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Toc-toc

“Por favor, Señor, ten misericordia de tus siervos, ayúdanos en nuestras necesidades” – reza en silencio José mientras espera que alguien abra la puerta.

Nadie sale, José insiste, toc-toc -toc– “te lo suplico Señor, no tengas en cuenta mis pecados, ayúdanos” reza mentalmente. Nadie contesta, se gira para ver a su mujer con dolores de parto; él le sonríe ocultando su estrés y preocupación, ella le devuelve la sonrisa, ocultando su dolor y cansancio.

De pronto alguien abre la puerta bruscamente, José se sobresalta por la inesperada aparición y por un terrible momento se queda sin habla.

-          ¡Quién nos molesta a estas horas de la noche! ¡qué quiere! – un hombre con ropa de dormir y ojos somnolientos, mira inquisitivo a José. En la mano lleva un gran palo.

-          Por favor, buen hombre, acabamos de llegar al pueblo y no tenemos dónde pasar la noche, ¿no tendrá un rincón donde…

-          ¿Por eso nos molesta a mí y a mi familia? No hay rincones libres desde ayer en todo el pueblo. ¡Lo siento!

-          Pero mi mujer está con dolores de parto y no sé dónde ir. Por favor, ¡necesitamos ayuda! Tenemos dinero, podemos pagar las molestias.

El hombre mira desconfiado a María, vuelve a mirar a José en silencio y ve sincera desesperación en sus ojos. A lo lejos se oye una voz que grita: “¡extranjeros, dejen de hacer ruido, dejen dormir a nuestros hijos!”. A José se le empañan los ojos de lágrimas y baja la vista, el hombre de la casa parece apiadarse, suspira y le dice:

-          Mire, lamento su situación, pero realmente no puedo hacer nada por ustedes, no queda siquiera un rincón y los que están aquí necesitan dormir pues están todos agotados por el largo viaje. ¿Qué puedo hacer yo? ¿echar a todo el mundo fuera?. Por favor, siga su camino, que el Señor les acompañe. – el hombre hace ademán de cerrar la puerta, pero José se anticipa.

-          Buen hombre, lo comprendo, lo comprendo, pero ¿no sabe de alguien aquí que pueda ayudarnos? ¡Es una emergencia!

A lo lejos, un bebé empieza a llorar, alguien exclama: “¡ya lo han conseguido, tanto llamar, tanto llamar! ¡vuélvanse por donde han venido!.”

-          Lo siento pero tampoco conozco a nadie que pueda ayudarles. Mañana empieza el censo y el pueblo está colapsado. Usted no es el primero esta noche que llama de puerta en puerta, ¿sabe?. Lo único que esperamos en el pueblo es que usted sea el último, pues todo el mundo está muy cansado y necesitamos dormir. De verdad que lo siento.

-          Mire, no quiero preocupar más a mi mujer, pero lo cierto es que estoy desesperado, ¿Qué haría usted en mi situación?¿dónde acudiría?.

-          No se ofenda, pero en su situación yo habría sido más previsor y habría empezado la jornada antes; dado el estado de su mujer, habría enviado a  alguien por delante de mi para preparar un sitio y, si usted es originario de aquí, ¿cómo es que no conoce a nadie? ¿cómo salen los dos solos sin un familiar o amigo que les acompañe?. Creo que ha sido usted muy imprudente y por eso el Señor les está castigando. Rezaré por ustedes.

José se quedó sin habla viendo con impotencia cómo el hombre cerraba la puerta y volvía a su confortable hogar, con el calor de su familia, la seguridad de sus cosas. Otra vez había fracasado, otra vez a empezar de nuevo, otra vez a llamar a la siguiente puerta, a pesar de los bebés llorosos, a pesar de los padres enfadados... 

Esa noche en Belén, todos tenían donde reclinar su cabeza, esa noche todos habían llegado a su destino, todos habían sido previsores, prudentes, todos habían sido bendecidos por Dios con un sitio donde pasar la noche.

Mientras todos ellos reclinaban la cabeza en su bendito lecho, un hombre y una mujer embarazada encima de un asno, deambulaban por las calles pidiendo ayuda.

Esa noche, alguien llamaba a las puertas de todas aquellas personas prudentes, previsoras y benditas, pero nadie podía acogerles.

José levantó la cabeza, dio media vuelta y miró hacia su mujer una vez más; él le sonríe ocultando su estrés y preocupación, ella le devuelve la sonrisa, ocultando su dolor y cansancio. Toma la cuerda del asno y conduce a su mujer al portal de la siguiente casa y, en silencio, vuelve a rezar: “Por favor, Señor, ten misericordia de tus siervos, ayúdanos en nuestras necesidades, no tengas en cuenta mis pecados”.

Toc-toc-toc
criterios discernimiento

Sorprende comprobar la cantidad de webs, blogs y foros en los que se habla de mensajes procedentes de videntes que dicen recibir mensajes divinos casi a diario. Más sorprende aún la cantidad de diversos videntes en todo el mundo que están surgiendo y propagando sus mensajes por la web.

Uno de los temas más recurrentes actualmente es el día del Gran Aviso anunciado en Garabandal sobre el cual, he llegado a leer profecías contradictorias entre sí. Si las profecías de Garabandal son verdaderas (y personalmente, creo que sí lo son), me parece que el diablo tiene mucho interés en confundirnos sobre ellas. Es una obligación de todos nosotros, hacer un esfuerzo por desenmascarar esta malévola empresa y evitar dar difusión a todo mensaje no creíble sobre este y otros temas.

 

Advertencias de Jesús

No podemos ignorar las advertencias de Jesús sobre los falsos profetas de los últimos tiempos (Mt 24, 11 y Mt 24,24), ni sobre los lobos disfrazados de corderos (Mt 7, 15).

Se está cumpliendo la profecía de Jesús y es que si el diablo quiere neutralizar los mensajes de los verdaderos profetas, ¿qué mejor forma que hacer surgir falsos profetas que nos confundan?. Ésta me parece una estrategia muy astuta y propia de Satán.

En algunas webs que difunden estos mensajes, justifican su labor con las palabras de San Pablo donde dice: “examinadlo todo y quedaos sólo con lo bueno” (I Tes 5,21) y también: “no apaguéis la llama del Espíritu”. Así pretenden justificar la publicación indiscriminada de mensajes. Si analizamos bien las palabras y meditamos lo que San Pablo quería decirnos, veremos como la expresión “examinadlo todo” viene ligada por la conjunción “Y”, por tanto dependiente de la siguiente expresión: “quedaos sólo con lo bueno”. Dicho de otro modo, “discernir lo que es bueno de lo que no lo es para quedaros SOLO con lo bueno”. Descartar mensajes y videntes razonablemente falsos no supone “apagar la llama del Espíritu”, sino todo lo contrario: son los mensajes falsos los que apagan la llama del Espíritu que habita en los mensajes verdaderos. El discernimiento responsable es NECESARIO y una obligación.

 

Los videntes anónimos

De entre los videntes que hoy en día dicen tener locuciones o visiones, hay un grupo bastante numeroso que no quieren revelar su identidad y utilizan seudónimos para firmar sus mensajes. Unos justifican el anonimato por ser mandato de Dios y otros para proteger la intimidad de su familia. ¿Debemos creer los mensajes de los videntes anónimos? ¿es el anonimato un indicio suficiente de falsedad?.

El objetivo del anonimato mediante la utilización de seudónimos, es que una identidad permanezca oculta. En el caso de los auto-denominados videntes, tras el anonimato, subyace (en el mejor de los casos) el humanamente comprensible miedo al rechazo, burlas y persecuciones.

Sin embargo, en el transcurso del tiempo, Dios se ha aparecido a muchas personas, especialmente a niños y ni siquiera a ellos ha concedido el beneficio del anonimato. Podemos preguntarnos si este miedo a las persecuciones de los adultos anónimos, es un indicio de conducta no ejemplar, pues de algún modo, se está anteponiendo la seguridad personal al bien común y al eficaz cumplimiento de la misión encomendada, supuestamente, por Dios. Una relación tan extraordinaria y personal con Dios, ¿no debería disipar toda sombra de duda, miedo y reservas respecto a posibles persecuciones por parte del vidente?¿no es acaso habitual que el vidente asuma la cruz de las persecuciones como parte de su misión profética?.

Jesús nos advierte sobre los falsos profetas para que, con nuestras capacidades, aprendamos a discernir: “cuidaos de los falsos profetas” y también: “por sus frutos los conoceréis”. ¿Cómo podemos conocer los frutos de alguien cuya identidad desconocemos? ¿cómo distinguir al falso del verdadero?. La respuesta a estos interrogantes es obvia: no podemos. Entonces, ¿puede Dios dar un mensaje sin los medios necesarios para que los hombres determinemos su origen divino? ¿cómo cuidarnos de los falsos profetas sin los medios para distinguirlos?. Las obras de Dios son perfectas, no mediocres.

¿Podemos concluir pues, que todo vidente anónimo es falso? No podemos afirmar tal cosa con total seguridad, pues carecemos de la información necesaria así que evitaremos un juicio categórico al respecto, pero por todo lo dicho anteriormente, la misma carencia de información que nos impide tal afirmación, es también un indicio razonable de que no nos encontramos ante una obra divina. El hecho de considerar falsos los mensajes anónimos, no implica necesariamente considerar que el vidente actúe de mala fe; no es necesario hacerse un juicio personal sobre la autenticidad de los mensajes para descartarlos, no somos jueces, somos prudentes.

