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Hace tiempo que lo que comúnmente denominamos izquierda ha ganado la batalla de las palabras. Parece una cuestión trivial, menor, casi sin importancia. “Total, qué más da cómo se le llame a las cosas si no son como ellos dicen”. Pues en eso nos ganan. Todo comienza por acuñar una expresión, por ejemplo: interrupción voluntaria del embarazo -vamos lo que de toda la vida ha sido un vil y vulgar aborto-, y comienzan todos, muy disciplinadamente, a hablar de la interrupción voluntaria del embarazo a las nosecuantas semanas, de la interrupción voluntaria del embarazo en caso de peligro psicológico para la madre, de la regulación legal del IVE –que no es otra cosa que la interrupción voluntaria del embarazo camuflada en sus siglas- y así, poco a poco nos vamos familiarizando con la expresión y asociando a lo que es pero sin decirlo, con lo que poco a poco nos acostumbramos a tratar el tema pero de una forma mucho más suave, menos agresiva para el idioma. Y es que eso de llamar a las cosas por su nombre nunca ha sido muy popular. Es preferible anestesiar las conciencias que despertarlas con la cruda realidad. Por lo visto hablar de aborto, que es “interrumpir el desarrollo del feto durante el embarazo” según el diccionario de la Real Academia de la lengua Española (RAE), es buscar la confrontación, por lo visto supone una agresión intolerable al derecho inalienable de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y, también por lo visto es algo tan bueno para la sociedad que es mejor que no se llame por su nombre –nótese, por favor, la ironía-.
Podemos encontrar numerosos ejemplos en esta batalla de las palabras y es que si nos lo proponemos podemos, no sin esfuerzo, trasladar el mensaje que se quiera a la sociedad y a través del lenguaje a la moral y a las conciencias de las personas. Otra batalla perdida: “matrimonio homosexual”. Y ya nos podemos poner como queramos con miles de argumentos que demuestran que, como su propia definición deja clara en el diccionario de la RAE, matrimonio es la “unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales”. Y es más, en ninguna de sus demás acepciones menciona otro tipo de unión, por lo tanto no podemos nunca aceptar como matrimonio la unión entre hombres o la unión entre mujeres. Vamos que le podemos llamar como queramos, pero matrimonio no. Pero, como diría el clásico, los hechos son tozudos, y que por más razones que tengamos, se acepta socialmente –especialmente en los medios de comunicación- el término matrimonio homosexual.
Y así podríamos seguir un buen rato citando ejemplos de, insisto, batallas perdidas. Pero no debemos caer en la desesperación. Podemos aprender de los errores anteriores y si bien es cierto que los griegos eran moral, social y políticamente más desarrollados que los romanos, sucumbieron ante ellos. Y lo mismo le sucedió a los romanos frente a los pueblos bárbaros.
La Iglesia ha optado por la vía de la cultura y de la razón, del conocimiento y el convencimiento, no obliga sino que propone, pero está dejando que los “bárbaros” -valga la expresión- le ganen terreno con soflamas simplonas y mensajes falsos o intencionadamente sesgados. Es verdad que somos moralmente superiores, pero debemos de ser capaces de hacer llegar nuestro mensaje con claridad y simplicidad. No estaría de más aprender algo de lo bueno que tiene el adversario: es cierto que son malos, pero trabajan eficazmente.
Puede que hayamos perdido alguna, e incluso muchas, batallas pero la guerra no ha terminado.
Nota: A pesar de la terminología de confrontación empleada en el artículo no abogo por un enfrentamiento abierto –aunque tengo que madurarlo más- pero sí por el hecho de no ceder y de tener claro que gran parte de nuestro trabajo de divulgación y pastoral pasa por no dejarnos comer terreno en este aspecto.
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