Para caminantes

Miedosos

Un enfermo grave esperaba ansioso el diagnóstico del doctor. Cuando el médico entra en su habitación, el enfermo le pregunta muy serio al doctor: “Doctor, ¿cómo estoy?”. El doctor le responde: “Está usted en las manos de Dios”. Y el enfermo, con los ojos llorosos, le dice: “¿Tan mal estoy, doctor?”.

Este chiste se lo oí contar al Padre Mendizábal para explicarnos qué poco nos fiamos de Dios. Estar en las manos de Dios, es sinónimo de estar en las últimas, más allá que acá.

Una vez oí decir a otro sacerdote que entre los pecados capitales faltaba uno: la cobardía. Somos muy miedosos, nos tiemblan las piernas por cualquier tontería, como si estuviéramos en la cuerda floja y temiéramos caer. ¿Desde cuándo las manos de Dios son una cuerda floja?.

La cobardía es una consecuencia de nuestra poca fe en Dios. Y es que, a menudo, sufrimos más por el miedo a sufrir que por el propio sufrimiento. Cuando se acerca la fecha de algún acontecimiento que sé que me hará sufrir, lo peor que puedo hacer es pensar en lo que pueda pasar; lo mejor que puedo hacer es mantenerme ocupado en otras cosas para no pensar en ello. Dicen que las desgracias nunca vienen solas; si es así, es una bendición de Dios porque unos problemas te mantienen distraído de los otros y el sufrimiento es menor que si cada día tuviéramos una desgracia diferente por la que desvelarnos.

Cuando estamos preocupados por algo, hay dos palabras que no deberíamos pronunciar nunca: “¿Y si…?”. Los “isis” son una trampa que nos hacen creer que nos preparamos mejor para el sufrimiento y sin embargo, lo único que producen es aumentar nuestro miedo y, por tanto, nuestro sufrimiento. Si nuestra mente recibe un bombardeo de “isis” que no podemos controlar, lo que sí podemos hacer es contestar a esta pregunta diabólica, con otro bombardeo de respuestas: “todo irá bien”, “estoy en las manos de Dios”, “todo irá bien, todo irá bien…”.

Si la fe es luz, la falta de fe es oscuridad y por eso, nuestra ceguera hace que suframos porque no vemos la realidad con perspectiva. Esto me recuerda a un episodio de una serie de TV: Monk. El Sr Monk, el protagonista, es un detective que en este episodio estaba temporalmente cegado por una irritación de los ojos. Pero, cegado y todo, iba siguiendo una pista por un edificio en construcción. En un momento determinado, el detective creyó haber subido a una viga saliente de la obra y que estaba suspendido en el aire a cientos de metros de altura, sin otro punto de apoyo que la estrecha viga. Lo gracioso de la escena era que los televidentes veíamos que en realidad, el Sr. Monk estaba subido a una viga que había en el suelo y que él estaba haciendo malabarismos a 20 centímetros de altura, gritando desesperado para que alguien le ayudara. Algo así nos pasa a nosotros cuando tenemos miedo y nos creemos al borde del abismo; Dios sabe que no tenemos motivos para tener miedo, aun así, nos consuela.

El miedo, sea cual sea su origen, es un enemigo a combatir. Si no luchamos contra el miedo y dejamos que se apodere de nosotros, perdemos los papeles y hacemos cosas de las que luego nos arrepentimos. A menudo el miedo se disfraza de ira; cuando alguien tiene un ataque de rabia, es muy posible que en el fondo sólo esté asustado.

Creo que una de las propiedades de los pecados capitales es que son muy contagiosos. La ira concretamente, es más contagiosa que la gripe A; qué difícil es conservar la calma cuando alguien te levanta la voz e intenta intimidarte y es que los pecadores somos estupendos conductores de pecado, los pecados pasan de unos a otros como la electricidad por el metal. Una de las cosas que diferencian a las personas santas de los que no lo somos, es que cuando el pecado del mundo llega a ellos, ahí se queda, no pasa; los santos son como aislantes del pecado, neutralizadores. Así como los electricistas utilizan escaleras de madera para protegerse de posibles descargas eléctricas, también nosotros debemos subir a la cruz de Cristo para que su madera nos proteja del mal. Aunque resulte paradójico, es en la cruz donde más seguros estamos, porque estamos con Cristo.

Pero tenemos miedo.

Como he dicho antes, el mejor antídoto contra el miedo es la confianza: “Jesús, confío en ti”. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús tiene la particularidad de llevarnos siempre al centro del amor, a lo fundamental, a lo esencial; por eso, me parece que esta devoción es el medio más eficaz de luchar contra el miedo.

“Jesús, confío en ti”.

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Rubén Machí

miércoles, 25 de noviembre de 2009

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