El diablo es un ser astuto y, para engañar a mucha gente, tiene que hacerlo bien; no es ningún aficionado, así que no debemos subestimar el poder de persuasión del padre de la mentira.

A menudo los mensajes transmitidos promocionan, la oración, el ayuno, la caridad, el amor a la Iglesia, etc. alguno pudiera preguntarse ¿cómo puede ser esto obra del demonio? Si el demonio quiere engañar a mucha gente, “incluso a los mismos elegidos, si fuera posible”, no va a hacerlo de una forma evidente, sino oculto tras una piel de cordero. El diablo puede permitirse difundir mensajes buenos con el objetivo de causar un mal mayor. Por ejemplo, si yo recibo unos mensajes que, aunque buenos, ya conocía de antes y me ocupo en escribirlos, difundirlos, archivarlos, etc. estoy ocupando mi tiempo en tareas vanales en vez de en mi verdadera santificación. Y además, si consigo la suficiente difusión, estoy haciendo perder el tiempo a mucha gente más. Esta empresa urdida por el demonio le facilitaría además, introducir entre los elegidos, pequeños falsos mensajes mezclados entre otros buenos. Hasta que sea tarde, no me daré cuenta de que estoy siendo utilizado mediante pequeñas buenas obras, para obtener un mal mayor.

No me cabe duda que, además de lo mencionado, el principal objetivo de los falsos mensajes, es eclipsar, confundir, difuminar y sembrar dudas sobre los verdaderos mensajes.

 

Medios de difusión de los mensajes

Pero si debemos ser prudentes en cuanto a nuestra decisión personal de leer ciertos mensajes, ¿cuánto más deberíamos serlo a la hora de comunicar dichos mensajes a otras personas?. Abundan en la red blogs y webs que publican y propagan mensajes de numerosas personas de todo el mundo cuyo contenido es a menudo alarmante y catastrófico. Creo que estos divulgadores, de cuyas buenas intenciones no dudo, necesitan unos criterios de selección más prudentes sobre los mensajes publicados, pues sin quererlo, pueden estar propagando mensajes falsos y quizás, con una mayor frecuencia que los mensajes verdaderos, por lo que están haciendo todo lo contrario de lo que se supone, pretenden: difundir verdaderos mensajes divinos. Sin un criterio de discernimiento estamos convirtiéndonos en ciegos que guían a otros ciegos (Mt 15, 14).

No tenemos ninguna obligación de difundir mensajes de los cuales no tengamos la certeza que son verdaderos; pero si lo hacemos y resulta que son falsos, seremos en buena parte responsables del perjuicio que estos falsos mensajes puedan producir en aquellas personas a quienes se lo hemos comunicado.

A la hora de valorar un mensaje, tengamos en cuenta las dos alas de las que nos hablaba Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio; no nos dejemos llevar por sentimentalismos o intuiciones, de lo contrario a nuestra verdad le faltará un ala para volar; debemos aprender a discernir con todas nuestras capacidades, es decir, con una razón iluminada por la fe.

 

 

Criterios de discernimiento

Links recomendados:

http://www.corazones.org/maria/ensenanza/apariciones_discernimiento.htm

http://www.mercaba.org/FICHAS/MAR%C3%8DA/las_apariciones_marianas.htm#IV

http://www.virgendolorosa.es/apariciones.html


Bebé

Mi nombre es Àngela. Sé que me llamo así porque todo el mundo que me habla me repite ese mismo nombre, así que supongo que esa seré yo.

Estoy muy contenta con mi vida; hay dos personas especialmente a las que quiero mucho porque están más tiempo conmigo; creo que ellos también me quieren mucho a mi porque siempre que lloro vienen a consolarme, me lavan, me cambian los pañales, etc y lo hacen todo con una sonrisa en la cara. Me gusta mucho mirarles. Ellos me hablan y me dicen cosas que no entiendo, pero a mí me basta con que estén conmigo. Tengo amiguitos con los que me gusta jugar; tampoco hablan, como yo, pero puedo cogerlos y darles manotazos y no se quejan ni nada. Uno se llama peluche, el otro osito y el otro ratita.

La persona con pelo largo que me da de comer y que es la que más tiempo está conmigo me gusta mucho y la quiero más que a nadie; cuando me abraza me siento segura y atendida y su calor me resulta muy agradable.

No me falta de nada y estoy siempre contenta y deseo que me lleven a pasear por ahí, que me dé el sol, ver cosas distintas, mirar a personas nuevas; todo esto me hace reír.

Tengo que decir que no todo es bonito; a veces me siento mal, incómoda, me duele la barriga, me escuece el culo y me pongo a llorar y a gritar, porque no me gusta esa sensación. Me siento especialmente frustrada cuando las dos personas que están conmigo me miran con confusión y no saben lo que me pasa; a veces me preguntan “¿qué te pasa?” y no se dan cuenta que ¡no puedo contestarles!. Resulta muy frustrante.

Sin embargo, no sé cómo lo hacen, pero casi siempre consiguen averiguar qué me pasa y lo solucionan. Otras veces me llevan a un sitio que hay una persona con bata blanca y se ponen a hablar, ¡y mientras ellos hablan, yo sufriendo! ¿qué os parece?.

Lo cierto es que no puedo quejarme, estoy muy bien. Como no puedo hablar, espero que algún día pueda comunicar a los demás todas estas sensaciones que me brotan del corazón. Supongo que tendré que esperar.

¡Ahí vienen las dos personas que más quiero en el mundo! Y me miran felices a los ojos; espero que vean en mis ojos que también soy feliz.

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José y Miriam miraban a Àngela con cariño; Àngela era la madre de José y tenía 90 años. Su alzheimer la hizo retroceder mentalmente en el tiempo hasta ser como un bebé y ni tan siquiera podía hablar. José en ocasiones se emocionaba pensando las veces que ella había cuidado de él, lo mucho que lo había querido cuando era pequeño y lo mucho que él la había hecho sufrir durante toda su vida. Ahora, tan adulto, se daba cuenta del gran regalo que le hizo Dios al darle una madre como aquella y se sentía honrado de poder cuidarla. Pero le hubiera gustado que su madre hubiera visto su cambio, poder pedirle perdón por los errores del pasado, poder darle las gracias por todo. Ahora sólo podía cuidarla con la ayuda de Miriam y disfrutar de su presencia, como su madre había hecho por él tantos años.

José no pudo evitar que le saltaran algunas lágrimas de los ojos y esperó con todo su corazón que algún día pudiera comunicarse con su madre y expresarle todas esas sensaciones que le brotaban del corazón. “Supongo que tendré que esperar”, se dijo
Con todo tu corazón y toda tu alma

Esta es la historia de un niño que tenía poderes. Con sus poderes podía hacer y conseguir lo que quisiera. No se preocupaba de la comida ni del frío ni de las bestias, porque con sus poderes salía de cualquier apuro. Una vez, no tenían nada que comer ni él ni sus amigos, pero sin que nadie supiera cómo, hizo aparecer abundantes alimentos. En otra ocasión, hacía tanto frío que la gente se asustaba porque creían que no podrían soportar aquel temporal, pero él increpó a los vientos y el frío cesó. Si alguna vez alguien intentaba agredirle, por muy acorralado que se encontrara, se escurría y desaparecía. Cualquiera que estaba con él pudo dar fe de todas estas cosas pues además, junto a él no había de qué preocuparse.

Sin embargo, había sólo una cosa que no podía conseguir con sus poderes y era tener a alguien que lo quisiera con todo su corazón y con toda su alma y lo acogiera junto a él.

 

   Así es que se puso en marcha para encontrar algún sitio donde alguien lo quisiera con todo su corazón y con toda su alma y esto es que llegó a una gran mansión con grandes terrenos por doquier. El chico pensó:

- Aquí hay sitio de sobra, si me dejan quedarme no molestaré y acabarán queriéndome con todo su corazón y toda su alma.

Llamó a la puerta, pero nadie le abrió. Como pasara un buen rato y nadie salía a preguntarle qué quería se fue, pensando que estarían demasiado ocupados para atenderle.

 

Al día siguiente encontró otra casa que, aunque no era tan grande sí era lo suficiente para albergar un niño como él. Llamó a la puerta y al ratito salió un matrimonio con cara de extrañados, él les dijo:

- Hola, buenos días, quisiera saber si os importaría que me quedara con vosotros en vuestra casa y si sería posible que me llegarais a querer con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. – El matrimonio se quedó mirándolo con compasión y le respondieron.

- Lo siento chico, tenemos ya tres hijos y con el trabajo que tenemos, nos viene justo mantenerlos y darles una buena educación. – Pero el chico, lejos de darse por vencido insistió.

-Pero a mí no tenéis por qué mantenerme, además, yo soy pequeño y quepo en cualquier rincón de la casa, os prometo que no os arrepentiréis.

-Niño – le dijeron- no te conocemos de nada, anda y vuelve con tus padres.

El chico se marchó entristecido: “¿encontraré a alguien que me quiera con todo su corazón y toda su alma?” pensaba.

