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El reino invisible

niño invisible.jpgQuerido lector, estás en el blog del hombre invisible; este título hace referencia a un artículo anterior, uno de los primeros que escribí para eaD, donde aclaraba que el hombre invisible es Cristo, reinando entre nosotros sin ser visto.

Si Cristo está reinando entre nosotros, entonces entre nosotros existe un reino invisible pero real, un reino en el que podemos creer o no.

Jesús le dijo a Pilatos que su reino no era de este mundo, pero entonces ¿cómo es posible que esté entre nosotros?. ¿Cómo puede un reino no ser de este mundo y habitar entre nosotros al mismo tiempo?. Quizás porque una parte de nosotros pertenece a otro mundo y, en esa parte es donde reina Cristo. Pero ¿dónde está esa parte: en el cerebro, en el ADN, en la sangre,…?. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, simboliza esta parte como un corazón aunque, como digo, es un símbolo, una imagen, una analogía. El Reino de Dios no reside dentro del órgano más importante del sistema circulatorio, pero este órgano, sirve de imagen para entender que el Reino de Dios está en el centro de nuestra vida, en la parte más importante de nuestro sistema ontológico, en nuestra alma.

Como el alma es parte de nuestro ser, la llevamos siempre encima, no podemos olvidárnosla en casa, ni perderla, va con nosotros a todas partes y su destino es el mismo que el nuestro. Así pues, la batalla celestial que Satanás y sus secuaces están librando contra el Reino de Dios, también se desarrolla dentro de nosotros, en todo momento, sin que nos demos cuenta; mientras leemos un aburrido artículo en un blog de una magnífica web, hay unos orcos malignos que intentan penetrar en la fortaleza de nuestro corazón y hay unos ángeles y siervos de Dios que nos defienden con uñas y dientes; pero el destino final de la batalla, lo elegimos nosotros con nuestros actos libremente consumados.

A los que no tenemos mucha fe, nos cuesta mucho creer esto; en la práctica, damos más importancia a lo que vemos que a lo que no vemos, priorizamos el mundo visible y dejamos para luego el mundo invisible. Esto es un gran error porque el mundo invisible, no solo es más importante, sino más poderoso y efectivo. Tanto es así, que cuando parece que visiblemente Dios está perdiendo, es cuando invisiblemente más está triunfando. Cristo crucificado es el gran ejemplo, porque los que le acusaban, torturaban y ejecutaban, pensaban (y estarían convencidos de ello hasta el punto de reírse de mis palabras) que habían vencido a Jesús, que Jesús era un perdedor más, un fracasado. Y la realidad, demostrada con el tiempo y los hechos, es que cada mentira, cada golpe, cada desprecio, estaba provocando la redención del mundo, la victoria de Dios, el triunfo de su Reino y la proclamación al mundo entero de la gloria de Cristo. A las pruebas me remito.

En algunos pasajes del Nuevo Testamento, la expresión “glorificar a Dios” es sinónimo de martirio, no porque sean la misma cosa yo creo, sino porque ambas cosas suceden al mismo tiempo, porque una cosa provoca la otra. Nosotros en cambio, cuando somos perseguidos y sufrimos, tenemos la sensación de estar perdiendo, pero el verdadero perdedor es el que persigue, quien hace daño, quien atenta contra nuestra dignidad, quien miente,… los perdedores somos nosotros cada vez que pecamos. Cuando sufrimos por amor y con amor, estamos triunfando, aunque sintamos lo contrario. Los hechos lo demostrarán a su debido tiempo.

