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Adiós 2009, hola 2010

2010.jpgSe acabó. No hay más. Definitivamente, se terminó. Y el año 2009 pasó a la historia. Ya no hay tiempo para más. Ha llegado el momento de afrontar nuevos retos y se quedaron pendientes aquellos que se debían realizar en 2009. Y es que sin solución de continuidad ha llegado el 2010. Estamos de nuevo entre parabienes y buenas intenciones. “¡Feliz año!”, se oye por todas partes; “mucha suerte y ponte algo rojo”; y en el mejor de los casos, en un arranque de religiosidad, “que te traigan muchas cosas los Reyes”. Y es que el novamás de las fiestas paganas –no por tradición pagana, sino por escasez de enfoque religioso, e indiscutiblemente multitudinaria- ha llegado. Unos con uvas, otros con lentejas como dicen que lo celebran los italianos, otros con la cena a medias y otros sin cenar, pero sea como sea, celebración que no falte. Y es que no nos faltan motivos para desear que todo vaya a mejor, que unos encuentren trabajo, otros superen un enfermedad, algunos encuentren novia, terminen los estudios o, simplemente, que termine la dichosa crisis. Incluso algún conocido ha hecho en voz alta el balance del 2009 en los siguientes términos: “Señor, en este 2009 te has llevado al cantante del que más me acordaba, Michael Jackson, al actor del que más me acordaba, José Luis López Vásquez, a la actriz de la que más me acordaba, Farrah Fawcett, y si es tu voluntad me parece bien, pero ¿por qué no te has llevado también al Presidente del Gobierno del que más me acuerdo: ZP?”. Y es que cada uno analiza el tema según le va. Pero en lo que todos coincidimos es que comienza un nuevo período: fiscal, laboral, personal... El primero de enero es el día de los buenos propósitos, ya veremos hasta donde llegan muchos. Por todo esto, por lo que hemos dejado atrás y por todo lo que nos queda por delante, en este último día de 2009, quisiera desear a todos lo mejor de lo mejor para el año 2010.

¡Feliz Año Nuevo!

 

Nota final: el sentido religioso de las fiestas está claro que se lo puede dar cada uno pero, por favor, entre tantas intenciones nuevas que no nos falte a nosotros una por los demás.

Navidad: cosas de Dios

anunciacion.jpgNos acercamos a uno de los momentos más importantes del año de nuestra vida de fe: el nacimiento del que vendrá a salvar al mundo. Dicho así parece tan espectacular como lo que creemos que es (al menos de eso presumimos en nuestros actos de fe).  Pero lo trascendente del tema no es que venga, sino que viene a encarnarse, esta vez, en nosotros. Mejor dicho, a través de nosotros, ya que somos nosotros los que le tenemos que hacer presente en y con nuestra vida. ¡Ahí es nada!

Y es que en las cosas del Señor, de esas que nadie entiende porque según la tradición “escribe recto en renglones torcidos”, que unas veces es brisa suave y otras, no pocas, a lo tremendo, debemos estar preparados para todo. Sí, como suena. Tal y como a María le tocó ser la Madre del Salvador, sin previo aviso, con discreción y con un problema de narices por delante para explicar a todos la verdad del asunto –mejor hizo dejando las explicaciones en manos de Dios, que ya es confiar- porque a Dios, que todo lo puede, le da por no hacer alardes de grandeza en cuestiones mundanas: que van a pensar que el niño ese... pues nada, se lo dejas a Dios y santas pascuas, un problemilla menos. Y pongo este ejemplo porque es de hace unos días –todos los años en Adviento volvemos al capítulo de la Anunciación- pero que conste que no es el único.

Como decía, el asunto clave de la Navidad no está en los regalos de Papá Noel, Santa Claus o como se llame el tipo ese vestido de rojo del que cada vez me llegan peores referencias. El último rumor que corre sobre él es que ha montado una franquicia de asalta pisos especializados en entrar por los balcones. Y por lo visto lo hacen tanto a la luz del día como con nocturnidad y que, para más inri –no se si debiera utilizar esa palabra, pero bueno- la cosa cae simpática a no pocos vecinos.

Pero volviendo a centrar el tema –mira que me cuesta hoy- lo verdaderamente importante es que en Navidad puede volver a producirse un nacimiento importante, un nacimiento que puede cambiar, supongo que, el mundo si nos lo proponemos pero que bastante hay con cambiarnos a nosotros.

Y eso es todo. Simplemente que con toda la confianza que Dios nos tiene nos llama a cada uno por nuestro nombre y nos invita sin paliativos, directamente, sin excusas a ser reflejo de Él. A vivir como lo hizo Él. A convivir con los demás como lo haría Él. A dejar que Él nazca en nosotros y que nosotros nazcamos para los demás. Como dije antes, es algo tremendo –cosas de Dios- pero la respuesta es personal.

 

¡Feliz Navidad!