 

Más tarde, llegada la noche, encontró a unos mendigos que estaban acostados en un callejón y despertándoles les preguntó:

-Amigos ¿os importa que me una a vosotros? Nadie quiere acogerme en su casa y quererme con todo su corazón y con toda su alma.- ellos le increparon

-¿Por qué nos molestas, no ves que estamos durmiendo? Anda, quédate si quieres, pero no creas que vamos a ayudarte pues nos basta con tener que sobrevivir nosotros para que encima tengamos que cargar con un mocoso como tú. – Con una enorme sonrisa en su rostro el chico les dijo:

-¡Gracias! No os preocupéis por mí ni por vosotros, pues todo lo que me pidáis os concederé. Ellos le contestaron:

-Sólo te pedimos que te duermas y nos dejes dormir a nosotros.

Así pues, el chico se acostó con ellos y se durmió. Pero a la mañana siguiente, al despertar vio que no había nadie junto a él, todos se habían ido dejándolo sólo; y entristecido se levantó y siguió buscando.

 

Finalmente llegó a unas pobres cabañas donde había gente haciendo su vida. Se acercó y les preguntó:

- Hola, perdonad que os moleste; estoy recorriendo el mundo buscando un sitio donde quedarme, pero nadie me quiere con todo su corazón y con toda su alma, ¿podría quedarme en vuestro pueblo? – ellos le contestaron:

- Mira a tu alrededor, todo es desierto. No tenemos comida ni agua y nuestros hijos se mueren de hambre. Quédate aquí si quieres, esperaremos juntos la muerte.

Así es que el chico habitó con ellos e hizo grandes milagros en aquel sitio; todos se quedaban maravillados con su poder y no le dejaban marcharse, no por sus grandes obras sino porque era un buen chico y lo amaban con todo su corazón y con toda su alma.
Soportar violencias y persecuciones

Una noticia muy reciente anuncia que en India, ha sido atacada y devastada una iglesia católica en el estado de Kerala.

Por desgracia, esta clase de noticias viene siendo habitual en la prensa católica y sucesos como estos se repiten constantemente, especialmente en las zonas donde más está creciendo el cristianismo. Lo que verdaderamente me ha llamado la atención de la noticia es, las instrucciones pastorales del obispo a sus fieles; después de visitar el lugar de los hechos, invitó a los fieles a la calma: “a no reaccionar, a soportar con paciencia violencias y persecuciones”.

Para mayor asombro, el obispo añade: “En lo que nos respecta, seguiremos nuestro trabajo pastoral y el anuncio de Cristo a través del testimonio alegre del Evangelio y el servicio al prójimo”.

No me esperaba esta respuesta; me esperaba que pidiera ayuda internacional, que promoviera huelgas y boicots, recogidas de firmas, acusar a los políticos, etc. Y sin embargo, su instrucción es algo así como: no os defendáis, poned la otra mejilla.

A menudo pienso que en ciertos lugares del mundo, hoy está sucediendo lo mismo que durante los primeros años del cristianismo y el testimonio de esas personas hoy es tan válido como el de aquellos mártires que admiramos.

Estoy seguro que en algún lugar del mundo, hay algún San Esteban, algún San Pablo, algún Santiago Zebedeo,… ¿cómo respondemos nosotros a nuestras violencias y persecuciones? ¿mantenemos la paz y la alegría? Yo creo que más bien nos dejamos llevar por la indignación, el pesimismo y el catastrofismo. En nuestras persecuciones, Dios está triunfando ¿Por qué nos sentimos desesperanzado? Nos sentimos indignados cuando se criticó la visita del Papa a Madrid pero, ¿cuánto más deberíamos conmovernos de la situación que viven países como China, India, Iraq,…?

Ojalá que nuestra indignación no nos conduzca a sentir rencor hacia los perseguidores y a deprimirnos o acomplejarnos, sino a prestar la ayuda que esté en nuestra mano con la misma alegría que sentiríamos como si la estuviéramos prestando a los primeros cristianos.

“cuando lo hicisteis a alguno de éstos, a mí me lo hicisteis”
A mi madre
Recientemente mi madre falleció por cáncer y siento la necesidad de escribir algo en su memoria. Me gustaría escribir sobre sus últimos días para que nunca se me olviden esos duros pero enriquecedores momentos.

Lo primero que no quiero olvidar son las palabras que mi madre le dedicó a su primera nieta, mi hija, aún en el vientre de mi mujer cuando mi madre falleció: “ver a mi nieta era una de las cosas que más ilusión me hacían. Faltaba tan poco para poder verla… pero el Señor no ha querido. Dile que me hubiera gustado mucho abrazarla, besarla, acariciarla, cantarle canciones, mirarla,… me hubiera gustado muchísimo. ¿Por qué el Señor no me habrá dejado verla? Me ha dejado con la miel en la boca. Habladle de mí.” Mi madre falleció un mes y diez días antes que naciera su nieta.

A mi padre le dijo que su espíritu siempre estaría con él, que no se preocupara. Manifestó que le gustaría que siguiéramos reuniéndonos en familia en su chalet (como siempre hacíamos, para comer paella, nadar en la piscina,… con los tíos y los primos). Durante toda su enfermedad y hasta el último momento nunca perdió la fe, siempre tenía al Señor en su boca, para darle gracias o para pedirle favores. Las noches de más sufrimiento repetía una y otra vez: “Señor, ayúdame”. El Señor era su inseparable compañero, en quien de verdad confiaba, el único que podía hacer algo por ella. Amigos nuestros nos daban palabras de ánimo y consuelo para ella que le transmitíamos y ella se alegraba mucho; decía: “qué gran alegría y qué consuelo más grande; especialmente las palabras de los sacerdotes”. Lo que más la consolaba era saber que había mucha gente rezando por ella.

También le gustaba saber cómo iba la tienda, decía: “no me desengancho” y cada día nos preguntaba cuánto se había vendido. Le gustaba mucho el salmo 23, y nos pedía que se lo leyéramos varias veces. Al final de sus días, no temía la muerte, sólo sentía pena por nosotros: su marido y sus hijos, por las molestias que nos ocasionaba y el sufrimiento de verla morir. En medio de su dolor, aún intentaba consolarnos a nosotros. ¡Cuánto nos quería! Y hasta ese momento no me daba cuenta hasta qué punto yo también la quería a ella y la falta que me hacía en mi vida.

Mamá, gracias por todo. Te echaré mucho de menos.
Rubén.
Misioneros por naturaleza

Todos tenemos unas creencias y opiniones personales que deseamos compartir. Me parece que este hecho no depende de la personalidad de cada uno, sino que es algo natural en nosotros los seres humanos. Hay personas para las cuales, esta necesidad de dar su opinión es más apremiante y hay quien lo necesita menos, pero todos, en mayor o menor medida, necesitamos compartir.

Este es el éxito de las redes sociales; tienes un espacio virtual en Internet donde publicas a la vista de todos, lo que opinas, lo que te gusta, lo que no,… y cuantos más amigos lo vean, mejor.

¿Será esto una llamada universal a ser misioneros?. Cuando hablamos nos sentimos escuchados y percibimos que nuestra opinión es valorada, entonces nos llenamos de alegría y nos motivamos a seguir dando nuestro testimonio; nos sentimos realizados, felices. ¿No es esta felicidad una prueba de nuestra esencia misionera?.

Las reuniones del IDR (Itinerario Diocesano de Renovación de Valencia) siempre se hacen cortas, porque todos los participantes tenemos ganas de decir muchas cosas y, a menudo, no da tiempo a que todos digamos lo que queremos decir.

Está claro que nos gusta compartir lo que somos y creemos y esto es bueno, porque creemos que hacerlo puede ayudar a los demás. Nuestra experiencia y testimonio, es una información de alta calidad que nunca podremos encontrar en libros, Internet, tv, etc. Lo que transmitimos en persona, tiene un valor mucho mayor que lo que transmitimos, por ejemplo, a través de un blog, porque lo que sale del corazón va directo al corazón. Este es el éxito de las reuniones periódicas de formación parroquial, donde todos compartimos la palabra de Dios y escuchamos a los demás en primera persona, sus palabras en tiempo real, las expresiones de su rostro, sus gestos, su mirada,… todos esos elementos enriquecen de tal manera la información recibida que no hay otro medio mejor que el tú a tú para transmitir la fe. Nos gusta dar nuestro testimonio, no sólo porque creemos que puede ayudar, sino porque sabemos que de hecho, ayuda.

Cuando tenemos la oportunidad de dar nuestra opinión, nos sentimos tan bien, que no pararíamos nunca de hablar. Satisfacer nuestra naturaleza misionera nos hace más bien a nosotros que a aquellos para quien están destinadas nuestras palabras. Creo sinceramente que generalmente, dar testimonio ayuda más a quien da el testimonio que a quien lo recibe.

En las reuniones del IDR de mi parroquia, a menudo tengo que hacer un gran esfuerzo para no hablar, me gustaría decir tantas cosas… pero soy consciente que el tiempo es un bien escaso y el tiempo que yo hable es tiempo que los demás no pueden hablar. Y si hablar, ayuda más a quien habla que a quien escucha, callarse para escuchar con atención es también una obra de caridad. De alguna manera, escuchar silenciosamente también es cumplir con nuestra misión evangelizadora. No quiero decir que no hay que hablar nada, podemos por ejemplo, aprovechar los silencios incómodos para decir cosas y romper el hielo, pues a mucha gente le cuesta arrancar. Dependiendo de la necesidad de hablar del grupo, habrán más silencios incómodos o menos, podremos hablar más o menos. Hay días que podrás hablar muy poco, otros nada, pero seguro que los breves momentos en que participes, los demás integrantes del grupo prestarán mayor atención, así que es una responsabilidad grande lo que tenemos que decir, porque la expectación de escuchar a alguien que no suele hablar es mayor que la de alguien más hablador.

