veo lo profundo de tu tristeza y me apena. Porque no es tu suerte, ni el destino, ni el azar quien te ha llevado al abismo del que me hablas, sino tus malas acciones que Dios no deja sin castigo. Pero el castigo de Dios, cuando sucede durante tu vida mortal, es más bien una nueva oportunidad de la que deberías dar gracias. Como el fuego debilita el acero más duro y permite al herrero moldearlo a su gusto para convertirlo en una herramienta útil, así el sufrimiento ablanda tu corazón endurecido por el mal para su próxima transformación. Aunque tú hayas dejado de creer en Dios, Él no ha dejado de creer en ti y por eso te doblega, para que reconozcas que existe, para que aborrezcas el mal y llegues a amar el bien. Desearías que tu sufrimiento acabara de inmediato, pero un metal duro, requiere más tiempo al fuego para ser fundido. En el yunque de la soledad, lo primero que debemos aprender es a esperar y tener paciencia; hasta que no aprendas esta lección, tu corazón no empezará a brillar con el esplendor de la fundición, tan semejante al sol.
Job contesta - Tus palabras rechinan en mis oídos y tu discurso me produce repulsión, ¿qué son esas blasfemias que salen de tu boca? ¿debo dar gracias por mi sufrimiento, dices? ¿Dios es bueno cuando me castiga? ¿esta desgracia es una oportunidad?. Me parece que has perdido la razón y tus argumentos son propios de un demente; esto me reafirma en mi convicción que nuestra miserable vida sólo puede llevarnos a la locura y por cada palabra que pronuncias, mi pena engrandece, porque la locura es un destino triste, aunque preferible a la certeza de la desolación. Amigo, tú me sonríes mientras me hablas y aunque todo lo que dices son fantasías y polvo de estrellas, envidio tu locura e ignorancia y me siento más desdichado por haberte conocido, pues hasta un fracasado como tú, es más feliz que yo. ¿Qué más va a enviarme tu Dios? ¿aceite hirviendo en la cabeza? ¿gusanos que me devoren lentamente?.
Contesta el otro - ¿Acaso tengo pinta de gusano o tengo escondida una jarra de aceite hirviendo detrás de mí?. Dios no te envía gusanos, te envía personas, sonrisas y esperanzas. Te envía oídos que te escuchan, bocas que te alientan, compañeros que comparten tu misma suerte para que no te sientas tan solo. Te envía también noticias de Él y un mensaje de esperanza para seguir adelante y no dejarte vencer. Tú no recuerdas a quien te habla ahora, pero yo a ti sí y te digo que tú hiciste mal cuando pudiste hacer bien, infringiste dolor cuando pudiste aliviarlo, cometiste injusticias cuando te suplicaban compasión; yo soy una de esas almas sobre las que pasaste tan alegremente y tu maldad me ha llevado a vivir en esta situación durante más de cinco años; tiempo en el que deseé poder agarrarte del cuello y estrangularte, tiempo en el que busqué justicia y no la encontré. Pero el mismo tiempo me forjó como te decía y Dios me transformó en un martillo que ahora te golpea para doblegar tu corazón. Cuando me enteré que estabas aquí vine a buscarte, pero no para matarte como ciertamente hubiera hecho hace dos años, sino para reconciliarme. Si me hubiera resistido por más tiempo a los golpes de la vida, ya estarías muerto pero ahora sólo quiero perdonarte si es que necesitas mi perdón.
Job contesta – ahora te recuerdo, tu imagen me viene a la cabeza frente a la puerta de mi casa, me llamaste por teléfono y me enviaste cartas. Tú me gritabas y llorabas y me mirabas con repulsión. Una vez pude esquivar tu mano y otra no fui lo suficientemente rápido. Y ahora que no puedes sacar nada de mí ¿vienes a ofrecerme tu perdón? Tu locura es mayor de lo que creía, pero una locura dulce como la miel. Ahora siento la vergüenza que antes no podía sentir y el corazón me oprime por el arrepentimiento como jamás lo hizo anteriormente. ¿Será posible que digas verdad?¿puede Dios ser tan misericordioso y justo a la vez?. Me doy cuenta que no sólo necesito tu perdón, sino la de todos aquellos que perjudiqué y ojala nunca lo hubiera hecho. Pero ¿de qué puede servirme tu perdón si Dios me ha maldecido? ¿de qué te sirve a ti mi arrepentimiento si ya no puedo resarcir el mal que te hice?. Henos aquí, fracasados, abandonados y sin esperanza, porque nuestra maldad ha sido tan grande que ha merecido un castigo tal que difícilmente podremos volver a sentirnos como personas.
El amigo contesta - ¿Por qué sigues compadeciéndote y lamentándote? ¿no sabes que el pesimismo es contagioso? Hace una hora tú no conocías el valor del perdón y ahora tu corazón se ha transformado. Si esto ha sido posible una vez, ¿qué impide que vuelva a suceder en adelante? Yo te doy mi testimonio de que sí hay esperanza, sí hay ilusión y sí hay Dios. Existe un Dios, el Dios de las oportunidades, levántate, abre los ojos y busca las oportunidades que Dios te da hoy; yo espero pronto salir de esta dura vida y confío en los buenos tiempos venideros. También confío en la sinceridad de tu arrepentimiento, ¿Quieres acompañarme en el camino? Me vendría bien un socio astuto como tú y ¿quién sabe? Puede incluso que algún día hasta puedas pagarme el dinero que me debes.
Job contesta – Compruebo que estaba equivocado en cuanto a tu locura, quién sabe en qué más me equivoco. Amigo y socio, te debo algo más que dinero y ojala algún día pueda resarcir mi deuda completamente. Háblame más de tu Dios, pues me parece que al fin y al cabo, no es tan malo como creía y ahora me hace falta un Dios de oportunidades, un Dios de amor, un Dios de perdón y misericordia. Y si creer en un Dios bueno me convierte en loco, ¡bendita locura! Y si por rezar a un Dios compasivo me juzgan ignorante, ¡bendita ignorancia! Y si por amar a un Dios que me salva, me persiguen, ¡bendita persecución!. Porque el dinero no me ha dado la felicidad, el éxito no me ha dado amistad, el poder no me ha dado la paz; todos estos dioses a los que hasta hace pocos minutos idolatré, son falsos dioses que me han engañado con ardides y han causado mi perdición. Confiaré pues en el Dios de la pobreza, el Dios del fracaso, el Dios de la humildad, quizás su amor sea más dulce para mi alma y consiga que algún día pueda volver a sonreír como cuando era niño. Cómo añoro ahora aquella inocencia, aquella ignorancia, aquella honestidad, cómo añoro ahora aquella felicidad; ¿es esta añoranza una locura, o un milagro?.
Los dos antiguos enemigos acabaron de comer y se levantaron juntos de la mesa, juntos caminaron de vuelta a la calle y juntos se dispusieron a comprobar, qué otra oportunidad les deparaba aquél día.

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