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El impaciente Job (II)

31pistola.jpgPasó el tiempo y los dos amigos consiguieron salir de la calle y montar su propio negocio; incluso tenían una web propia de la empresa. Todo marchaba muy bien.

 Un día, mientras estaban Job y su amigo en un bar almorzando y hablando sobre algunos asuntos de la empresa, Job confesó a su amigo:

               "Gracias por todo. Si no hubiera sido por ti y tu ayuda, todavía estaría en la calle, quién sabe si vivo o muerto. "

        Yo no merezco tu agradecimiento - responde el amigo - da gracias a Dios como yo hago pues es Él quien nos ha salvado a los dos; bendito el día que nos reconciliamos; sin tu valiosa ayuda, esta empresa no habría podido salir adelante.

 Mientras hablaban de estas cosas se acercó un desconocido a la mesa. Sin mediar palabra sacó un revólver de la chaqueta y lentamente apuntó hacia Job. Job cerró los ojos y pensó: “hoy es el día que he de pagar por mis pecados”. Pero rápidamente, su amigo se levantó y forcejeó con el asaltante. Se oyó un estruendo y el asesino salió corriendo dejando al amigo de Job moribundo en el suelo. Job sólo pudo abrazarlo y llorar amargamente; los lastimosos gritos de Job no impidieron que su amigo lo dejara otra vez solo. En la comisaría, cuando el policía le preguntó si recordaba la cara del pistolero, llorando de rabia, Job apretó con fuerza los labios y negó con la cabeza.

Al finalizar el entierro,  el féretro fue lapidado definitivamente en el nicho y Job se quedó a solas pensativo.

-          Señor, ¿qué esperas que haga ahora? ¿Qué me vaya a mi casa y siga mi vida como si nada?. Ese nicho, ese féretro, ese entierro, esa autopsia, esa bala,… todo era para mí. ¿Por qué te lo llevaste a él? ¿qué quieres de mí?.

 A Job no le sorprendió no obtener ninguna respuesta. El Dios de su amigo era a veces exasperantemente silencioso.

Aquella noche Job tuvo un sueño; estaba leyendo un periódico y una mosca no dejaba de molestarlo. Cuando la mosca se detuvo en la mesa, Job enrolló lentamente el periódico y lo levantó con la intención de aplastarla; de pronto tuvo la sensación que aquello no estaba bien, sus movimientos lentos y su postura acechante le recordaron algo, no supo el qué, pero le pareció que estaba mal matar a la mosca; aunque sólo era una mosca, se detuvo y en ese instante, la mosca le recordó a su difunto amigo y experimentó un gran alivio por haberse detenido a tiempo. Entonces el escenario del sueño cambió por completo y se encontró en el colegio de su infancia en la clase de religión; el maestro estaba de espaldas escribiendo una cita bíblica en la pizarra:

Lc 19, 8-10

Cuando el maestro se dio la vuelta, Job se alegró mucho porque era su amigo quien estaba frente a él y las lágrimas caían por las mejillas de Job. Job le dijo que lo sentía, sentía haber sido la causa de su muerte, sentía no haber podido ayudarle, sentía no recordar el rostro de su asesino. Se enjugó las lágrimas y vio que su amigo no decía nada, estaba mirándolo sonriendo con cariño. Job le dijo, “te echo de menos, amigo”; y su amigo le contestó: “sin tu valiosa ayuda, esta empresa no habría podido salir adelante”. En ese momento Job despertó del sueño y se irguió rápidamente; tenía la cara llena de lágrimas.

Job continuó trabajando en la empresa y tuvo mucho éxito. Se dedicó entonces a investigar sobre la época de cuando era constructor y averiguar el paradero de todas aquellas personas a las que timó y perjudicó. Cuando encontraba alguna de ellas, le devolvía el cuádruplo de lo que le debía; no dudó ni por un instante que llegaría el día que encontrara al asesino de su amigo; no dudó que en ese preciso instante, recordaría su rostro y podría al fin llevarlo a la justicia, para que pagara por su crimen.


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Otros artículos
A continuación pongo unos artículos escritos en eaD, anteriores a mi blog. Pinchad sobre el título que queráis leer:

El medio justifica los fines

El hombre invisible

La dama negra

Somos polvo

¿Verdad o mentira?