Sea como sea, en toda reunión de grupos hacen falta los habladores y los silenciosos, sin unos u otros, el grupo no funcionaría. Cada uno podemos elegir el papel que queramos desempeñar en función a lo que necesitemos en cada momento, lo que veamos que necesiten los demás; si estamos reunidos en el nombre de Dios, debemos confiar en que el Espíritu Santo es el verdadero director de las reuniones y quien de un modo u otro inspirará a unos a hablar y a otros a callar para el bien de todos.

 

Por mi parte, los momentos que tengo ganas de decir algo al mundo, entonces me siento en el ordenador y escribo un artículo para el blog de eaD; creo sinceramente también que, los artículos que publico me hacen más bien a mí que a los lectores que puedan leerlos. Por eso doy gracias a Dios y al equipo de eaD por esta oportunidad de compartir y satisfacer un poco mi naturaleza misionera.

Y como no, ¡también a vosotros, lectores anónimos! Aunque no sé si alguien leerá algún día mis artículos creo que, si Dios me inspira a dedicar parte de mi tiempo a escribirlos, será por algún motivo. Dios invisible que inspira palabras invisibles para lectores invisibles con una misión invisible que dará unos frutos invisibles.

¡Gracias a todos!
Hospitales de oración

Una vez leí que los hospitales eran catedrales de oración. Me gustó esta definición de hospital ya que tiene como trasfondo un rico planteamiento del dolor como algo útil y beneficioso para el mundo y una visión heroica y digna de los enfermos. Los enfermos no son víctimas, sino misioneros que sufren y se ofrecen por los demás.

Del mismo modo, también podríamos decir que las catedrales son verdaderos hospitales de oración, ya que quien acude allí es porque en el fondo cree necesitar la ayuda de Dios, nuestro médico espiritual. Creo que es un buen ejercicio tomar consciencia que los que vamos a Misa, no lo hacemos porque somos buenos, sino más bien por todo lo contrario. Vamos en busca de ayuda y creemos que allí la conseguiremos.

Voy a confesaros algo, queridos lectores: cuando voy a Misa no siento nada; NADA. Me despierto el domingo por la mañana y tengo pereza de levantarme; de camino a Misa voy deprisa porque siempre llego tarde; estoy en Misa y me distraigo con facilidad; tomo la comunión y no siento la fuerza y la gracia de Dios en mi interior;  al finalizar la Misa, me retiro al Sagrario a rezar y no siento la presencia de Jesús Sacramentado frente a mí.  Salgo de Misa y vuelvo a mi casa igual que he venido, no he experimentado ningún cambio en mi vida. ¿Por qué voy a Misa entonces? Voy a Misa y no fallo casi ningún domingo porque creo que me ayuda; lo creo aunque no lo siento. Como quien toma vitaminas para estar más fuerte, ¿cómo sabes que las vitaminas te ayudan? No lo sabes, crees que lo que dice el médico es cierto y por eso eres constante en tomártelas, pero lo que es notar, no notas su efecto de forma inmediata.

Si fuéramos a Misa con la misma fe con la que vamos al médico, ¡qué santos seríamos!: llegaríamos a la iglesia 15 minutos antes de la cita por si acaso; iríamos al sagrario a hablar con el médico y a escuchar sus consejos; guardaríamos un respetuoso silencio para no molestar a los enfermos cercanos; tomaríamos la Eucaristía con verdadera fe en su poder sanatorio y querríamos agradecer con nuestra generosa limosna, tantos beneficios y ayudas gratuitas que el hospital de oración nos ofrece desinteresadamente. Luego en casa, seguiríamos a rajatabla todas las instrucciones que el médico nos ha dado y tomaríamos puntualmente las medicinas de oración que nos hubieran recetado.

Si en nuestra vida cotidiana no imponemos nuestras condiciones a los demás, ¿por qué sí lo hacemos con Dios?. Cuando realizamos actos de fe (como ir a Misa) sin esperar recompensa inmediata a cambio, estamos poniendo de manifiesto la sinceridad de nuestra fe y por tanto, el maravilloso milagro que Dios ha realizado en nosotros sin merecerlo. Como el enfermo que vive con esperanza su sufrimiento y pone su confianza en Dios, así los que estamos sanos deberíamos vivir nuestro día a día y acudir con alegría e ilusión a nuestros hospitales de oración.

La voz que grita en el desierto

A San Juan Bautista le preguntaron quién era y él dijo de sí mismo que era “la voz que grita en el desierto”(Jn 1, 23). ¿Una voz que grita en el desierto? Me pregunto qué falta hace en el desierto una voz que grite; es decir, ¿qué utilidad tiene? ¿acaso piensa convertir a las serpientes o bautizar a los cactus?. ¿Para qué querría Dios al hombre más grande que jamás haya nacido( Mt 11, 11),  gritando en el desierto?.

Como catequista que soy, me siento muchas veces como si estuviera gritando en el desierto y esta sensación me frustra mucho; a veces tengo una sensación muy potente de estar perdiendo el tiempo, de estar haciendo algo inútil, como alguien que intenta vaciar el mar con un cubo de agua, o contar los granos de arena de una playa, como… como un profeta gritando en medio de un desierto.

Pienso que Dios no envió a San Juan Bautista al desierto para evangelizar a las montañas, sino a prepararlo para una importante misión. Los catequistas no debemos ver nuestro desierto como un lugar donde enseñar, sino más bien, un lugar donde aprender que todo depende de Dios y nada depende de nosotros. Debemos aprender a menguar, aprender a presentar a Jesús al mundo apartándonos nosotros. Esos niños que no atienden a nuestras explicaciones, se portan mal y quieren llamar la atención, son como el sol abrasador que curte nuestra piel y nos hace más resistentes a quemaduras; los niños que llegan tarde a clase o directamente no vienen y se excusan con mentiras para evitarse sermones, son como un día seco, sin agua ni comida, que te enseña a obtener alimento de las langostas. Los padres que cuestionan la autoridad y siempre culpan al catequista de todo lo que hace su hijo son como una noche helada que te enseña a conseguir abrigo en la piel abandonada de un camello putrefacto. Un catequista no es un profesor, es un alumno  que aún le queda mucho que aprender y que debe encontrar elementos de evangelización donde no los haya. Los problemas de la catequesis no son obstáculos, sino lecciones que buena falta nos hacen. Pero ¡qué duros somos para aprender!. Qué duros somos para darnos cuenta que ¡Dios nos ha elegido! Como a los grandes santos, nos ha llevado al desierto para prepararnos y debemos aprender, debemos superar las pruebas que se nos presenten porque una importante misión nos espera y Dios cuenta con nosotros para llevarla a cabo.

San Juan Bautista no hizo milagros, no dio grandes discursos, no fundó una religión ni siquiera una congregación, sus seguidores no pudieron salvarle la vida y los poderosos le cortaron la cabeza por el capricho de una mujer. Para el corazón de Jesús, Juan Bautista fue sin embargo el mayor de todos los hombres de la historia, nadie lo podría imaginar, sólo Jesús lo sabía, sólo Jesús conoce nuestros corazones y sabe de nuestros sacrificios, nuestra entrega, nuestro mérito.

Jesús nos lleva en su corazón cada día, confiemos pues en el corazón de Jesús y que no se nos apague la voz cuando alguna circunstancia intente acallar nuestro grito en el desierto.

Despierta

-          Pst, pssst, ¡Joaquín, despierta!

Desde la cama, algo amodorrado, Joaquín abre los ojos y pregunta: ¿eh, quién está ahí?

-          ¡Vamos Joaquín, despierta que se hace tarde!

Joaquín ve a alguien en la oscuridad de la habitación; la silueta de la figura despide un tenue resplandor y el extraño visitante le hace señas con la mano para que se levante. Joaquín mira desconcertado a su mujer que duerme profundamente, luego al extraño visitante y se pregunta por qué no está alarmado; su hija no está llorando, pero hay un desconocido en casa y eso no es normal, ¿sería un sueño?; para asegurarse, Joaquín pregunta:

-          ¿Estoy soñando?

-          No, pero debes seguirme.

-          ¿Por qué? ¿Quién eres?

-          Soy tu ángel de la guarda y es tu hora de irte al cielo

Joaquín se queda quieto, asustado; llama a su mujer, pero ésta no se despierta. Rápidamente se dirige a la habitación de su hija que también está durmiendo y tampoco se despierta. Detrás de él espera con paciencia el intruso que quiere llevarle al cielo. Joaquín vuelve a su habitación y se queda helado en el margen de la puerta; junto a su mujer hay alguien acostado, es él mismo. Se acerca más y Joaquín inspecciona su propio rostro, está ausente, frío,  sin respiración. En realidad, allí no hay nadie, sólo un cuerpo inerte. Joaquín llama más fuerte a su mujer y llorando la intenta sacudir, pero sus manos atraviesan el cuerpo durmiente de Ana y ella no responde.  Finalmente, se gira hacia el ángel y le dice:

-          ¿Por qué yo? ¿por qué ahora?

