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No estás solo
ORANDO.jpgManuel le decía a su amigo por teléfono:

Rubén, ya no creo en Dios. Tengo tantos problemas y soy tan insignificante que no puedo creer que exista un Dios que permita esta injusticia. Sí, hubo un tiempo en que yo amaba a Dios y lo tenía en cuenta en mi vida y le rezaba todos los días, iluso de mí. Pero ahora ya es definitivo, no puedo creer que exista, se acabó para mí todo lo relacionado con Dios y la religión, no quiero saber nada de Él. ¡Cuánto tiempo perdí hablando con un fantasma! En la soledad de mi habitación, en el plácido silencio del Sagrario, yo le hablaba y a veces, hasta me parecía que me contestaba, ¿cómo pude soñar siquiera que esto fuera posible? No lo entiendo, ahora que sé que las respuestas sólo eran proyecciones internas de mi conciencia, me siento tan ridículo, tan ingenuo…

Pero ahora sé la verdad, que no hay nadie velando por mí, que estoy abandonado a la mala suerte de mi vida y que si algo bueno me pasa, no tengo por qué agradecérselo a nadie, salvo al capricho del azar. Ahora sé que cuando muera desapareceré para siempre y jamás volveré a existir para nadie, ni a importarle a nadie, seré un recuerdo, una foto dentro de un marco, un rostro borroso en la memoria de un amigo olvidadizo.

¿Por qué habré creído tantas historias fantásticas? Tú ahora no me entiendes, estás tan feliz con tus creencias, tu rostro refleja paz interior y tu voz inspira tranquilidad y ánimo, pero eso es porque todavía no sabes lo que yo sé; si algún día se cae el velo de tu razón y te hace ver la realidad como yo la estoy viendo, entonces podrás hablar conmigo y exponer tus argumentos, porque yo también fui creyente como tú y ahora no lo soy. Pero no te deseo que pierdas tu fe, ni mucho menos, ojalá yo no la hubiera perdido, ojalá estas desgracias no me hubieran despertado, como en el momento más angustioso de una pesadilla, del plácido sueño de la fe. No Rubén, tú no tengas en cuenta mis palabras, sigue creyendo tus fábulas, que yo ya no puedo.

Dices que los mejores momentos de mi vida, han sido aquellos en los que estaba cerca de Dios y que ahora que me he alejado, es cuando empiezo a sufrir, pero tus confiadas palabras no me convencen, tú no sufres como sufro yo, tú no has pasado por aquí, te resulta fácil juzgar las situaciones ¿verdad?, te resulta cómodo darme lecciones desde tu privilegiada posición, pero he de decirte que no puedes engañarme; tú cree lo que quieras que yo creo lo que veo y veo que la crueldad que sobre mi corazón se ensaña no puede ser permitida por ningún Dios. Es para mí, una prueba irrefutable, una verdadera revelación y un triste desengaño.

Siento que mis palabras no sean alegres, ni traerte buenas noticias, siento que tengas que escuchar mi tristeza, fruto de mi realismo, pero has sido tú quien me ha llamado interesándose por mí ¿acaso voy a fingir? Querías saber cómo estoy, pues ya lo sabes; lo siento mucho por ti, pero aún más lo siento por mí, porque no querría estar como estoy, no querría ser como soy, me gustaría que todo fuera como antes, me gustaría volver a gastarte bromas, a contarte algún chiste, a abrazarte con alegría, pero no puedo.

 

Manuel, lamento que estés tan triste; te he llamado porque eres mi amigo y me preocupa que estés bien, te he llamado para ofrecerte mi amistad si estás agobiado, preocupado. Por eso te propongo que no le des más vueltas a tu tristeza, ni pienses en las causas de tu sufrimiento, ya habrá tiempo para eso más adelante, ahora piensa en cómo salir de esta. Tú sabes que puedes contar conmigo, puedes llamarme siempre que necesites hablar con alguien; quisiera invitarte a cenar un día para que me cuentes en persona qué te sucede, quizás se nos ocurra algo. De todo lo que has dicho, en algo estoy de acuerdo contigo: yo no he vivido lo que tú has vivido, tienes mucha razón y no puedo imaginarme hasta dónde llega la profundidad de tu pena; ahora sólo puedo compartir contigo mi experiencia, pues de entre todos los recursos que tengo para superar las dificultades de mi vida, el más efectivo es la oración. Reza Manuel, reza a ese Dios en el que ya no crees, reza al fantasma que tanto bien te hizo tiempo atrás, reza a aquella voz que creíste escuchar en tu conciencia, reza en la soledad de tu habitación, en el plácido silencio del Sagrario, reza para no romperte, reza para no sucumbir del todo. Yo iré a verte en cuanto pueda y ya pensaremos algo; ¿quién sabe? Quizás entonces se te ocurra alguna broma que gastarme y hasta puede que me haga gracia y nos riamos juntos. Ánimo Manuel, no estás solo.

Pero también somos héroes

superheroes_marvel.jpg¿Por qué la fe nos justifica (Ga 2,16)? Sólo puede haber fe, si hay amor. Sin amor, la fe es imposible y es que si el amor nos salva, es porque repara un daño previo. Así como el agua apaga el fuego y la luz hace que la oscuridad desaparezca, el amor que nace de nuestra fe, repara la falta de amor que durante nuestra vida hemos sembrado. La fe es como un antídoto que hace retroceder la inexorable enfermedad del pecado.

Para los cristianos, la fe es un don de Dios al que tenemos que abrir nuestro corazón, por eso, porque nunca abrimos nuestro corazón del todo, tenemos tan poca fe. Es durante los momentos de mayor sufrimiento cuando demostramos hasta dónde llega nuestra fe, porque si de normal creemos sin ver nada, cuando sufrimos sentimos una desgarradora experiencia, la de comprobar que tenemos fe en un Dios totalmente contrario a la experiencia que estamos teniendo en esos momentos. Es decir, si yo estoy bien, si no me agobia ningún problema demasiado urgente, creo en Dios misericordioso a pesar de que no lo veo, no le oigo, le pregunto y no me contesta. Pero si estoy sufriendo, ¿cómo puedo creer en la misericordia de un Dios que siento que me oprime, me ignora y me niega su favor continuamente?. Le pido mil veces algo y mil veces me lo niega con la rotundidad de su silencio. Experimentamos lo contrario de lo que creemos y entonces, es muy fácil cuestionarnos nuestra fe. Es como si estuviéramos viendo un precipicio y un amigo al lado nos dijera: “no, tranquilo, sigue caminando que no hay peligro” le diríamos “¿estás loco? Pero si estoy viendo un precipicio, está aquí delante de mí, un precipicio aterrador, oigo hasta el sonido del abismo y siento la fuerte brisa que sube desde el vacío e intenta agarrarme para hacerme caer; no pienso dar ni un paso más. Lo siento, pero no me fío de ti.”- El amigo le responde: “tienes que confiar en mí, ten paciencia, espera, si sigues caminando verás un puente por donde pasar, pero tienes que seguir adelante, tienes que mantenerte firme”.

Así somos nosotros, temerosos, inseguros, pecadores, quejicas, imperfectos,… pero si ahora tenemos fe, es porque ya nos hemos encontrado con anterioridad frente a otros abismos y hemos seguido heroicamente adelante y hemos cruzado otros puentes y aquí estamos, junto a Cristo, en la Eucaristía y en nuestra oración. Sí, aún nos queda mucho que caminar y seguimos teniendo miedo a los abismos de nuestra vida, pero también somos héroes y quizás algún día, santos.

Todos los Santos.jpg