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Cuentan que en el origen de los tiempos Dios hizo todo lo que existe. Hizo el sol, las estrellas, los planetas y todo lo que hay en el firmamento. Hizo el mar con los peces y moluscos y todo tipo de seres que viven el él. Hizo la tierra con los valles, llanuras y montañas, con los bosques y praderas, con los ríos y lagunas, y todos los animales que viven en ella. Lo hizo todo y lo hizo bien. Y cuando tenía todo terminado hizo al hombre para que viviera, disfrutara y gobernara toda la creación. Y a ese ser perfecto que debía reinar sobre el paraíso creado decidió concederle un don único. Había muchos dones repartidos por todo lo creado: la belleza en las flores, la ternura en las madres mimando y cuidando de sus crías, la armonía en el canto de los pájaros, y así los distintos dones fueron distribuidos. Pero para la creatura elegida, para la preferida, guardó el más preciado de todos los dones: el don de la felicidad. Y decidió asimismo guardarlo en un lugar al alcance de todos, ya que no todos podrían llegar a lo más alto de las montañas, ni todos podrían bajar a las profundidades de los mares. Por eso decidió ponerlo dentro de cada uno, muy cerquita del corazón.
Pero inexplicablemente, el hombre, no lo busca allí.
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