-          Dios siempre se lleva a sus hijos en el mejor momento de sus vidas espirituales, para que pasen el menor tiempo posible en el purgatorio. Hoy es tu momento.

-          Pero no puede ser, tengo muchas cosas que hacer, mi mujer, mi hija ¿qué será de ellas? No puedo dejarlas, ¡me necesitan!

-          Ninguna de esas cosas en que piensas importan en tu camino espiritual; en cuanto a tu familia, ellas superarán tu pérdida y su sufrimiento será motivo de santificación. Es lo mejor para todos.

-          ¡No! No es lo mejor, no quiero separarme de ellas ¡ellas dan sentido a mi vida! No puedo vivir sin ellas; ni aquí, ni en ningún mundo. Dile al Dios que te ha enviado que se ha equivocado conmigo, aún no ha llegado mi hora. Sin ellas no quiero vida, ni cielo, ni nada. No me voy, me quedo junto a la luz de mis ojos, el latir de mi corazón, junto a la alegría de su compañía; lo demás es oscuridad, tinieblas, desolación. ¡No!.

-          Vamos, se hace tarde

El ángel alarga la mano y Joaquín vacilante le acompaña a donde quiera llevarle. De pronto una luz muy brillante ciega la visión de Joaquín y siente una enorme paz interior, una felicidad indescriptible y empieza a ver imágenes como en una película de cine.

-          ¿Qué es esto? ¿dónde estoy?

-          Estás en el cielo y estás viendo el futuro del mundo que has dejado atrás – dice una voz.

Una guerra, terremotos y persecuciones. Mucho sufrimiento en todo el mundo. La sociedad se deteriora, pobreza, hambre, soledad, miedo,… La visión es horrible y Joaquín no puede soportar más. La visión cesa y una voz potente le dice:

-          Has visto lo que va a suceder y el sufrimiento que te has evitado. Ahora sabes lo efímeras e insignificantes que eran tus preocupaciones terrenales, ¿aún sigues queriendo volver?

-          Cualquier sufrimiento es pequeño si puedo estar con mi mujer y mi hija; después de esta visión, siento un apremio mucho más urgente por volver con ellas y acompañarlas. Sólo el pensamiento de mi familia sufriendo de tal manera sin mí, me oprime el corazón sin medida y no lo puedo soportar. Dios bueno, concédeme el don de volver con ellas, concédeme el regalo de una segunda oportunidad.

-          Así sea – truena la voz

Joaquín oye el despertador y lo apaga. Está en su cama y es hora de ponerse en marcha para ir a trabajar, un día más. “¿Un día más?”, piensa Joaquín. Como suele ser habitual, no recuerda qué ha soñado esa noche, pero tiene una sensación de alivio muy grande. Mira a su mujer que sigue durmiendo de lado, le toca la cara y la espalda y se siente muy dichoso por su vida, por tenerla. Luego se levanta y va a la otra habitación para ver a su hija. Sigue allí, qué bien. Joaquín no sabe porqué se siente tan feliz y dichoso en ese momento, pero hay días que se siente mejor y otros peor; hoy es uno de los días buenos. Empieza a cambiarse y arreglarse y mientras tanto en silencio, da gracias a Dios por este nuevo día que empieza, una nueva oportunidad de disfrutar de la vida, una nueva oportunidad para ser mejor.

La voluntad de Dios
Dice la Escritura que los caminos de Dios son inescrutables; es decir, que los humanos no podemos predecir la voluntad de Dios si no se nos es revelada por anticipado por el mismo Dios.
Aunque no podamos saber cuál es la voluntad de Dios en el futuro, sí sabemos cuál es la voluntad de Dios en el pasado y el presente: los hechos consumados son permitidos por Dios, por tanto, es su voluntad que sucedan, tanto lo que nos pueda parecer bueno como malo. 
En cuanto a la voluntad de Dios, podemos enumerar al menos dos axiomas:
1) Todo lo sucedido es permitido por Dios y nada sucede sin que Dios lo permita
2) Todo lo que Dios permite es por el bien nuestro y nada de lo permitido es para causarnos mal

También dice la escritura "pedid y se os dará"; podemos añadir por tanto otro axioma:
3) Dios nos concede todas las cosas buenas que le pidamos pero no sabemos cuándo ni cómo.

Este tercer axioma está supeditado a los dos primeros; es decir, Dios no puede concedernos un deseo que vaya a ser malo para nosotros y nada nos es concedido sin que Dios lo permita.

Pongamos un ejemplo:
Paco le pide fe a Dios y a sus 73 años, Paco todavía no tiene fe. ¿Qué ha sucedido? Paco le ha pedido a Dios algo objetivamente bueno y Dios no se lo ha concedido; parece que Dios ha faltado a su promesa "pedid y se os dará" ¿no?. Analicemos la situación en base a los axiomas:

1) Es un hecho que Paco no tiene fe, por tanto, la falta de fe de Paco ha sido permitida por Dios
2) Dios ha permitido que Paco aún no tenga fe por su bien
3) Dios le ha prometido a Paco que le dará la fe que ha pedido, aunque no sabemos cómo lo hará ni cuándo.

Por tanto, al interrogante: "¿por qué Dios no le ha concedido a Paco la fe que ha pedido?", podemos contestar a la luz de la fe:
"Dios aún no le ha concedido el don de la fe a Paco por su propio bien, pero más pronto o más tarde, Dios le dará la fe que ha pedido".
Si analizamos la frase anterior, de ella deducimos que en realidad, sí somos capaces de predecir hasta cierto punto, la voluntad de Dios. Si yo le pido a Dios algo objetivamente bueno, tengo la seguridad que lo obtendré, puedo apostar por ello porque Dios es fiel a su palabra. 
La clave quizás sea la siguiente: ¿qué es lo "objetivamente bueno"?.
Los caminos del Señor son inescrutables porque para nosotros es muy difícil saber lo "objetivamente bueno" a los ojos de Dios: "salud, trabajo, amor, inteligencia, éxito,..." son objetivamente buenos para nosotros, pero la mirada de Dios es eterna, intemporal, espiritual,... 

Para predecir el futuro, sólo hay un camino: mirar con la mirada de Dios. El pecado nos aleja de Dios y, por tanto, nubla nuestro juicio, nuestra mirada a la realidad y nos conduce a sacar conclusiones equivocadas, a tomar decisiones equivocadas.
La vida de santidad, nos lleva a relacionarnos con la realidad de forma natural y sana; espontáneamente captamos la verdad de las cosas y nos sentimos en armonía con el mundo, con los hechos que suceden a nuestro alrededor, con la voluntad de Dios. De ahí proviene la estabilidad, paz interior y alegría de la fe. Esta es la verdadera sabiduría, la que nos conduce a la felicidad verdadera; no hay otro camino.

Me parece que con estos tres axiomas mencionados, podemos analizar cualquier interrogante que se nos presente y vislumbrar débilmente la voluntad de Dios en nuestra vida hoy.
Ser padre
Bueno, ya han pasado las fallas y la fiesta de San José. Me pregunto cómo viviría San José el tiempo del embarazo de la Virgen María. Mi mujer también está embarazada y esperamos nuestra primera hija; de momento no veo que mi vida haya cambiado mucho, pero estamos ilusionados ante la llegada de esta nueva etapa de nuestra vida. No tengo ni idea cómo tiene que ser eso de ser padre; a simple vista parece un poco difícil, requiere muchos sacrificios, renuncias, molestias, incomodidades. Ser padre va en contra de todos los principios básicos que esta sociedad nos inculca y da un poco de miedo. Preguntando a aquellas personas que ya están ejerciendo de padres, todos coinciden en dos cosas: 1) que efectivamente, requiere mucho sacrificio y 2) que vale la pena. En una guía para la embarazada, leí que el padre es el gran olvidado durante el embarazo. Todo el mundo presta atención a la madre, su barriga, sus molestias,… y al niño, su salud, si es niño o niña, si da pataditas. Compruebo que, durante el embarazo, la función del padre es fundamentalmente la protección. Viendo un documental sobre los leones, me hacía gracia cómo explicaban que cuando las leonas tenían crías, no dejaban que los leones se acercaran a ellas. El león se ve obligado a mantenerse a distancia de la camada y se limita a vigilar y ahuyentar a los posibles depredadores. San José, el patriarca de la Sagrada Familia, también aparece en los Evangelios como en segundo plano y, sin embargo, asumió perfectamente su función de guía, protector y consejero. Hay un pasaje especialmente conmovedor en la vida de San José: el momento en que decide repudiar a María en secreto. Él quería a María con todo su corazón y por fin podría formar con ella la familia que siempre había deseado, que todo hombre desea. Está muy ilusionado y tiene grandes planes para complacer a su amada, para cuidarla y demostrarle su amor. De pronto, el jarro de agua fría: María está embarazada y el padre, dice ella, es Dios. José toma la única decisión justa en tal situación, porque si María dice la verdad y el padre del niño es Dios, ¿qué falta hace él?. Dios se ha entrometido en sus planes, los ha desmontado y le ha arrebatado a su amada. Pero José decide apartarse con humildad, obedecer la voluntad de Dios a pesar de todo, dejar la gloria para los demás; José ya no hace falta, Dios se encargará de todo. Y José está dispuesto a seguir su camino lejos de su amada, por el bien de su amada. Está dispuesto a renunciar a María por Dios y por ella misma. Esa es la única forma de proteger a tu familia: buscar siempre lo mejor para ellos y estar dispuesto a renunciar incluso a ellos por su propio bien. Cambiando un poco de tema, hay que ver lo evangelizador que es el silencio de San José, cuántas enseñanzas aprendemos de él sin conocer ninguna palabra pronunciada por él. Y nosotros tan empeñados en evangelizar con palabras. ¿Que la palabra es necesaria para evangelizar? No lo niego, pero el silencio lo es aún más. ¿Qué la palabra es elocuente? El testimonio silencioso lo es aún más ¿Que la palabra se puede memorizar? El ejemplo se queda grabado para siempre como fuego en nuestros corazones. En Valencia hemos empezado un Itinerario de Renovación Diocesana, durante el cual, nos reuniremos gente de la parroquia en pequeños grupos para compartir nuestras experiencias de fe. Animo a mis lectores a poner a prueba dentro de sus grupos de profundización en la fe el experimento siguiente: durante la reunión, escuchar atentamente y en silencio las opiniones y experiencias de los demás; meditar lo escuchado y, antes de intervenir, reflexionar interiormente sobre la idea que queremos transmitir al grupo. Cuando tengamos claro lo que queremos decir, buscar la forma más breve de comunicarlo en voz alta. Habrán reuniones en que hablemos muy poco, posiblemente nada, pero habremos colaborado con nuestro silencio a que los demás tengan más tiempo de sentirse escuchados, atendidos y comprendidos. Por otro lado, nosotros habremos prestado más atención al testimonio de los demás y nos habremos enriquecido mucho más de ellos pues, cuando estás deseando poder hablar y decir tu opinión en cuanto acabe hablar el charlatán que tengo al lado (si otro no se me anticipa), no estás prestando la atención suficiente y merecida a quien habla. Abraham Lincoln decía que “es mejor guardar silencio y que los demás sospechen de tu ignorancia que hablar y despejar toda duda sobre ello.” Sea por la razón que sea, lo que tengo claro es que este mundo necesita ser escuchado, necesita nuestro silencio mucho más que nuestras palabras. Evangelizar nunca ha sido tan fácil.
Ilusionistas de la Verdad



