El otro día me llevé una grata sorpresa al ver un gran belén en un centro comercial. Fue una gran alegría porque me parece que pronto llegarán los días en que estará prohibido montar belenes, así que hay que aprovecharlos ahora que podemos y disfrutar de ellos, intentar que se queden grabados en nuestra memoria antes de que desaparezcan de la escena pública.
Era precioso, con los pasajes más importantes de la historia de la Encarnación, toda clase de detalles de la época, muñecos en movimiento, agua circulando por fuentes y pozos, escenas cotidianas, animales de todo tipo…
Me detuve con especial interés en la escena del asesinato de los niños inocentes; el belén estaba tan bien hecho que podías imaginarte la situación: seguro que muchos soldados se negarían a participar en la matanza de niños, así que los que salieron a la caza debían ser los más despiadados. En el belén que vi había un soldado montado a caballo agarrando con una mano a un bebé por uno de sus tobillos; lo tenía en vilo boca abajo y en la otra mano, un puñal apuntando a su objetivo. En frente de ellos, la madre arrodillada en el suelo, vencida por la violencia del mundo pero gritando y suplicando clemencia, se llevaba las manos a la cara, horrorizada.
Me pregunté dónde estarían los padres de las criaturas; deduje que los soldados esperarían el momento en que los hombres se habrían ido a trabajar al campo, esperaron al momento en que más indefensos estarían los niños y sus madres para que no tuvieran quién los protegiera. ¿Qué sentirían los padres al llegar a casa y comprobar lo sucedido? Qué vida más corta la de esos niños, pero al menos tuvieron a alguien que los amó y que lloró su pérdida. ¿Puede haber algo más triste que eso? Desgraciadamente sí, la de aquellos niños que nunca fueron amados y por quien nadie ha llorado su muerte, los más indefensos de todos.
La escena del empadronamiento de María y José me hizo pensar que en aquella época también había burocracia y funcionarios. Si ahora nos quejamos de la atención recibida por ciertos funcionarios, no quiero ni pensar cómo serían aquéllos, lo largas que serían las colas, las humillaciones que tendrían que soportar los pueblos sometidos a la opresión de Roma. Sólo desde el contexto de esa crueldad totalitaria, se entiende que María y José en sus condiciones, hicieran un viaje tan temerario para rellenar unos papeles. Estoy seguro que los recién casados salieron de su tierra convencidos de que Dios cuidaría de ellos. No es por nada, pero que su hijo nazca en un establo no es lo que yo entiendo por cuidar de ellos y menos aún que tengan que huir a Egipto sin poder avisar siquiera a sus familiares.
Pero lo que yo entienda por “cuidar de ellos” no importa porque yo no veo con los ojos de la fe. Dios cuidó de los suyos, no permitió que murieran en la matanza de los santos inocentes, permitió que antes se empadronaran y cumplieran con el objetivo del viaje. Y en cuanto al pesebre, ¿podemos decir que no es un trono digno de un Rey? Si hemos entendido el mensaje de Cristo, no podemos decir eso. La dignidad no está en los objetos, sino en los corazones, y el Rey del universo, nació en un pesebre y murió en una cruz para dejar claro que Él no quiere nuestro dinero, ni nuestros objetos, Él nos quiere a nosotros, nuestra persona, nuestro amor.
No podía faltar en tan gran montaje, la graciosa figurita del cagón; no nos olvidemos que en aquella época no habían sistemas de alcantarillado, por tanto, hacer las necesidades en el campo era lo más natural del mundo, lo más humano. Podemos ser muy orgullosos, déspotas y tiranos, pero a la hora de la verdad, todos nos inclinamos ante la poderosa llamada de la madre Naturaleza.
El belén es bonito porque es sencillo y nos recuerda lo sencilla que es la vida y lo mucho que nos la complicamos nosotros. No es una tradición tan lucrativa económicamente hablando como , pero espiritualmente su valor es incalculable.
Escribiendo este artículo me han entrado ganas de rezar frente al belén de mi casa, que Dios bendiga a todos aquellos que me han enseñado desde pequeño esta buena tradición.
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