Todos somos muy generosos, pero seamos sinceros, cuando se trata de dar dinero, la pela es la pela. No nos cuesta hacer favores y préstamos de objetos, pero si nos piden dinero nos ponemos en guardia como mínimo. Y es que ¿por qué tenemos que dar ese dinero que tanto esfuerzo nos ha costado ganar? “A mí nadie me ha regalado nada”, nos decimos; “si tanto dinero le hace falta, que trabaje más, como hacemos todos”. Tenemos una imaginación muy buena para poner excusas que justifiquen nuestra tacañería.
Y es que no podemos evitar ver eso de la limosna como un gasto, en vez de como una inversión. Hay quien invierte su dinero en el banco, otros en la bolsa y todos son conscientes de asumir un “riesgo mínimo”. Entonces, cuando invertimos nuestro dinero en buenas obras ¿qué asumimos, un riesgo máximo? ¿Eso es para nosotros la palabra de Dios? ¿Quién se cree eso de que recibiremos “ciento por uno”?
Imaginaros un hombre que invierte su dinero en un plazo fijo y el banquero le dice que le pagarán los intereses de forma anual y así queda escrito en el contrato. Un mes después de la firma, el cliente va al banco a por los intereses y el banquero le dice: “quedamos en que le pagaríamos transcurrido un año” a lo que el cliente le contesta: “pero yo necesito el dinero ya, no de aquí a un año” “Lo siento, pero no puede ser, el contrato es claro al respecto y si quiere los intereses tiene que esperar” le contesta el banquero. El cliente se va furioso y decidido a no invertir más su dinero en ese banco.
Creo que algo así es lo que nos pasa con Dios; como no vemos resultados a corto plazo y no tenemos paciencia para esperar, no vemos ese “ciento por uno” estipulado en el contrato y nos cuesta ser generosos, desconfiamos.
¿Cuántos favores le hemos pedido a Dios y nos los ha concedido? Muchos, sin embargo sólo recordamos los favores que no nos concede cuando nosotros queremos. Un buen ejercicio sería apuntarse en un papel las peticiones importantes que le hacemos a Dios y, al cabo de unos años, revisar la lista y comprobar qué peticiones nos ha concedido, cuáles no eran realmente necesarias y cuáles eran necesarias y no nos ha concedido. Creo que nos sorprenderíamos al ver hasta qué punto es generoso Dios con nuestros caprichos.
Otro problema para ver los intereses prometidos por el Banco de Cristo, es la propia naturaleza invisible de dichos intereses. La fe requiere invisibilidad; por ello no es de extrañar que todo lo relacionado con la fe sea invisible: los ángeles, el cielo, el poder de los sacramentos… Los intereses del Banco de Cristo también son invisibles para las personas sin fe. Sólo con fe puedes comprobar tu extracto bancario y experimentar el asombro al ver los abundantes frutos de tus pequeñas inversiones. Ese asombro es el que hace que dejemos de considerar nuestras buenas obras como pérdidas o gastos a fondo perdido y en cambio las veamos como ganancias en el cielo, es decir, como inversiones seguras, inteligentes.
Hay que pedirle mucho a Dios que nos dé más fe.
Una curiosidad; en todos los billetes de un dólar aparece la inscripción “In God We Trust”, es decir, en Dios confiamos. Pues si en Dios confiáramos, no nos resultaría tan difícil rascarnos el bolsillo y compartir esos billetes con nuestros hermanos necesitados.
La limosna, junto con el ayuno y la oración, es un ejercicio espiritual fundamental para nuestro crecimiento personal. Sería bueno proponernos invertir, una cuota mensual, en obras benéficas y llevar un seguimiento de dichas obras para palpar los intereses invisibles de nuestra inversión; este seguimiento, seguro que hará nacer en nosotros el asombro que nos llevará a invertir más y con más alegría en el futuro.
Si alguien se pregunta cuánto hay que dar, creo que la mejor respuesta nos la dio la Madre Teresa de Calcuta: “hay que dar hasta que duela y cuando duela, dar todavía más”.
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