Perdón

La pela es la pela

Abuelos al poder

Miedosos

Enemigo mío

Cada vez somos menos

Contentos porque ha resucitado

Caminito de Belén

La niña del exorcista

Solo

Gracias por leerlos y si queréis, podéis comentarlos.

el impaciente Job

ricosypobresT2.jpgUna vez vivió un hombre llamado Job; era constructor y había ganado mucho dinero haciendo fincas. Llevaba una vida desahogada e invertía todo el dinero que ganaba en más fincas para hacerse más y más rico. Su ilusión era vivir de rentas para no tener que trabajar y ganar dinero cobrando alquileres de sus edificios.

Justo cuando acababa de hacer la inversión de su vida con la cual iba a conseguir su sueño, sobrevino una terrible crisis financiera que provocó que no vendiera casi ninguna de sus viviendas construidas. Otras que había conseguido vender, no las pudo cobrar, pues los compradores se habían declarado insolventes; los bancos le cerraron el grifo y no pudo pagar las cuotas hipotecarias, con lo que perdió todas sus inversiones y pertenencias personales.

Su mujer, acostumbrada a vivir en la opulencia, padeció una depresión que la llevó a solicitar el divorcio; Job se quedó sin casa, sin mujer y sin hijos.

Aunque no tenía ganas de vivir, acudía cada día a los comedores para indigentes y allí maldecía su suerte. Nadie quería sentarse junto a alguien tan amargado y solía estar solo; pero un mendigo desconocido que se sentó junto a él, le preguntó:

-          Amigo, ¿por qué siempre estás con el ceño fruncido?

-          ¿Acaso no está claro? Esto no es un hotel de 4 estrellas precisamente y maldita sea mi suerte, nada me ha salido bien en la vida.

Job, aprovechó la oportunidad para desahogarse y continuó hablando- llevo un año malviviendo en la calle, he tenido mucho tiempo para pensar y aclarar mis ideas. Ahora sé que este mundo es cruel, que Dios no existe y maldigo el día de mi nacimiento. Una mosca revolotea feliz por el aire hasta que un periódico la aplasta contra la mesa; afortunada es la mosca que no tiene que agonizar penosamente hasta que la buena muerte se la lleva para no volver nunca más. Nuestra vida no vale más que la de esa mosca, pues el mismo destino que detiene su vuelo, entierra nuestras esperanzas e ilusiones de una vida mejor. Si Dios me hubiera regalado el don de la ignorancia junto con el castigo del vivir, no tendría motivos para quejarme, pero no sólo me ha hecho desgraciado, sino que ha hundido mi alma en un foso de tristeza para nunca más ver la luz. Por eso, porque no quiero maldecir a Dios, digo que no existe y me evito el dolor de creer en un Dios burlón, un Dios que te sostiene sobre un abismo oscuro y luego sin avisar, te suelta. Cómo añoro esos años en los que engañé a gente, enriqueciéndome a su costa, cómo echo de menos el poder del dinero que me permitía caminar sobre almas infelices, cómo me gustaría volver a la senda del mal de la que la mala fortuna me hizo salir, pues entonces mi maldad tenía recompensa, mis ambiciones daban sus frutos y mi corrupción era bien vista por la gente. Ahora que no robo, que no abuso de nadie, que lo he perdido todo, ahora todo el mundo desconfía de mí, todos me pisotean y se burlan, sonríen cuando alguien les habla de mi mala suerte y nadie compadece mi pena.

 

Amigo- responde el otro- veo lo profundo de tu tristeza y me apena. Porque no es tu suerte, ni el destino, ni el azar quien te ha llevado al abismo del que me hablas, sino tus malas acciones que Dios no deja sin castigo. Pero el castigo de Dios, cuando sucede durante tu vida mortal, es más bien una nueva oportunidad de la que deberías dar gracias. Como el fuego debilita el acero más duro y permite al herrero moldearlo a su gusto para convertirlo en una herramienta útil, así el sufrimiento ablanda tu corazón endurecido por el mal para su próxima transformación. Aunque tú hayas dejado de creer en Dios, Él no ha dejado de creer en ti y por eso te doblega, para que reconozcas que existe, para que aborrezcas el mal y llegues a amar el bien. Desearías que tu sufrimiento acabara de inmediato, pero un metal duro, requiere más tiempo al fuego para ser fundido. En el yunque de la soledad, lo primero que debemos aprender es a esperar y tener paciencia; hasta que no aprendas esta lección, tu corazón no empezará a brillar con el esplendor de la fundición, tan semejante al sol.