El otro día vi en el programa de Buenafuente una entrevista a un mago; también le llamaban “ilusionista”. Un mago es ilusionista, no porque consiga engañar a la gente con sus trucos, sino porque consigue ilusionarlos. Y es que los adultos hemos perdido casi toda la capacidad que teníamos de pequeños de ilusionarnos y sorprendernos. Pero ante un buen mago, nos descubrimos con la boca abierta, sorprendidos, no como tontos, sino maravillados.

Hablar de ilusión en medio de una crisis social o personal suena a fantasía, a ingenuidad, pero si es esta nuestra situación, podemos ver nuestra difícil situación como una gran oportunidad: si conseguimos encontrar el modo de ilusionarnos en medio de circunstancias adversas, cuando éstas pasen y vengan tiempos mejores (que por nuestra fe, sabemos que vendrán), seremos invencibles, nada nos detendrá.

Hay días que me inunda una sensación de desesperanza que me hace estar malhumorado, silencioso, serio. Me parece que en medio de nuestras crisis, una de las principales luchas que debemos afrontar es la de no perder la ilusión, la alegría y el buen humor. Y si ya los hemos perdido, entonces hay que levantarse y luchar por recuperarlos. Lo importante no es el desenlace de la batalla, sino el modo de librarla. ¿Que estamos perdiendo? Pues perdamos con alegría, ¿Qué estamos agonizando? Pues agonicemos con simpatía y humor. ¿Qué estamos muriendo? Pues muramos con dignidad y dejemos para la posterioridad el testimonio de haber luchado hasta el final, de no habernos rendido nunca, de haber perdido la batalla exterior, pero haber ganado la batalla interior.

Sin darnos cuenta, nos habremos convertido en magos de la vida, ilusionistas de la verdad, eternos ejemplos para las personas que nos rodean.

En mi muro de Facebook me gusta publicar algún chiste de cuando en cuando, es mi pequeño granito de arena en la tarea de ilusionar y hacer sonreír a los demás. Pensemos un poco, ¿qué cosas nos ilusionan en nuestra vida? Chistes, cuentos, dibujos, deportes, cine, naturaleza,… Esta es una buena época para retomar esas aficiones y detalles pequeños que nos hacen sonreír e intentar trasladar esas pequeñas sonrisas a nuestro día a día; nos ayudarán, en medio de la tormenta, a mantener a flote el barco de la esperanza y la paz.

La palmera prometida


Había un picudo rojo llamado Samuel que vivía en una palmera; pero allí no estaba solo, habían decenas de picudos juntos comiendo y disfrutando de la vida. Samuel había observado lo rápido que, a medida que su familia de picudos crecía, el hueco interno de la palmera se ensanchaba. Una vez, Samuel le preguntó al anciano de la colonia:
-Abuelo, ¿cuánto es de grande una palmera?
-¿Qué pregunta es esa hijo? Una palmera es infinita, nunca se acaba.
-¿Cómo lo sabes, abuelo?¿y si no lo es y un día se acaba y nos quedamos sin comida?
-Lo sé porque siempre ha sido así. Mi abuelo siempre ha vivido aquí y el abuelo de mi abuelo también; no te preocupes hijo, come con tranquilidad, todo el mundo sabe que la palmera nunca se acabará.
Pero a Samuel no le convenció la explicación de su abuelo y, aunque siguió comiendo, empezó a prestar atención a los signos de su alrededor.  Un día empezó a notar que el sabor de la palmera se había vuelto más agrio, más seco. La palmera ya no era lo jugosa que solía ser antes, pero nadie escuchó a Samuel porque todos tenían hambre y apenas notaban los lentos y progresivos cambios de sabor de la palmera.  Más tarde, los picudos empezaban a pelearse por los fragmentos más suculentos de la palmera. Un día, un picudo enorme, de un fuerte empujón hizo caer a Samuel al suelo para poder comer de su parte. Desde el suelo, Samuel vio en qué se había convertido la palmera: un hueco enorme, seco, lleno de picudos ávidos y recelosos por la carencia de alimentos y Samuel comprendió que algo iba mal. Dijera lo que dijera su abuelo, la palmera se estaba acabando. Samuel intentó convencer a todos  de que la palmera se acababa, pero unos se reían de él, otros desconfiaban (por si intentaba engañarlos para comerse su comida), otros le ignoraban. Ninguno creía las advertencias de Samuel.
Samuel se retiró a un rincón seco y desierto de la palmera y se puso a llorar y le rezaba a Dios diciendo: “Señor, ¿qué quieres de mí? ¿cuál es el sentido de mi vida?”. Entonces vio una mariposa que había entrado en la palmera, parecía buscar la forma de salir, pero en lugar de eso, fue hacia el oscuro rincón donde se escondía Samuel y se posó a su lado. A los pocos segundos, sin más, alzó el vuelo y salió de la palmera. Samuel pensó que Dios le había escuchado y le había dado una señal.
Así pues, Samuel hizo acopio de alimentos, se los ató a la corteza de su caparazón y se despidió de todos, iba a buscar otro hogar. Los demás le despidieron con poco entusiasmo (“uno menos para alimentar”, pensaban). Samuel empezó a volar y volar buscando alguna palmera cercana, pero no encontraba ninguna; voló 2 km, 4 km, 6 km. Tuvo que parar varias veces para comer de sus reservas de alimentos. 8 km, 10 km, 12 km. No le quedaban reservas de alimentos y no encontraba ninguna palmera. Pero siguió volando y, cuando ya estaba convencido de que moriría antes de encontrar un hogar (“nunca debí dejar la seguridad de mi casa”), vio a lo lejos una forma muy parecida a una palmera. Sí, no cabía duda, era una palmera, un esfuerzo más y llegaría.
Se alojó en aquella nueva palmera y allí conoció a Rebeca, una picuda muy hermosa. Eran los únicos huéspedes que tenía aquella palmera así que vivieron muy felices y tuvieron muchos hijos. Y sus hijos tuvieron más hijos y éstos también a su vez tuvieron más. Antes de morir de viejo, Samuel le contó a sus hijos el encuentro con el ángel de Dios y el mensaje que el ángel le dio: “no tengas miedo de salir, una tierra que mana leche y miel aguarda tu llegada”. Dios había cumplido su promesa y Samuel hizo prometer a sus hijos que cumplirían siempre la voluntad de Dios y no se dejarían llevar por la voracidad de su hambre nunca. Y les dijo: “hay otra vida fuera de la palmera, no desesperéis y confiad en Dios. Mientras recordéis mis palabras, viviréis felices”.
Samuel murió de viejo y sus hijos también y después de mucho tiempo, un pequeño picudo le preguntó a su abuelo:
-    Abuelo ¿cuánto es de grande una palmera?
Y el abuelo picudo tuvo una extraña sensación, la sensación que tras esa simple pregunta de su inocente nieto, había un destino y un futuro pendiendo de un hilo. Pensó que la vida era algo más que comer y comer, pensó que era una buena oportunidad para transmitir su sabiduría a su nieto y le contó la historia de Samuel y la palmera prometida.



