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A mi madre
Recientemente mi madre falleció por cáncer y siento la necesidad de escribir algo en su memoria. Me gustaría escribir sobre sus últimos días para que nunca se me olviden esos duros pero enriquecedores momentos.

Lo primero que no quiero olvidar son las palabras que mi madre le dedicó a su primera nieta, mi hija, aún en el vientre de mi mujer cuando mi madre falleció: “ver a mi nieta era una de las cosas que más ilusión me hacían. Faltaba tan poco para poder verla… pero el Señor no ha querido. Dile que me hubiera gustado mucho abrazarla, besarla, acariciarla, cantarle canciones, mirarla,… me hubiera gustado muchísimo. ¿Por qué el Señor no me habrá dejado verla? Me ha dejado con la miel en la boca. Habladle de mí.” Mi madre falleció un mes y diez días antes que naciera su nieta.

A mi padre le dijo que su espíritu siempre estaría con él, que no se preocupara. Manifestó que le gustaría que siguiéramos reuniéndonos en familia en su chalet (como siempre hacíamos, para comer paella, nadar en la piscina,… con los tíos y los primos). Durante toda su enfermedad y hasta el último momento nunca perdió la fe, siempre tenía al Señor en su boca, para darle gracias o para pedirle favores. Las noches de más sufrimiento repetía una y otra vez: “Señor, ayúdame”. El Señor era su inseparable compañero, en quien de verdad confiaba, el único que podía hacer algo por ella. Amigos nuestros nos daban palabras de ánimo y consuelo para ella que le transmitíamos y ella se alegraba mucho; decía: “qué gran alegría y qué consuelo más grande; especialmente las palabras de los sacerdotes”. Lo que más la consolaba era saber que había mucha gente rezando por ella.

También le gustaba saber cómo iba la tienda, decía: “no me desengancho” y cada día nos preguntaba cuánto se había vendido. Le gustaba mucho el salmo 23, y nos pedía que se lo leyéramos varias veces. Al final de sus días, no temía la muerte, sólo sentía pena por nosotros: su marido y sus hijos, por las molestias que nos ocasionaba y el sufrimiento de verla morir. En medio de su dolor, aún intentaba consolarnos a nosotros. ¡Cuánto nos quería! Y hasta ese momento no me daba cuenta hasta qué punto yo también la quería a ella y la falta que me hacía en mi vida.

Mamá, gracias por todo. Te echaré mucho de menos.
Rubén.
Misioneros por naturaleza

Todos tenemos unas creencias y opiniones personales que deseamos compartir. Me parece que este hecho no depende de la personalidad de cada uno, sino que es algo natural en nosotros los seres humanos. Hay personas para las cuales, esta necesidad de dar su opinión es más apremiante y hay quien lo necesita menos, pero todos, en mayor o menor medida, necesitamos compartir.

Este es el éxito de las redes sociales; tienes un espacio virtual en Internet donde publicas a la vista de todos, lo que opinas, lo que te gusta, lo que no,… y cuantos más amigos lo vean, mejor.

¿Será esto una llamada universal a ser misioneros?. Cuando hablamos nos sentimos escuchados y percibimos que nuestra opinión es valorada, entonces nos llenamos de alegría y nos motivamos a seguir dando nuestro testimonio; nos sentimos realizados, felices. ¿No es esta felicidad una prueba de nuestra esencia misionera?.

Las reuniones del IDR (Itinerario Diocesano de Renovación de Valencia) siempre se hacen cortas, porque todos los participantes tenemos ganas de decir muchas cosas y, a menudo, no da tiempo a que todos digamos lo que queremos decir.

Está claro que nos gusta compartir lo que somos y creemos y esto es bueno, porque creemos que hacerlo puede ayudar a los demás. Nuestra experiencia y testimonio, es una información de alta calidad que nunca podremos encontrar en libros, Internet, tv, etc. Lo que transmitimos en persona, tiene un valor mucho mayor que lo que transmitimos, por ejemplo, a través de un blog, porque lo que sale del corazón va directo al corazón. Este es el éxito de las reuniones periódicas de formación parroquial, donde todos compartimos la palabra de Dios y escuchamos a los demás en primera persona, sus palabras en tiempo real, las expresiones de su rostro, sus gestos, su mirada,… todos esos elementos enriquecen de tal manera la información recibida que no hay otro medio mejor que el tú a tú para transmitir la fe. Nos gusta dar nuestro testimonio, no sólo porque creemos que puede ayudar, sino porque sabemos que de hecho, ayuda.

Cuando tenemos la oportunidad de dar nuestra opinión, nos sentimos tan bien, que no pararíamos nunca de hablar. Satisfacer nuestra naturaleza misionera nos hace más bien a nosotros que a aquellos para quien están destinadas nuestras palabras. Creo sinceramente que generalmente, dar testimonio ayuda más a quien da el testimonio que a quien lo recibe.

En las reuniones del IDR de mi parroquia, a menudo tengo que hacer un gran esfuerzo para no hablar, me gustaría decir tantas cosas… pero soy consciente que el tiempo es un bien escaso y el tiempo que yo hable es tiempo que los demás no pueden hablar. Y si hablar, ayuda más a quien habla que a quien escucha, callarse para escuchar con atención es también una obra de caridad. De alguna manera, escuchar silenciosamente también es cumplir con nuestra misión evangelizadora. No quiero decir que no hay que hablar nada, podemos por ejemplo, aprovechar los silencios incómodos para decir cosas y romper el hielo, pues a mucha gente le cuesta arrancar. Dependiendo de la necesidad de hablar del grupo, habrán más silencios incómodos o menos, podremos hablar más o menos. Hay días que podrás hablar muy poco, otros nada, pero seguro que los breves momentos en que participes, los demás integrantes del grupo prestarán mayor atención, así que es una responsabilidad grande lo que tenemos que decir, porque la expectación de escuchar a alguien que no suele hablar es mayor que la de alguien más hablador.

Sea como sea, en toda reunión de grupos hacen falta los habladores y los silenciosos, sin unos u otros, el grupo no funcionaría. Cada uno podemos elegir el papel que queramos desempeñar en función a lo que necesitemos en cada momento, lo que veamos que necesiten los demás; si estamos reunidos en el nombre de Dios, debemos confiar en que el Espíritu Santo es el verdadero director de las reuniones y quien de un modo u otro inspirará a unos a hablar y a otros a callar para el bien de todos.

 

Por mi parte, los momentos que tengo ganas de decir algo al mundo, entonces me siento en el ordenador y escribo un artículo para el blog de eaD; creo sinceramente también que, los artículos que publico me hacen más bien a mí que a los lectores que puedan leerlos. Por eso doy gracias a Dios y al equipo de eaD por esta oportunidad de compartir y satisfacer un poco mi naturaleza misionera.

Y como no, ¡también a vosotros, lectores anónimos! Aunque no sé si alguien leerá algún día mis artículos creo que, si Dios me inspira a dedicar parte de mi tiempo a escribirlos, será por algún motivo. Dios invisible que inspira palabras invisibles para lectores invisibles con una misión invisible que dará unos frutos invisibles.

¡Gracias a todos!