 

Job contesta - Tus palabras rechinan en mis oídos y tu discurso me produce repulsión, ¿qué son esas blasfemias que salen de tu boca? ¿debo dar gracias por mi sufrimiento, dices? ¿Dios es bueno cuando me castiga? ¿esta desgracia es una oportunidad?. Me parece que has perdido la razón y tus argumentos son propios de un demente; esto me reafirma en mi convicción que nuestra miserable vida sólo puede llevarnos a la locura y por cada palabra que pronuncias, mi pena engrandece, porque la locura es un destino triste, aunque preferible a la certeza de la desolación. Amigo, tú me sonríes mientras me hablas y aunque todo lo que dices son fantasías y polvo de estrellas, envidio tu locura e ignorancia y me siento más desdichado por haberte conocido, pues hasta un fracasado como tú, es más feliz que yo. ¿Qué más va a enviarme tu Dios? ¿aceite hirviendo en la cabeza? ¿gusanos que me devoren lentamente?.

 

Contesta el otro - ¿Acaso tengo pinta de gusano o tengo escondida una jarra de aceite hirviendo detrás de mí?. Dios no te envía gusanos, te envía personas, sonrisas y esperanzas. Te envía oídos que te escuchan, bocas que te alientan, compañeros que comparten tu misma suerte para que no te sientas tan solo. Te envía también noticias de Él y un mensaje de esperanza para seguir adelante y no dejarte vencer. Tú no recuerdas a quien te habla ahora, pero yo a ti sí y te digo que tú hiciste mal cuando pudiste hacer bien, infringiste dolor cuando pudiste aliviarlo, cometiste injusticias cuando te suplicaban compasión; yo soy una de esas almas sobre las que pasaste tan alegremente y tu maldad me ha llevado a vivir en esta situación durante más de cinco años; tiempo en el que deseé poder agarrarte del cuello y estrangularte, tiempo en el que busqué justicia y no la encontré. Pero el mismo tiempo me forjó como te decía y Dios me transformó en un martillo que ahora te golpea para doblegar tu corazón. Cuando me enteré que estabas aquí vine a buscarte, pero no para matarte como ciertamente hubiera hecho hace dos años, sino para reconciliarme. Si me hubiera resistido por más tiempo a los golpes de la vida, ya estarías muerto pero ahora sólo quiero perdonarte si es que necesitas mi perdón.

 

Job contesta – ahora te recuerdo, tu imagen me viene a la cabeza frente a la puerta de mi casa, me llamaste por teléfono y me enviaste cartas. Tú me gritabas y llorabas y me mirabas con repulsión. Una vez pude esquivar tu mano y otra no fui lo suficientemente rápido. Y ahora que no puedes sacar nada de mí ¿vienes a ofrecerme tu perdón? Tu locura es mayor de lo que creía, pero una locura dulce como la miel. Ahora siento la vergüenza que antes no podía sentir y el corazón me oprime por el arrepentimiento como jamás lo hizo anteriormente. ¿Será posible que digas verdad?¿puede Dios ser tan misericordioso y justo a la vez?. Me doy cuenta que no sólo necesito tu perdón, sino la de todos aquellos que perjudiqué y ojala nunca lo hubiera hecho. Pero ¿de qué puede servirme tu perdón si Dios me ha maldecido? ¿de qué te sirve a ti mi arrepentimiento si ya no puedo resarcir el mal que te hice?. Henos aquí, fracasados, abandonados y sin esperanza, porque nuestra maldad ha sido tan grande que ha merecido un castigo tal que difícilmente podremos volver a sentirnos como personas.

 

El amigo contesta - ¿Por qué sigues compadeciéndote y lamentándote? ¿no sabes que el pesimismo es contagioso? Hace una hora tú no conocías el valor del perdón y ahora tu corazón se ha transformado. Si esto ha sido posible una vez, ¿qué impide que vuelva a suceder en adelante? Yo te doy mi testimonio de que sí hay esperanza, sí hay ilusión y sí hay Dios. Existe un Dios, el Dios de las oportunidades, levántate, abre los ojos y busca las oportunidades que Dios te da hoy; yo espero pronto salir de esta dura vida y confío en los buenos tiempos venideros. También confío en la sinceridad de tu arrepentimiento, ¿Quieres acompañarme en el camino? Me vendría bien un socio astuto como tú y ¿quién sabe? Puede incluso que algún día hasta puedas pagarme el dinero que me debes.