Incapaces pero de buena voluntad
ovejas.jpgA veces me pregunto porqué Dios me habrá llamado a determinadas tareas, con lo mal que las hago. Soy un pésimo catequista, nunca he deseado ser maestro y lo hago fatal, pero ahí estoy, esperando no molestar. Soy un pésimo escritor, siempre estudié ciencias y las asignaturas de letras se me atragantaban, pero aquí estoy, escribiendo otro artículo para eaD. Empiezo a pensar que no es casualidad, que Dios lo hace adrede, busca a los más incapaces para hacer tareas que no saben hacer. Será que Dios no sabe rentabilizar los recursos humanos disponibles con eficacia. O quizás será que a Dios le importan un pepino la rentabilidad y la eficacia; a lo mejor, lo que verdaderamente le importa a Dios soy yo, mi santidad, mi crecimiento personal y que me esfuerce por superar mis debilidades, mis carencias.
Después de un duro día de catequesis de confirmación, me pregunto ¿y qué hago yo aquí? Me lo pregunto por quejarme, porque ya sé la respuesta, porque yo no lo he buscado, no lo he pedido. Estoy aquí porque Dios, a través de su Iglesia un día me lo pidió y no pude negarme. El día que Dios, a través de su Iglesia me pida que deje esta tarea, obedeceré con la misma disposición que cuando la tomé; pero mientras tanto, tengo que esforzarme por intentar hacerlo mejor, porque mis niños de confirmación merecen un catequista mejor y ellos, aunque no lo sepan, necesitan que yo sea mejor catequista. Pero también sé que por ahora yo soy el mejor catequista que ellos pueden tener… ¡porque no hay otro!. Bueno, sí, pero sobre todo porque es Dios quien me ha puesto ahí y Dios no piensa en términos rentables ni eficaces, sino en nosotros; y si Dios quiere que sea catequista para santificarme, también lo quiere para santificar a los niños a través de mí.
Lo que quiero decir es que el que seamos incapaces para desempeñar una tarea, no nos exime de la obligación de hacerla, porque lo que sabemos hacer, no tiene ningún misterio para nosotros, ya lo sabemos hacer; pero la mejor manera de aprender a hacer algo que no sabemos hacer, es hacerlo, aunque sea mal hecho.
Espero algún día llegar a ser un buen catequista, aunque probablemente entonces, Dios me pida otra tarea que no sepa hacer.
Creo que no me extrañaría en absoluto que así fuera.

mar adentro.jpg
Meditatio 01/10/10

“¡Ay de ti Corozain, ay de ti, Betsaida!” dice el Señor en la lectura de hoy. Porque Jesús hizo muchos milagros en esas ciudades y no se convirtieron; qué suerte tuvieron Corozain y Betsaida de ver al Señor, de ver sus milagros, ver su verdadero rostro, su personalidad,… y no supieron valorar ese gran regalo. A pesar de todo no se convirtieron.

 

Pensemos por un momento en nosotros, en nuestra vida. Es cierto que no nos han faltado problemas, preocupaciones y disgustos en todos estos años, pero también es cierto que de todos ellos Dios nos ha librado y hemos salido adelante. Y si ahora tenemos algún problema o preocupación o disgusto, sabemos por experiencia que, tarde o temprano, Dios también nos librará y volveremos a estar bien. Porque no es cierto que Dios se haya olvidado de nosotros, no es cierto que Dios no nos escucha, ni es cierto que Dios no nos quiere. Dios ha derrochado su amor sobre nosotros y debemos estar alegres y agradecidos, porque como dice el refrán, “es de bien nacido, ser agradecido”.

 

Pensemos por un momento en las cosas buenas de nuestra vida, que son muchas: nuestra familia, nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestra salud, nuestra fe,… tenemos tantas cosas por las que dar gracias… Tenemos a Dios presente ante nosotros, en nuestro pueblo; Dios también es vecino de tu ciudad y mucho antes que nosotros. ¡Qué suerte tenerlo tan cerca! Qué suerte poder ir a verlo y a estar con Él siempre que queramos. Demos gracias a Dios también por ello.

Demos gracias a Dios también por la Iglesia Católica; si no fuera por ella, no tendríamos a Dios tan cerca. La Iglesia que nos ha transmitido la fe a través de nuestros antepasados, que nos ha enseñado cómo era Jesús y cómo quiere Dios que seamos. Gracias a la Iglesia y a sus sacerdotes y demás personas que en ella trabajan, tenemos la fe que tenemos y es una suerte muy grande porque nuestra fe es una gran ayuda para superar los problemas de cada día y estar siempre alegres.

 

Demos gracias a Dios por este grupo de oración que va a empezar su tercer curso de actividad en la parroquia. Demos gracias porque, a pesar de nuestra pereza, de nuestros compromisos, nuestras comodidades,… seguimos viniendo otro año más. Demos gracias porque, si este ratito de oración no nos estuviera ayudando en nuestra vida, haría tiempo que habríamos dejado de venir.

 

Hermanos, ¿cuál creéis que es la mejor forma de agradecer a alguien un favor? ¿cómo os gustaría a vosotros que alguien os agradeciera un favor que habéis hecho? ¿con palabras? ¿con dinero? ¿verdad que no? Seguro que todos estamos de acuerdo que la mejor manera de agradecer un favor, es abrir nuestro corazón y estar dispuestos a devolver el favor cuando la persona que nos ha ayudado nos necesite.

 

Pues bien, no hagamos como Corozaín y Betsaida, no cerremos nuestro corazón. Aprovechemos este nuevo curso para demostrar a Dios que estamos realmente agradecidos por su ayuda y abramos nuestro corazón a aquellos que nos necesitan; pero sobre todo a aquellos que nos necesitan y que nos han ayudado a nosotros anteriormente, recordemos: familia, amigos, trabajo, parroquia, la Iglesia, el grupo de oración,… Aunque a veces no nos demos cuenta, todos ellos nos necesitan, necesitan nuestra disponibilidad, aunque no sepan decírnoslo, aunque no sepan demostrarlo.
No se haga tu voluntad sino la mía
jesus besa la cruz.jpg

A veces me sorprendo pensando que esto de la oración tiene truco. Si yo quiero algo, se lo pido a Dios, pero si al final, Dios hace lo que quiere, ¿para qué le pido? De todos modos se hará siempre su voluntad, no la mía.
Y es que hasta nuestra oración está contaminada con la soberbia de nuestro pecado; le pedimos a Dios como el niño mimado que le grita a su padre que “¡quiere que le compre  ESOOO!”. Creo que en el fondo de nuestro corazón (aunque no lo reconozcamos) siempre deseamos que en lo que respecta a nuestras peticiones a Dios, no se haga Su voluntad sino la nuestra; decimos: “Señor, yo quiero que se haga tu voluntad siempre que ésta coincida con mi voluntad”. Sobre todo pensamos así en los momentos de sufrimiento, espantados ante la terrible perspectiva de la cruz. Porque seamos sinceros, la cruz repugna. ¿Cómo mirarían Juan y María la cruz donde murió Jesús? Con aprensión, yo creo. Y si después de enterrarlo alguien les enseñara una cruz en miniatura, ¿no se sentirían ofendidos y profundamente heridos?. La cruz es un instrumento de tortura ¿quién puede verla con buenos ojos?.
El libro en el que está inspirada la película de “La Pasión” (dirigida por Mel Gibson) y cuya lectura recomiendo encarecidamente, dice que en cierto momento, antes de llegar al Gólgota, Jesús besó la cruz… sí, habéis leído bien, ¡la besó!; en la película también aparece fugazmente este detalle del libro. Pero ¿por qué iba alguien a besar un instrumento de tortura y asesinato? ¿por qué besar un madero que te va a provocar una muerte larga, cruel y dolorosa?.
Para entender esta paradoja, me viene a la cabeza una idea que estudié en clase de filosofía. Decían algunos filósofos que la realidad que vemos no es real, sino una interpretación de nuestra mente. La realidad no la podíamos percibir con nuestros sentidos porque éstos son imperfectos. Supongamos que hay algo de cierto en esta afirmación ¿sería posible que Jesús viera en la cruz algo que nosotros no vemos? ¿qué vio Jesús que le movió a besar su cruz?. Se me ocurre que Jesús vería en su cruz, el fin de muchos sufrimientos humanos; vería la salvación de la humanidad, el consuelo y vida de mucha gente. Cuánto nos debía querer Jesús para ver con tan buenos ojos su tormento. Como ese padre que no duda en sacrificarse para salvar la vida de su hijo; “sí, es un precio alto, pero merece la pena. Y si tuviera que volverlo a hacer, no lo dudaría”.
Así de maravilloso es nuestro Dios; ¿cómo no fiarnos de un Dios capaz de un sacrificio tan grande?. Sé que es difícil, pero pensar en esto me ayuda a acabar mis oraciones con la frase que Jesús nos enseñó: “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Ojalá algún día estas palabras, no salgan sólo de mi mente, sino también de mi corazón.