Y bien, en este reino todo es invisible a menos que nos pongamos las gafas de la fe que nos descubren un mundo nuevo y maravilloso. Yo, como tengo poca fe, no veo nada y celebro la Eucaristía y no siento ni alegría ni tristeza, estoy en el sagrario y no siento el poder de la presencia de Jesús sacramentado, rezo y leo la palabra de Dios pero no me siento inundado del Espíritu Santo, me pongo en presencia de María y rezo el rosario, pero no siento su cariño maternal. Aun así, doy gracias a Dios porque aunque no veo nada, creo en todo y creo que para ser cristiano, esto es suficiente. Dios nos pide que creamos y yo creo; por eso, no es del todo cierto que no veo nada, porque veo que mi fe me ha salvado y hace que sea mejor persona, veo que ahora que tengo fe soy más feliz que cuando no la tenía y creo que se lo debo a Dios, veo que las enseñanzas de la Iglesia que intento cumplir hacen que mi vida sea mejor, echo una mirada atrás y veo que mi mujer, mi trabajo, mi casa, mi familia, mis amigos,... todo han sido regalos de Dios que me ha dado sin merecerlo. Y doy gracias a Dios por todo y le pido perdón por todo el mal que hago y quizás sean estos sentimientos de gratitud y arrepentimiento los que me mueven a ir a Misa cada semana, a seguir rezando a la Virgen y pedirle sus favores, a ser catequista de confirmación, responsable de un grupo de oración, monitor en los cursos prematrimoniales de mi parroquia y otras cosas. En todo caso, nada es mérito mío sino de Dios y por eso bendigo a Dios de corazón.

Si Cristo es el hombre invisible, rey de un mundo invisible, nosotros también deberíamos hacernos invisibles, pequeños como los niños, discretos, modestos, pasar desapercibidos y no buscar nunca nuestra gloria, ni el reconocimiento de los demás, que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, buscar la intimidad de lo secreto donde está Dios. Un buen ciudadano del reino invisible, no puede hacerse de notar, no debe escandalizar, no debe buscar ser coronado rey, ni intentar gobernar el mundo.

Un buen ciudadano del reino invisible, va desprendiéndose poco a poco de sus posesiones, sus apegos al mundo material y quedándose sin nada, como desapareciendo. Si todavía somos visibles para los demás, es que aún no hemos cumplido nuestra misión, aún queda algo por hacer antes de desaparecer por completo. Cuando desaparezcamos nadie nos verá, pero seguiremos estando ahí, invisibles pero vivos por siempre, intercediendo por nuestros seres queridos y dando gloria a Dios.

Se cuentan historias de grandes santos como el Padre Pío o San Martín de Porres que en vida hicieron milagros como desaparecer, bilocación, levitación,… Grandes hombres invisibles con poderes para poder pasar desapercibidos, para cumplir la voluntad de Dios sin que nadie se entere, para que, aunque sean historias ciertas, caigan en el olvido de las leyendas y los cuentos. Ellos sabían bien, que la mejor manera de dar a conocer a Cristo, es desaparecer nosotros.

Una vez le preguntaron a la madre Teresa de Calcuta: “cuando ya no esté en el mundo ¿qué le gustaría que la gente recordara más de usted?” Ella respondió: “Nada, sólo a Cristo”. Nada, como san Juan Bautista, menguar nosotros para que Cristo crezca.


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Es un articulo que tiene cosas que estoy de acuerdo y otras no. O puede ser que no lo he entendido. Lo que me ha hecho pensar mas, es lo de desaparecer poco a poco. Creo que en los tiempos que corren si desaparecemos siendo buenisimos ¿Que pasara? ¿Que solo quedaran los malos? Es posible que no haya entendido el simil.
Comentario de angela en 02/07/2010 23:47
Hola Angela, gracias por tu comentario. Estoy de acuerdo contigo que no debemos desaparecer de la actividad pública y de estar siempre con los demás. Cuando escribo sobre desaparecer, me refiero a que todos los actos de nuestra vida, siempre deben buscar hacer presente a Dios en el mundo, no a nosotros; fallo que, yo el primero, cometemos a menudo. Que nuestra vida nos conduzca, a nosotros y a los demás, a Dios. Él es el protagonista, a Él todo honor y toda gloria. Nosotros hagamos lo que tengamos que hacer, pero sin pretender destacar.
Comentario de Rubén Machí en 06/07/2010 14:21
Quizás la frase 'Si todavía somos visibles para los demás, es que aún no hemos cumplido nuestra misión' necesite una aclaración: me refiero a la muerte. Si todavía estamos vivos, es que aún no hemos cumplido nuestra misión. Todos los que han muerto ya lo han hecho y siguen trabajando desde el mundo invisible intercediendo por nosotros.
Comentario de Rubén Machí en 06/07/2010 14:26
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