 

Job contesta – Compruebo que estaba equivocado en cuanto a tu locura, quién sabe en qué más me equivoco. Amigo y socio, te debo algo más que dinero y ojala algún día pueda resarcir mi deuda completamente. Háblame más de tu Dios, pues me parece que al fin y al cabo, no es tan malo como creía y ahora me hace falta un Dios de oportunidades, un Dios de amor, un Dios de perdón y misericordia. Y si creer en un Dios bueno me convierte en loco, ¡bendita locura! Y si por rezar a un Dios compasivo me juzgan ignorante, ¡bendita ignorancia! Y si por amar a un Dios que me salva, me persiguen, ¡bendita persecución!. Porque el dinero no me ha dado la felicidad, el éxito no me ha dado amistad, el poder no me ha dado la paz; todos estos dioses a los que hasta hace pocos minutos idolatré, son falsos dioses que me han engañado con ardides y han causado mi perdición. Confiaré pues en el Dios de la pobreza, el Dios del fracaso, el Dios de la humildad, quizás su amor sea más dulce para mi alma y consiga que algún día pueda volver a sonreír como cuando era niño. Cómo añoro ahora aquella inocencia, aquella ignorancia, aquella honestidad, cómo añoro ahora aquella felicidad; ¿es esta añoranza una locura, o un milagro?.

 

Los dos antiguos enemigos acabaron de comer y se levantaron juntos de la mesa, juntos caminaron de vuelta a la calle y juntos se dispusieron a comprobar, qué otra oportunidad les deparaba aquél día.


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La crisis Ninja de la Iglesia

ninja.jpg“La razón de la sinrazón que a mi razón se face...” Utilizo estas palabras del Quijote para introducir un extraño fenómeno natural que está sucediendo en nuestros días consecuencia directa del cambio climático de nuestra sociedad. Me refiero al clima de la fe, muy deteriorado a causa de la polución del pecado. La pérdida de fe de la sociedad, se manifiesta en las cada vez más propagadas políticas anti-vida que son los terremotos y tornados de la paz social.

Y es que cada vez, se hace más evidente la sinrazón del mundo que, en nombre de la razón, promociona y subvenciona injusticias y sufrimiento humano. Estas contradicciones están llegando a un nivel tan absurdamente radical, que se hace difícil entender cómo una gran parte de la población no se da cuenta del error.

Decir que para un niño, es lo mismo tener un padre y una madre que dos padres, es negar la realidad; decir que para un enfermo, es mejor matarlo si lo pide, que ofrecerle ayuda psicológica y más medios, es cerrar los ojos a lo evidente; decir que promocionar el aborto es defender los derechos humanos, es el colmo; decir que la Iglesia Católica es ajena a los problemas de la sociedad, es absurdo.

Aunque es difícil entender cómo puede estar pasando todo esto y más, en nuestros días, el hecho es que así es y creo que es bueno intentar comprender los motivos por los que suceden estas cosas. Para ello, voy a utilizar algunas expresiones del bueno de Leopoldo Abadía, ese joven católico de 75 años que va a Misa y tiene 12 hijos y 40 nietos. De su famosa “Crisis NINJA”, podríamos cambiar las palabras de las siglas por éstas: No Iglesia, No Justicia, no Amor, porque el odio a la Iglesia es una injusticia que proviene y conduce a la falta de amor.

Mientras haya alguien que no ame, habrá odio contra la Iglesia. Ahora bien, ¿a qué se debe hoy en día el preocupante aumento de este rechazo?. Yo creo que una de las causas es el aburguesamiento de la sociedad; no es que la ciencia esté en contra de la religión, sino que los avances de la ciencia están siendo utilizados para aburguesarnos y esta situación, está minando la fe del mundo. Esta es una conclusión que me he copiado de D. Leopoldo Abadía sobre la crisis económica y es que todo está relacionado; por eso, quizás la solución que propone D. Leopoldo no esté muy desencaminada: cuidar los modales, porque, como dice la Biblia, quien es diligente en lo poco, lo será también en lo mucho; si cuidamos los detalles de la buena educación, estaremos evitando conflictos mayores, tanto en la economía, como en las relaciones sociales, como en cualquier otra faceta de la vida. También me parece que, observar los modales de la sociedad, es una buena forma de conocer su estado de salud espiritual; cuando veo manifestantes que pierden los papeles y empiezan a faltar al respeto, me digo: “qué pobres argumentos, éstos no me convencen”. Y es que cuando una persona está llena de odio por dentro, le cuesta mucho no exteriorizarlo y por supuesto, le cuesta mucho más guardar la compostura y los buenos modales.

Creo que los católicos debemos hacer un esfuerzo por ser más educados, más respetuosos; si no podemos amar a quien nos odia, al menos sí podemos intentar ser gentiles en el trato con ellos. Me llama mucho la atención que, en las películas antiguas, esto se tenía muy claro y los buenos de la película siempre eran los más caballerosos, los más dignos, los más honorables. En las películas de hoy sin embargo, parece que haya una competición de a ver qué película dice más tacos por minuto, a ver quién es el protagonista más chulo y prepotente. Ya no se estila la buena educación.