De verdad, ha llegado Navidad

belen.jpgParece mentira pero la Navidad está aquí. Pasan los días a la velocidad del rayo y cada vez parece que disfrutamos menos de los días. Es como si anheláramos la felicidad duradera y, una y otra vez, buscamos esos momentos que nos hacen sentir bien para que mediante la sucesión de los mismos quedarnos en una constante felicidad. Y, claro está, estos momentos pasan, se desvanecen en nuestro día a día y provocan un vacío, una insatisfacción permanente. Otra vez es Navidad. Sí, ha pasado otro año y eso que parece que fuera ayer cuando nos juntamos para celebrar la Navidad pasada. Es que el tiempo pasa volando. Y quizá, puede que quizá, el tiempo pasa tan deprisa porque nosotros así lo permitimos. Intentamos llenar nuestras vida con actos, compromisos y miles de cosas de quehacer, y vamos dejando por el camino, muchos breves momentos que si los sumamos pueden suponer un rosario segundos que puedan dar otro sentido a nuestra vida, a ese día a día que tanto nos afanamos en llenar.

Hace algún tiempo que una serie de interrogantes me vienen rondando la cabeza: ¿qué somos?, ¿qué transmitimos?, ¿coincide con lo que queremos ser?, ¿sabemos lo que de verdad queremos ser?

También de forma recurrente una respuesta va tomando forma en mi interior: puede que no sepamos lo que de verdad queremos ser, eso dependerá de si nos hemos parado a pensarlo; puede que sabiendo lo que queremos ser ello coincida, o no, con lo que transmitimos; puede que lo que transmitamos no sea lo que de verdad somos; pero de lo que cada vez estoy más seguro es de que transmitimos que somos aquello a lo que nos dedicamos más tiempo. Si trabajamos, somos trabajadores; si bromeamos, somos bromistas; si nos quejamos, somos unos quejosos; si hacemos deporte, somos deportistas; si estamos con la familia, somos familiares... Básicamente, sin necesidad de hacer grandes esfuerzos, transmitimos que somos aquello en lo que nos ocupamos, por lo tanto puede que si además de llenar nuestra vida con muchos pequeños momentos de “algo”, puede que ese “algo” sea lo que nos identifique, lo que transmitamos, lo que, en definitiva, seamos.

 

Sí, es de nuevo Navidad. Y quizá, sólo quizá, es un buen momento para que nazca en nosotros eso que de verdad queremos ser.

 

Símbolos religiosos

jamon.jpgEl pasado viernes, 4 de diciembre, Santiago González publicaba un artículo en El Mundo en el que hacía unas reflexiones acerca de la última ocurrencia parlamentaria de los republicanos de la izquierda catalana respaldada por el partido del Sr. Rodríguez, nuestro presidente, acerca de la retirada de los crucifijos de las aulas.

Para empezar, para que el supuesto malentendido no quede entre nosotros, la propuesta en cuestión fue la que fue y votaron lo que votaron. Vamos, que sí. Que votaron que los quitaran. Que mejor estamos sin cruces en las aulas que nos recuerden que nuestra cultura, la cultura occidental, la cultura en la que es posible, factible y una realidad constatable la separación entre la Iglesia y el estado; una cultura en la que conviven la religión y la democracia; una cultura en la que pueden convivir diferentes religiones sin que llegue la sangre al río e incluso que formen parte del paisaje las opciones no religiosas; una cultura basada en la dignidad de todos, mejor dicho en la igual dignidad de todos. Vamos que por lo visto lo más “in”, lo más “guay”, lo que se lleva es no recordar nuestros orígenes. Y así viviendo en la ignorancia podrán hacer de nuestros retoños una panda de borregos analfabetos, porque lo que no se lleva es reconocer que nuestra cultura es hija de la tradición judeocristiana pasada por el tamiz de la civilización grecorromana. Y es que a fuer de ser sinceros predomina el discurso progre de que contra la Iglesia todo vale. ¡Qué sabrán ellos qué es la Iglesia! Si no distinguen la imposibilidad de comulgar por el hecho de encontrarse en situación de pecado público con la excomunión. (Me remito a las noticias referentes a este tema publicadas tras a la aprobación de la reforma de la ley del aborto).

 

Por lo visto el reto en estos momentos consiste en proscribir de la vida pública los símbolos religiosos y recluirlos a la esfera de la vida privada. Y como suele ser característico de la izquierda progre y laicista, en un arranque de atrevimiento atacan frontalmente a aquellos que saben bien que no armarán lío, o que si lo arman no llegará más allá de cuatro comunicados muy educados y comedidos, eso sí, en los que dejarán patente su desacuerdo. Vamos que podemos considerar una muestra pública de fe el crucifijo en las aulas, pero no el hecho de que una mujer musulmana lleve el velo, expresión manifiesta de su fe en público, como tampoco debe de serlo el hecho de exigir un menú diferenciado para los musulmanes ya que por cuestiones de fe no pueden disfrutar, entre otras, de las delicias de cierto animal de bellota que campa por tierras hispanas y del que según el refranero nos gustan hasta los andares.

 

En resumen, o todos moros o todos cristianos (es una expresión de nuestra tradición, no una posición xenófoba en contra de la convivencia social con personas que profesan distintas religiones). A buen entendedor... ¡viva el jamón serrano!