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El Juez Dedo
senalar.JPGEsta ciudad tiene un nuevo vecino. Ha permanecido oculto durante mucho tiempo pero por fin ha salido a la luz para hacer justicia. Él es… ¡EL JUEZ DEDOOOOO!.
¿Tienes defectos? ¿has cometido algún pecado? ¿has cometido errores? ¿sí? Entonces tú puedes ser el próximo objetivo del…. JUEZ DEDOOOOO.
El juez Dedo siempre está al acecho para atrapar a cualquier humano que cometa algún error. En cuanto un malhechor cae en sus manos, sin pensarlo dos veces, le apunta con su poderoso dedo y le hecha en cara sus malas acciones. El poder de su dedo acusador combinado con las vibraciones de sus ondas vocales, llenas de odio, rencor y reproche, consiguen que casi todas sus capturas, acaben sintiéndose culpables (aunque no sepan muy bien porqué) y pidan perdón.
A veces, Dedo, tiene que librar duras batallas contra pecadores empedernidos que creen que no tienen la obligación de responder a sus acusaciones; para ello, siempre lleva encima un rollo de papel higiénico donde Dedo apunta a una gran velocidad una lista con todos los fallos y miserias de su enemigo; la memoria de Dedo es sobrenatural y es capaz de agotar un rollo de papel entero con los errores de muchos años atrás.
Dedo el juez, no tiene igual: ni las marujas de la peluquería, ni las señoras de los últimos bancos de misa, ni el corrillo de vecinas,… Nadie es capaz de hacer sombra a Dedo que está siempre vigilante.
Ten cuidado con el tono de tus palabras, o la forma de mirar a los demás, piénsatelo dos veces antes de negarte a hacer un favor a alguien, porque en cualquier momento, cuando menos lo esperes, llegará Dedo y te enrollará en kilómetros de papel de váter hasta que reconozcas que eres imperfecto y pidas perdón llorando.
Ciudadanos del mundo que no tenéis defectos, ahora que sabemos que hay un dedo acusador que siempre nos defenderá de nuestros malhechores, podemos estar tranquilos. Y ya sabes, si alguna vez encuentras a alguien que comete un error, no lo dudes y llama inmediatamente a… EL JUEEEEZ DEEEEDOOOOO.

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No estás solo
ORANDO.jpgManuel le decía a su amigo por teléfono:

Rubén, ya no creo en Dios. Tengo tantos problemas y soy tan insignificante que no puedo creer que exista un Dios que permita esta injusticia. Sí, hubo un tiempo en que yo amaba a Dios y lo tenía en cuenta en mi vida y le rezaba todos los días, iluso de mí. Pero ahora ya es definitivo, no puedo creer que exista, se acabó para mí todo lo relacionado con Dios y la religión, no quiero saber nada de Él. ¡Cuánto tiempo perdí hablando con un fantasma! En la soledad de mi habitación, en el plácido silencio del Sagrario, yo le hablaba y a veces, hasta me parecía que me contestaba, ¿cómo pude soñar siquiera que esto fuera posible? No lo entiendo, ahora que sé que las respuestas sólo eran proyecciones internas de mi conciencia, me siento tan ridículo, tan ingenuo…

Pero ahora sé la verdad, que no hay nadie velando por mí, que estoy abandonado a la mala suerte de mi vida y que si algo bueno me pasa, no tengo por qué agradecérselo a nadie, salvo al capricho del azar. Ahora sé que cuando muera desapareceré para siempre y jamás volveré a existir para nadie, ni a importarle a nadie, seré un recuerdo, una foto dentro de un marco, un rostro borroso en la memoria de un amigo olvidadizo.

¿Por qué habré creído tantas historias fantásticas? Tú ahora no me entiendes, estás tan feliz con tus creencias, tu rostro refleja paz interior y tu voz inspira tranquilidad y ánimo, pero eso es porque todavía no sabes lo que yo sé; si algún día se cae el velo de tu razón y te hace ver la realidad como yo la estoy viendo, entonces podrás hablar conmigo y exponer tus argumentos, porque yo también fui creyente como tú y ahora no lo soy. Pero no te deseo que pierdas tu fe, ni mucho menos, ojalá yo no la hubiera perdido, ojalá estas desgracias no me hubieran despertado, como en el momento más angustioso de una pesadilla, del plácido sueño de la fe. No Rubén, tú no tengas en cuenta mis palabras, sigue creyendo tus fábulas, que yo ya no puedo.

Dices que los mejores momentos de mi vida, han sido aquellos en los que estaba cerca de Dios y que ahora que me he alejado, es cuando empiezo a sufrir, pero tus confiadas palabras no me convencen, tú no sufres como sufro yo, tú no has pasado por aquí, te resulta fácil juzgar las situaciones ¿verdad?, te resulta cómodo darme lecciones desde tu privilegiada posición, pero he de decirte que no puedes engañarme; tú cree lo que quieras que yo creo lo que veo y veo que la crueldad que sobre mi corazón se ensaña no puede ser permitida por ningún Dios. Es para mí, una prueba irrefutable, una verdadera revelación y un triste desengaño.

Siento que mis palabras no sean alegres, ni traerte buenas noticias, siento que tengas que escuchar mi tristeza, fruto de mi realismo, pero has sido tú quien me ha llamado interesándose por mí ¿acaso voy a fingir? Querías saber cómo estoy, pues ya lo sabes; lo siento mucho por ti, pero aún más lo siento por mí, porque no querría estar como estoy, no querría ser como soy, me gustaría que todo fuera como antes, me gustaría volver a gastarte bromas, a contarte algún chiste, a abrazarte con alegría, pero no puedo.

 

Manuel, lamento que estés tan triste; te he llamado porque eres mi amigo y me preocupa que estés bien, te he llamado para ofrecerte mi amistad si estás agobiado, preocupado. Por eso te propongo que no le des más vueltas a tu tristeza, ni pienses en las causas de tu sufrimiento, ya habrá tiempo para eso más adelante, ahora piensa en cómo salir de esta. Tú sabes que puedes contar conmigo, puedes llamarme siempre que necesites hablar con alguien; quisiera invitarte a cenar un día para que me cuentes en persona qué te sucede, quizás se nos ocurra algo. De todo lo que has dicho, en algo estoy de acuerdo contigo: yo no he vivido lo que tú has vivido, tienes mucha razón y no puedo imaginarme hasta dónde llega la profundidad de tu pena; ahora sólo puedo compartir contigo mi experiencia, pues de entre todos los recursos que tengo para superar las dificultades de mi vida, el más efectivo es la oración. Reza Manuel, reza a ese Dios en el que ya no crees, reza al fantasma que tanto bien te hizo tiempo atrás, reza a aquella voz que creíste escuchar en tu conciencia, reza en la soledad de tu habitación, en el plácido silencio del Sagrario, reza para no romperte, reza para no sucumbir del todo. Yo iré a verte en cuanto pueda y ya pensaremos algo; ¿quién sabe? Quizás entonces se te ocurra alguna broma que gastarme y hasta puede que me haga gracia y nos riamos juntos. Ánimo Manuel, no estás solo.

Pero también somos héroes

superheroes_marvel.jpg¿Por qué la fe nos justifica (Ga 2,16)? Sólo puede haber fe, si hay amor. Sin amor, la fe es imposible y es que si el amor nos salva, es porque repara un daño previo. Así como el agua apaga el fuego y la luz hace que la oscuridad desaparezca, el amor que nace de nuestra fe, repara la falta de amor que durante nuestra vida hemos sembrado. La fe es como un antídoto que hace retroceder la inexorable enfermedad del pecado.

Para los cristianos, la fe es un don de Dios al que tenemos que abrir nuestro corazón, por eso, porque nunca abrimos nuestro corazón del todo, tenemos tan poca fe. Es durante los momentos de mayor sufrimiento cuando demostramos hasta dónde llega nuestra fe, porque si de normal creemos sin ver nada, cuando sufrimos sentimos una desgarradora experiencia, la de comprobar que tenemos fe en un Dios totalmente contrario a la experiencia que estamos teniendo en esos momentos. Es decir, si yo estoy bien, si no me agobia ningún problema demasiado urgente, creo en Dios misericordioso a pesar de que no lo veo, no le oigo, le pregunto y no me contesta. Pero si estoy sufriendo, ¿cómo puedo creer en la misericordia de un Dios que siento que me oprime, me ignora y me niega su favor continuamente?. Le pido mil veces algo y mil veces me lo niega con la rotundidad de su silencio. Experimentamos lo contrario de lo que creemos y entonces, es muy fácil cuestionarnos nuestra fe. Es como si estuviéramos viendo un precipicio y un amigo al lado nos dijera: “no, tranquilo, sigue caminando que no hay peligro” le diríamos “¿estás loco? Pero si estoy viendo un precipicio, está aquí delante de mí, un precipicio aterrador, oigo hasta el sonido del abismo y siento la fuerte brisa que sube desde el vacío e intenta agarrarme para hacerme caer; no pienso dar ni un paso más. Lo siento, pero no me fío de ti.”- El amigo le responde: “tienes que confiar en mí, ten paciencia, espera, si sigues caminando verás un puente por donde pasar, pero tienes que seguir adelante, tienes que mantenerte firme”.

Así somos nosotros, temerosos, inseguros, pecadores, quejicas, imperfectos,… pero si ahora tenemos fe, es porque ya nos hemos encontrado con anterioridad frente a otros abismos y hemos seguido heroicamente adelante y hemos cruzado otros puentes y aquí estamos, junto a Cristo, en la Eucaristía y en nuestra oración. Sí, aún nos queda mucho que caminar y seguimos teniendo miedo a los abismos de nuestra vida, pero también somos héroes y quizás algún día, santos.

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