Pero como dice D. Leopoldo, no hay que caer en el error del pesimismo que, en definitiva, es una forma de acomodarse y no hacer nada; hay que ser optimistas, porque la buena educación empieza en nosotros y nada nos impide proponernos empezar a cambiar el mundo con pequeñas cosas como no decir palabrotas, ser caballerosos con las mujeres y ancianos, no contar chistes groseros o irrespetuosos, etc.

Me parece que todo lo dicho, guarda cierta coherencia con las conclusiones del Anuario Pontificio 2010 presentado ayer a Benedicto XVI, en donde se informa que, aunque la Iglesia Católica aumenta fieles y sacerdotes en los continentes más necesitados, en la aburguesada Europa sin embargo, está disminuyendo su fortaleza.

La crisis Ninja espiritual acabará cuando todos valoremos la labor social y humana de la Iglesia y de muchas otras organizaciones solidarias, cuando aplaudamos más a los que trabajan, a los que hacen cosas, a los que están ahí, al lado de los que sufren; cuando pidamos explicaciones a los que se limitan a hablar, a teorizar, a condenar y luego no cumplen lo que predican. En una sociedad incoherente, contradictoria e hipócrita, hace falta que seamos fieles, comprometidos y, cómo no, educados.


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El club de los fracasados
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Ahora está muy de moda unirse a grupos del facebook como una nueva forma de compartir con los demás nuestras opiniones. Miramos los grupos en que estamos y vemos cuánta gente hay apuntada; si hay mucha, nos alegramos, pero si hay poca gente, es posible incluso que nos borremos. Acabo de buscar en Facebook un grupo de “fracasados” y, aunque lo hay, tiene muy poca gente apuntada. Parece que nadie quiere ser un fracasado.

Sin embargo, los altares de nuestras Iglesias están llenas de imágenes de fracasados para el mundo: muerto por lanzas, por una rueda de molino, despellejado, abrasado, devorado, decapitado,… Y presidiendo todo este macabro museo de dolor, un crucificado, desnudo y con los brazos abiertos.

Decía Kierkegaard que cuando el tirano fallece, su reino termina; pero cuando el mártir muere, es precisamente entonces, cuando su reino comienza. Pero la mayoría de nosotros somos del “pájaro en mano”, así que para nosotros, lo del reino póstumo es una promesa muy poco atrayente.

Desgraciadamente, en nuestro querido mundo, muchas veces es incompatible la Verdad y tener éxito; a menudo, la fidelidad a la Verdad, es garantía de fracaso. Creo que por eso somos como somos, por eso nos cuesta tanto dar un sí rotundo a Dios, porque tenemos miedo a fracasar, tenemos miedo a acabar en un altar con un signo del martirio junto a nosotros.

Ahora que estamos en crisis, hay tantos fracasados, tantas empresas que cierran, tantos trabajadores en paro, tanto inmigrante desesperado, tantas familias con sus necesidades sin cubrir,… El club es más numeroso que nunca y, por desgracia, sigue aumentando; si estamos en el club, sabremos mejor que nadie que, salir de él es mucho más difícil que pinchar sobre el link “abandonar grupo”, de hecho, es normal pensar que nunca saldremos del club y que llevaremos una molesta y humillante chapa identificativa en la solapa toda la vida.

¿Qué o quien puede convencer a una persona a unirse a un grupo así, lleno de apestados y rechazados socialmente? Quizás sólo la mirada de un hombre colgado de una cruz, desnudo y con los brazos abiertos; y quizás una mujer arrodillada en el suelo, llorando, mirando el cadáver de su hijo torturado y clavado en alto. Porque si este hombre y esta mujer han fracasado y en su mirada aún hay fe y esperanza, si a pesar de todo nadie ha podido doblegarles y siguen amando a sus semejantes, si no han perdido la razón y siguen siendo fieles a Dios, entonces este hombre y esta mujer son invencibles, son verdaderos triunfadores, verdaderos reyes. Y a su lado, los vencedores de este mundo son unos perdedores, unos infelices, unos fracasados, aunque tengan una lanza en la mano y una mueca que parezca una sonrisa en la boca. El éxito de estos falsos reyes, es tan falso como su sonrisa y por eso no tardan en caer, porque la falsedad es vacío, oscuridad y la nada no se puede recordar; en el vacío sólo se puede caer y caer, nada más.

