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 Ayer, 3 de septiembre de 2009, leí en la prensa en internet que han asesinado a Christian Poveda. Hasta hoy no le conocía, pero sin saber muy bien por qué he comenzado a leer sobre los hechos y he descubierto una realidad que había olvidado y que durante unos años formaba parte de mi día a día: las maras.
De momento no hay información salvo que ha aparecido un cadáver con documentación a nombre de Christian Poveda acribillado a balazos en un área marginal de la ciudad de San Salvador, El Salvador. Y por el tipo de muerte se le relaciona con las maras o pandillas, que campan a sus anchas por esas zonas. Precisamente en San Salvador ha sido alguna vez noticia por ello. Precisamente Christian Poveda terminó hace unos meses una película en la que recoge cómo es la vida de las pandillas, “La vida loca”. Precisamente puede que ese haya sido el detonante de su muerte.
Lo trágico de esta cruda, muy cruda, realidad es que para que muchos de nosotros nos acordemos –o sencillamente nos enteremos- de que existen este tipo de organizaciones, haya tenido que morir Christian. Y es que la vida en pleno siglo XXI tiene estas cosas.
La realidad de las maras han marcado la vida de miles de jóvenes en los últimos 30 años, especialmente en Centroamérica. No es un fenómeno exclusivamente salvadoreño, pero sí es allí uno de los lugares en los que se manifiesta con más fuerza. No es un problema sencillo, como no lo suelen ser los problemas sociales, y la solución tampoco lo es. Pero de lo que no me cabe la menor duda es que cualquier posible solución requiere valor, mucho valor, ingenio, mucho ingenio, y seguramente una gran dosis de querer salir hacia delante dándole una oportunidad a la vida. A la de todos. A una vida que en muchos casos ha perdido sus referentes y su valor.
Confío en que la vida de Christian haya tenido valor y sobre todo su muerte. ¡Ojalá!
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