Con la Iglesia

Buscar, con Agustín, a Dios

"Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en ti".
La frase citada arriba pertenece al santo que tanto se resistió a Cristo pero marca, exactamente, el camino que hemos de seguir si es que queremos, de verdad, descansar, alguna vez, en Dios. San Agustín, lleno de mundo, lo cambió por el que nunca pasa.

La satisfacción del ser humano se resume, muchas veces, en la materia: tener sobre el ser es muchas veces la voluntad que guía nuestros pasos porque, en verdad, olvidamos la relación vertical que nos une con Dios, Creador nuestro. Este olvido, por tanto, nos hace estar alejados del Padre y demasiado pegados a la mundanidad del mundo.

Pero Agustín sabía, por así decirlo, algo más; tenía conciencia de la importancia que Dios tiene en nuestras vidas y, por eso, exclamó el “descanse en ti” . Sabía, por eso, que descansar en Dios es lo único que, en verdad, valía (y vale) la pena y por eso lo buscó tanto.

Nuestro corazón necesita, para tener una verdadera existencia (para que sea completa) acercarse, darse, a Dios y hacer, con tal espiritual acción, un gesto de amor hacia Quien, en definitiva, nos infunde el Espíritu Santo, Su Espíritu.

¿Dónde, entonces, podemos buscar y encontrar a Dios?

Dice en su “Libro de las confesiones” que “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste”.

Dos instrumentos nos proporciona Agustín para encontrar a Dios: penetrar en nuestro interior y dejarnos atraer por el socorro de Dios, siempre a nuestro lado, siempre deseando que manifestemos el ansia que hemos de tener por buscarlo.

En cuanto a la posibilidad de “penetrar” en nuestro interior, la oración nos ha de facilitar tal meta porque nos ayuda a separar lo que es bueno para nuestra vida de lo que es corrupción del alma. Por eso orar, rezar, con perseverancia al Padre, nos ayuda, por la fuerza misma que tiene tal contacto de quien quiere manifestar, así, su filiación divina, a encontrar, cerca, a Dios.

En cuanto al socorro de Dios tenemos la experiencia clara de su siempre actual ser en nuestra vida. Por eso, aunque ser creados por Dios y tener libertad para conducir nuestra existencia es todo uno, depende de nuestra voluntad (por tanto) demandar el auxilio del Padre que es nuestro y, así, nuestro auxilio seguro en tiempos de tribulación o, simplemente, de dar gracias.

Algo nos manifiesta Agustín, en el Sermón 103, de lo que, en realidad, nos ha de preocupar: “En medio de la multiplicidad de ocupaciones de este mundo, hay una sola cosa a la que debemos tender. Tender, porque somos todavía peregrinos, no residentes; estamos aún en camino, no en la patria definitiva; hacia ella tiende nuestro deseo, pero no disfrutamos aún de su posesión. Sin embargo, no cejemos en nuestro esfuerzo, no dejemos de tender hacia ella, porque sólo así podremos un día llegar a término”.
Si Agustín entendió que, en su tiempo, había muchas ocupaciones que podían distraer de la que, en verdad, es importante, ¿Qué diremos de un tiempo que, como el nuestro, nos hace estar siempre tan atareados para llegar a pocas partes que valgan la pena?
A pesar, por tanto, de las ocupaciones de entonces y de ahora, hay que tener en cuenta que no ha cambiado lo que, al menos, no debería cambiar: ir hacia “la patria definitiva” o, lo que es lo mismo, encontrar a Dios.

No carece, esto, de esfuerzo y de lucha (ya sabemos con qué contamos en el mundo de hoy y qué está en contra de tal esfuerzo y de tal lucha) Tender hacia el definitivo Reino de Dios tratando de encontrar al Padre en la parte del Reino, en este lado del Reino, del que ya disfrutamos si somos capaces de obviar las distracciones que el Maligno siembra a ambos lados del camino por el que vamos (pues toda vida es una camino a seguir que tiene su origen en la creación por parte de Dios y su final en el retorno al Padre de donde salimos), no es fácil.

Algo así, por lo tanto, como volver al polvo de donde nació el primer hombre, Adán.

Pero, a pesar de todos los inconvenientes (humanos) con los que podamos encontrarnos en la búsqueda de Dios, bien nos dice Agustín algo que nos ha de servir en tal intento perseverante y que no está alejado, sino al contrario, de nuestro comportamiento como cristianos:

“Os lo ruego, amemos juntos, corramos juntos el camino de nuestra fe; deseemos la patria celestial, suspiremos por ella, sintámonos peregrinos en este mundo. ¿Qué es lo que veremos entonces? Que nos lo diga ahora el Evangelio: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Entonces llegarás a la fuente con cuya agua has sido rociado; entonces verás al descubierto la luz cuyos rayos, por caminos oblicuos y sinuosos, fueron enviados a las tinieblas de tu corazón, y para ver y soportar la cual eres entretanto purificado. Queridos –dice el mismo Juan–, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (Tratado 35, 8-9)

Por otra parte, también Benedicto XVI toma la figura de San Agustín como muy importante dentro de la historia de la Iglesia católica. Así,
“Cuando leo los escritos de san Agustín no tengo la impresión de que sea un hombre muerto hace más o menos mil seiscientos años, sino que lo siento como un hombre de hoy: un amigo, un contemporáneo que me habla, que nos habla con su fe fresca y actual” (Audiencia General del 16 de enero de 2008)
Y tal realidad espiritual es la que nos debe iluminar a nosotros que, a tanta distancia de tiempo estamos, exactamente, en la misma situación de búsqueda de Dios que en la que se encontraba nuestro hermano Agustín, hijo de Dios, santo, doctor.

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Eleuterio Fernández Guzmán

martes, 24 de abril de 2012

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