Ahora está muy de moda unirse a grupos del
facebook como una nueva forma de compartir con los demás nuestras opiniones.
Miramos los grupos en que estamos y vemos cuánta gente hay apuntada; si hay
mucha, nos alegramos, pero si hay poca gente, es posible incluso que nos
borremos. Acabo de buscar en Facebook un grupo de “fracasados” y, aunque lo
hay, tiene muy poca gente apuntada. Parece que nadie quiere ser un fracasado.
Sin embargo, los altares de nuestras Iglesias
están llenas de imágenes de fracasados para el mundo: muerto por lanzas, por
una rueda de molino, despellejado, abrasado, devorado, decapitado,… Y
presidiendo todo este macabro museo de dolor, un crucificado, desnudo y con los
brazos abiertos.
Decía Kierkegaard que cuando el tirano
fallece, su reino termina; pero cuando el mártir muere, es precisamente
entonces, cuando su reino comienza. Pero la mayoría de nosotros somos del
“pájaro en mano”, así que para nosotros, lo del reino póstumo es una promesa
muy poco atrayente.
Desgraciadamente, en nuestro querido mundo, muchas
veces es incompatible la Verdad
y tener éxito; a menudo, la fidelidad a la Verdad, es garantía de fracaso. Creo que por eso
somos como somos, por eso nos cuesta tanto dar un sí rotundo a Dios, porque
tenemos miedo a fracasar, tenemos miedo a acabar en un altar con un signo del
martirio junto a nosotros.
Ahora que estamos en crisis, hay tantos
fracasados, tantas empresas que cierran, tantos trabajadores en paro, tanto
inmigrante desesperado, tantas familias con sus necesidades sin cubrir,… El
club es más numeroso que nunca y, por desgracia, sigue aumentando; si estamos
en el club, sabremos mejor que nadie que, salir de él es mucho más difícil que
pinchar sobre el link “abandonar grupo”, de hecho, es normal pensar que nunca
saldremos del club y que llevaremos una molesta y humillante chapa identificativa
en la solapa toda la vida.
¿Qué o quien puede convencer a una persona a
unirse a un grupo así, lleno de apestados y rechazados socialmente? Quizás sólo
la mirada de un hombre colgado de una cruz, desnudo y con los brazos abiertos;
y quizás una mujer arrodillada en el suelo, llorando, mirando el cadáver de su
hijo torturado y clavado en alto. Porque si este hombre y esta mujer han fracasado
y en su mirada aún hay fe y esperanza, si a pesar de todo nadie ha podido
doblegarles y siguen amando a sus semejantes, si no han perdido la razón y
siguen siendo fieles a Dios, entonces este hombre y esta mujer son invencibles,
son verdaderos triunfadores, verdaderos reyes. Y a su lado, los vencedores de
este mundo son unos perdedores, unos infelices, unos fracasados, aunque tengan
una lanza en la mano y una mueca que parezca una sonrisa en la boca. El éxito
de estos falsos reyes, es tan falso como su sonrisa y por eso no tardan en
caer, porque la falsedad es vacío, oscuridad y la nada no se puede recordar; en
el vacío sólo se puede caer y caer, nada más.
Pero la verdad ilumina nuestra vida, llena
nuestra alma e impide que caigamos. Como se rellenan los cimientos de una casa
antes de construirla, así el amor va llenando nuestra vida y hace que vivamos
seguros, estables, felices. Porque la mejor recompensa de pertenecer al club de
los fracasados es la dignidad de haber sido fieles a Dios, de poder disfrutar
cada día de nuestra vida como si fuera el mejor, de recorrer el camino con un
constante sentimiento de gratitud y esperanza en que aún falta lo mejor; como
diría el super-ratón, si este episodio de hoy les ha gustado, “no se vayan
todavía, aún hay más”. La
Felicidad con mayúsculas, sólo es posible siendo fieles a la Verdad, aunque para ello,
tengamos que inscribirnos en el club de los fracasados-locos-ingenuos. Y la
verdad es que la verdadera libertad nace de hacer el bien y no pecar y nuestra
felicidad de hoy y de mañana y del resto de nuestros días, depende de esto. Sin
fe, esto no se puede entender, no se puede creer.
No elegimos pertenecer al club, es Dios quien
nos elige aunque no queramos, pero la fe hará que nos sintamos orgullosos de
seguir en pie a pesar de las dificultades, porque la fe empequeñece los grandes
problemas y engrandece las pequeñas alegrías. Y cuando al fin salgamos del
selecto club (porque no hay que dudar que saldremos), nos parecerá que no ha
sido para tanto, sentiremos añoranza de esas grandes gestas y las contaremos a
nuestros hijos con emoción. Y quizás haya algún fracasado-loco-ingenuo que
aunque pueda, no quiera salir del club y quiera seguir cerca de María, Madre de
los desamparados y cerca de Jesús, Rey de Reyes, quizás haya algún loco que
esté dispuesto incluso a dar la vida por quien le dio la vida, alguien que no
le importe que en el futuro, en una iglesia pongan un altar y sobre él una
estatua suya con un signo del martirio, signo del fracaso del mal, signo de la
victoria de Dios.
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