Pero la verdad ilumina nuestra vida, llena nuestra alma e impide que caigamos. Como se rellenan los cimientos de una casa antes de construirla, así el amor va llenando nuestra vida y hace que vivamos seguros, estables, felices. Porque la mejor recompensa de pertenecer al club de los fracasados es la dignidad de haber sido fieles a Dios, de poder disfrutar cada día de nuestra vida como si fuera el mejor, de recorrer el camino con un constante sentimiento de gratitud y esperanza en que aún falta lo mejor; como diría el super-ratón, si este episodio de hoy les ha gustado, “no se vayan todavía, aún hay más”. La Felicidad con mayúsculas, sólo es posible siendo fieles a la Verdad, aunque para ello, tengamos que inscribirnos en el club de los fracasados-locos-ingenuos. Y la verdad es que la verdadera libertad nace de hacer el bien y no pecar y nuestra felicidad de hoy y de mañana y del resto de nuestros días, depende de esto. Sin fe, esto no se puede entender, no se puede creer.

No elegimos pertenecer al club, es Dios quien nos elige aunque no queramos, pero la fe hará que nos sintamos orgullosos de seguir en pie a pesar de las dificultades, porque la fe empequeñece los grandes problemas y engrandece las pequeñas alegrías. Y cuando al fin salgamos del selecto club (porque no hay que dudar que saldremos), nos parecerá que no ha sido para tanto, sentiremos añoranza de esas grandes gestas y las contaremos a nuestros hijos con emoción. Y quizás haya algún fracasado-loco-ingenuo que aunque pueda, no quiera salir del club y quiera seguir cerca de María, Madre de los desamparados y cerca de Jesús, Rey de Reyes, quizás haya algún loco que esté dispuesto incluso a dar la vida por quien le dio la vida, alguien que no le importe que en el futuro, en una iglesia pongan un altar y sobre él una estatua suya con un signo del martirio, signo del fracaso del mal, signo de la victoria de Dios.


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El Apostolado de la Oración

corazon de jesus.gifCreo que la mejor forma de explicar qué es el Apostolado de la Oración (APOR) es no caer en el error de hacer una definición como si de un vocablo lingüístico se tratara. Puede ser que muchos de los que estén leyendo este artículo sea la primera vez que oyen hablar sobre el APOR y, sin embargo, ya estén viviendo esta espiritualidad. El APOR no ha inventado nada nuevo, sólo señala hacia una dirección, hacia dónde hay que desviar la mirada para entender mejor lo fundamental de nuestra fe.

Dios no está de brazos cruzados mirando con frustración lo que está pasando en el mundo, esperando a que nosotros reaccionemos; Él lleva la iniciativa de la historia y está tomando medidas. Personalmente creo que, el APOR es una de esas medidas.

Lo que se pretende es que lo más hondo de nuestro corazón entre en contacto con lo más hondo del corazón de Cristo para que se establezca una relación amorosa que vaya moldeando nuestro corazón humano al modo del Corazón de Jesús. La oración sincera y sencilla propicia este encuentro invisible y produce el milagro de la transformación, nuestra transformación; el profeta Ezequiel decía “les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36, 26). Es pues Dios quien lo hace, no nosotros, no hace falta ninguna capacidad intelectual ni ningún esfuerzo mental por nuestra parte, sólo tenemos que relacionarnos con Dios, hacerle compañía y dejar que Dios esté con nosotros. Lo que sí es necesario, como en toda relación amorosa, es la constancia, la perseverancia en la oración, aunque sea una oración superficial.

En cualquier relación amorosa ha de existir una reciprocidad, por ejemplo, mi mujer me quiere mucho y tiene muchos detalles y atenciones conmigo; yo también quiero mucho a mi mujer y veo y aprecio esos detalles de todo corazón, lo cual me lleva a querer corresponderle y tener atenciones con ella; los detalles requieren un esfuerzo, pero el círculo de amor en el que estamos inmersos hace que ese esfuerzo no tenga importancia, que sea lo de menos. Cuando entramos en el círculo de amor de Dios, también surge en nosotros la necesidad de corresponderle. Como Dios nos da a nosotros lo mejor de sí mismo, lo mejor que podemos dar a Dios nosotros, es a nosotros mismos, por eso el APOR fomenta la necesidad de ofrecer toda nuestra vida, por superficial que sea, a Dios. Ofrecemos todo lo que somos: nuestro trabajo, alegrías, tristezas, oraciones, pensamientos, afectos, deseos,… todo. Da igual que seamos más buenos o menos, más viciosos o menos, más imperfectos o menos, la cuestión es ofrecer a Dios todo lo que somos, cada día. Si lo hacemos con sinceridad, Dios ya nos irá puliendo con el tiempo.

