Para caminantes

El Apostolado de la Oración

Creo que la mejor forma de explicar qué es el Apostolado de la Oración, APOR, es no caer en el error de hacer una definición como si de un vocablo lingüístico se tratara. Puede ser que muchos de los que estén leyendo este artículo sea la primera vez que oyen hablar sobre el APOR y, sin embargo, ya estén viviendo esta espiritualidad. El APOR no ha inventado nada nuevo, sólo señala hacia una dirección, hacia dónde hay que desviar la mirada para entender mejor lo fundamental de nuestra fe.

Dios no está de brazos cruzados mirando con frustración lo que está pasando en el mundo, esperando a que nosotros reaccionemos; Él lleva la iniciativa de la historia y está tomando medidas. Personalmente creo que, el APOR es una de esas medidas.

Lo que se pretende es que lo más hondo de nuestro corazón entre en contacto con lo más hondo del corazón de Cristo para que se establezca una relación amorosa que vaya moldeando nuestro corazón humano al modo del Corazón de Jesús. La oración sincera y sencilla propicia este encuentro invisible y produce el milagro de la transformación, nuestra transformación; el profeta Ezequiel decía “les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36, 26). Es pues Dios quien lo hace, no nosotros, no hace falta ninguna capacidad intelectual ni ningún esfuerzo mental por nuestra parte, sólo tenemos que relacionarnos con Dios, hacerle compañía y dejar que Dios esté con nosotros. Lo que sí es necesario, como en toda relación amorosa, es la constancia, la perseverancia en la oración, aunque sea una oración superficial.

En cualquier relación amorosa ha de existir una reciprocidad, por ejemplo, mi mujer me quiere mucho y tiene muchos detalles y atenciones conmigo; yo también quiero mucho a mi mujer y veo y aprecio esos detalles de todo corazón, lo cual me lleva a querer corresponderle y tener atenciones con ella; los detalles requieren un esfuerzo, pero el círculo de amor en el que estamos inmersos hace que ese esfuerzo no tenga importancia, que sea lo de menos. Cuando entramos en el círculo de amor de Dios, también surge en nosotros la necesidad de corresponderle. Como Dios nos da a nosotros lo mejor de sí mismo, lo mejor que podemos dar a Dios nosotros, es a nosotros mismos, por eso el APOR fomenta la necesidad de ofrecer toda nuestra vida, por superficial que sea, a Dios. Ofrecemos todo lo que somos: nuestro trabajo, alegrías, tristezas, oraciones, pensamientos, afectos, deseos… Todo. Da igual que seamos más buenos o menos, más viciosos o menos, más imperfectos o menos, la cuestión es ofrecer a Dios todo lo que somos, cada día. Si lo hacemos con sinceridad, Dios ya nos irá puliendo con el tiempo.
El fruto de esta oración diaria como ofrenda a Dios es la unidad. Una de las misiones de la Iglesia Católica es hacer visible en el mundo, el mundo invisible de Dios. La unidad de los hombres con Dios se hace visible en el mundo a través de la unidad en la Iglesia. Este artículo, esta web y las personas que estamos detrás de todo esto, compartimos nuestra fe en nombre de la Iglesia Católica y gracias a la Iglesia que es en definitiva, quien nos ha dado la fe que ahora nos mueve a invertir tiempo y dinero por Dios de esta manera. Como un hijo que quiere a su padre pero rechaza a sus hermanos y se va de casa, así es aquél que ama a Dios, pero rechaza a su Iglesia. Como el hijo que vuelve a casa y descubre que la bondad de sus hermanos es mucho mayor que sus defectos y llora por el tiempo que ha perdido estando fuera de casa, así es aquél que vuelve a sentirse unido a la Santa Madre Iglesia, nuestro hogar. Nosotros podemos colaborar en la unidad de la Iglesia a través de la obediencia, pero no una obediencia ciega, sino que obedecemos porque sabemos que es bueno, que hace bien a la Iglesia en su conjunto, obedecemos para no romper la armonía familiar.

Pero esta obediencia por la unidad y esta constancia en la oración y esta actitud constante de ofrecimiento, tampoco son fruto de nuestro esfuerzo, sino fruto de la gracia de Dios, de su poder. Dios da su gracia a quien quiere, pero en el caso de los sacramentos, Dios está obligado a dar su gracia a todo aquél que participe de ellos con sinceridad. Es decir, en los sacramentos, la gracia está garantizada. Son pues la llave de San Pedro, la Iglesia, que nos abrirá la puerta de la salvación. Especial énfasis debemos hacer en los sacramentos que hemos de recibir constantemente como la confesión y sobre todo la Eucaristía, fuente y culmen de nuestra fe.

Viendo la cara de un niño y su semblanza, podemos saber de quién es hijo. El rostro de Jesús nos recuerda al rostro de María y el rostro de María nos recuerda a Jesús, porque mirando a uno, vemos el reflejo del otro. María es nuestro mejor guía por este camino que todos deseamos recorrer y siguiéndola a ella, seguimos a Jesús, porque los corazones de Jesús y María están tan unidos que van siempre juntos a todas partes. Veneremos a María sin miedo que ella es el camino más rápido a Jesús.

La espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús sintetiza lo más importante de nuestra fe, por eso, aprender las devotas prácticas del Sagrado Corazón, es una buena forma de empezar a ser un miembro más del Apostolado de la Oración. La sociedad nos lleva cada vez más a vivir de forma superficial; la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos lleva a todo lo contrario, a profundizar cada vez más en nosotros mismos y en nuestra relación con Dios.

Si alguien quiere saber cómo se concretan las actividades e iniciativas de los distintos secretariados del Apostolado de la Oración en el mundo, puede buscar en Internet, pero como he dicho, esta espiritualidad no es una tarea añadida a las muchas que ya tenemos, sino que es una forma más profunda de vivir lo que ya vivimos, de creer en lo que ya creemos, de trabajar en lo que ya trabajamos. La mejor forma de crecer en esta espiritualidad es en casa, en el trabajo, en las parroquias, haciendo lo que siempre hacemos pero ofreciéndolo a Dios de todo corazón cada día de nuestra vida.


Fuente: El Hombre Invisible- Blogs eAD

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Rubén Machí

martes, 09 de febrero de 2010

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