El fruto de esta oración diaria como ofrenda a Dios es la unidad. Una de las misiones de la Iglesia Católica es hacer visible en el mundo, el mundo invisible de Dios. La unidad de los hombres con Dios se hace visible en el mundo a través de la unidad en la Iglesia. Este artículo, esta web y las personas que estamos detrás de todo esto, compartimos nuestra fe en nombre de la Iglesia Católica y gracias a la Iglesia que es en definitiva, quien nos ha dado la fe que ahora nos mueve a invertir tiempo y dinero por Dios de esta manera. Como un hijo que quiere a su padre pero rechaza a sus hermanos y se va de casa, así es aquél que ama a Dios, pero rechaza a su Iglesia. Como el hijo que vuelve a casa y descubre que la bondad de sus hermanos es mucho mayor que sus defectos y llora por el tiempo que ha perdido estando fuera de casa, así es aquél que vuelve a sentirse unido a la Santa Madre Iglesia, nuestro hogar. Nosotros podemos colaborar en la unidad de la Iglesia a través de la obediencia, pero no una obediencia ciega, sino que obedecemos porque sabemos que es bueno, que hace bien a la Iglesia en su conjunto, obedecemos para no romper la armonía familiar.

Pero esta obediencia por la unidad y esta constancia en la oración y esta actitud constante de ofrecimiento, tampoco son fruto de nuestro esfuerzo, sino fruto de la gracia de Dios, de su poder. Dios da su gracia a quien quiere, pero en el caso de los sacramentos, Dios está obligado a dar su gracia a todo aquél que participe de ellos con sinceridad. Es decir, en los sacramentos, la gracia está garantizada. Son pues la llave de San Pedro, la Iglesia, que nos abrirá la puerta de la salvación. Especial énfasis debemos hacer en los sacramentos que hemos de recibir constantemente como la confesión y sobre todo la Eucaristía, fuente y culmen de nuestra fe.

Viendo la cara de un niño y su semblanza, podemos saber de quién es hijo. El rostro de Jesús nos recuerda al rostro de María y el rostro de María nos recuerda a Jesús, porque mirando a uno, vemos el reflejo del otro. María es nuestro mejor guía por este camino que todos deseamos recorrer y siguiéndola a ella, seguimos a Jesús, porque los corazones de Jesús y María están tan unidos que van siempre juntos a todas partes. Veneremos a María sin miedo que ella es el camino más rápido a Jesús.

La espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús sintetiza lo más importante de nuestra fe, por eso, aprender las devotas prácticas del Sagrado Corazón, es una buena forma de empezar a ser un miembro más del Apostolado de la Oración. La sociedad nos lleva cada vez más a vivir de forma superficial; la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos lleva a todo lo contrario, a profundizar cada vez más en nosotros mismos y en nuestra relación con Dios.

Si alguien quiere saber cómo se concretan las actividades e iniciativas de los distintos secretariados del Apostolado de la Oración en el mundo, puede buscar en Internet, pero como he dicho, esta espiritualidad no es una tarea añadida a las muchas que ya tenemos, sino que es una forma más profunda de vivir lo que ya vivimos, de creer en lo que ya creemos, de trabajar en lo que ya trabajamos. La mejor forma de crecer en esta espiritualidad es en casa, en el trabajo, en las parroquias, haciendo lo que siempre hacemos pero ofreciéndolo a Dios de todo corazón cada día de nuestra vida.

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El silencio de Dios
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A veces me pregunto por qué Dios guarda tanto silencio. Él se comunica con nosotros de muchas maneras, pero a menudo, nuestras preguntas o peticiones no tienen respuesta por su parte de ninguna de las maneras. Le digo a Dios: “sé que ésta es tu voluntad, pero ¿por qué?” y no obtengo respuesta. Entre los hombres ,en determinadas circunstancias, la callada por respuesta es muestra de enemistad o mala educación, pero ¿qué pasa con Dios? ¿a qué se debe su silencio?.

En primer lugar, hay que aclarar que Dios no tiene la obligación de contestar nuestras preguntas de inmediato; somos nosotros los que, con nuestros pecados, le ofendemos y nos apartamos de Él. Imaginemos que alguien nos pega un puñetazo sin motivo aparente y luego nos pregunta: “¿Tienes algo que decir?”. Si creemos que contestar a su pregunta va a empeorar la situación, no tenemos la obligación de responder; podemos quejarnos, podemos preguntarle por qué ha hecho eso, pero no tenemos la obligación moral de contestar a su pregunta. De hecho, en ocasiones, el silencio es la mejor respuesta.

De todos modos, creo que aunque Dios no nos contesta inmediatamente, sí nos contesta en el momento adecuado, es decir, cuando estamos preparados para escuchar la respuesta, cuando la respuesta pueda sanar nuestras heridas, no antes.

El silencio de Dios también es ocasión de aumentar nuestra fe en Él. Por ejemplo, un padre le dice a su hijo: “no te vayas con desconocidos” y su hijo le pregunta: “¿por qué, papá?” y él contesta: “ahora no lo entiendes, pero confía en mí”. El hijo no entiende nada, su pregunta ha quedado sin respuesta, pero si su padre lo dice, será verdad. Dios con su silencio, nos está diciendo continuamente “confiad en mí”; si lo hacemos, será bueno para nosotros porque, ¿cuándo nos ha fallado?.

Otras veces, el silencio es sinónimo de “tú ya conoces la respuesta”. Y es que a veces le hacemos preguntas a Dios que, en vez de buscar una respuesta sanadora, lo que buscamos es algo en lo que pillarle para justificar nuestro enfado, nuestro malestar. Hay porqués desgarradores que más que preguntas, son reproches disfrazados con interrogantes. Conocemos la respuesta, pero no nos gusta y nos rebelamos.

El silencio tiene un poder desconocido para nosotros. Cuando hay ruido a nuestro alrededor nos resulta muy difícil relajarnos, concentrarnos, reflexionar; por el contrario, cuando encontramos momentos de silencio, encontramos descanso para nuestra alma y nuestros pensamientos se vuelven más profundos y elevados. Por eso es muy recomendable hacer ejercicios espirituales al menos una vez al año, porque el silencio y la paz de los monasterios nos ayudan a centrarnos, a descansar el espíritu. Pero nos cuesta mucho encontrar momentos; me parece que la actividad vertiginosa del mundo nos arrastra y nos produce alergia a la quietud, la soledad nos repugna y el silencio nos espanta; somos como adictos a la información que necesitan sus dosis diarias para no perderse en la oscuridad de la abstinencia. A veces, cuando rezo me imagino a Dios diciéndome: “hombre Rubén, para una vez que encuentras un momento de silencio, no querrás que lo estropee con mis respuestas”.

Y hablamos del silencio de Dios, pero ¿qué hay de nuestro silencio para con Dios?. Recordemos que nosotros nos olvidamos de Dios la mayor parte de nuestro tiempo, así que por muy enfadados o desesperados que estemos, debemos aceptar su silencio con obediencia y sumisión, no olvidemos la dignidad de quien nos escucha.

El silencio también puede ser una misión, porque a veces, lo que nos ayuda a crecer no son las respuestas, sino el camino que seguimos para encontrarlas. Somos muy comodones y si Dios respondiera a todo lo que le preguntamos, no nos esforzaríamos en buscar las respuestas por nosotros mismos.

Otras veces no sabemos ni lo que queremos y hacemos a Dios preguntas equivocadas. Porque es posible que en un momento determinado, lo que necesitemos no sean palabras, sino compañía, sentir que no estamos solos, sentir que somos importantes para alguien. Acudamos entonces al Sagrario a disfrutar de la compañía de Dios, sin palabras, simplemente a estar allí, a cruzar nuestras miradas; ¿es esto una pérdida de tiempo?. Si tuviéramos un padre en coma en el hospital, ¿sería una pérdida de tiempo ir a verlo y a estar con él?¿no se nos desgarraría el corazón si algo o alguien nos impidiera visitarlo?.

Cuando sucede algún desastre y el realismo del sufrimiento nos abruma, siempre sale esta cuestión: “¿dónde estaba Dios? ¿porqué no lo ha evitado?” son preguntas lícitas para quien sufre, pero no para quien ve el sufrimiento de lejos, como suele suceder; creo que en estas situaciones, el único consuelo que nos queda es la fe; el cinismo y los reproches no hacen más que empeorar la situación; esas personas lo que necesitan es una esperanza, algo a lo que agarrarse y para eso está Dios. Cristo crucificado es la mejor compañía que puedan tener, pues Él sabe lo que sufren. La oración del Cristo del Calvario no puede expresarlo mejor: “Cómo explicarte a ti mi soledad, cuando en la cruz, alzado y solo estás”.

El silencio de Dios, es sanador, es redentor, es enriquecedor, es fortalecedor, necesitamos el silencio de Dios y deberíamos darle gracias por no darnos lo que le pedimos, sino lo que necesitamos. Si creyéramos esto, quizás encontraríamos en el silencio las respuestas que buscamos.


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