El artículo de Nacho Pastor de “La batalla de las palabras”, me ha hecho pensar. Es cierto, en la sociedad hay una batalla de las palabras y es una batalla muy importante. No olvidemos que estamos en la sociedad de la información; nuestra vida está rodeada de información en base a la cual nos formamos criterios personales. La información nos influye y nos condiciona hasta tal punto que se puede decir que hoy en día, la información es poder.
La base de la democracia son los votos y no sorprende comprobar cómo los partidos políticos, en su mayoría, condicionan su ideología en función a dichos votos. Complejos y avanzados mecanismos de análisis e interpretación de la opinión pública son imprescindibles en cualquier partido que aspire a gobernar. Por el contrario, los partidos han dejado de lado la profundización filosófica y moral de sus creencias, la coherencia de sus planteamientos y la argumentación racional de sus propuestas porque no son importantes para conseguir votos.
Esta degeneración democrática proviene de la pérdida del celo por la verdad. La verdad ya no importa, sólo importa la opinión del pueblo. Hoy pueden defender una cosa y mañana todo lo contrario sin pestañear.
Si es que no hay más que ver las millonarias campañas electorales para darse cuenta que los políticos no quieren convencer, quieren manipular.
Uno se pregunta, ¿qué se vende mejor: la verdad o la mentira? ¿Por qué la verdad parece perder terreno en la sociedad?. Yo creo que en lo más hondo de nuestro corazón subyace una firme idea: “la verdad está bien mientras no me incomode”. Es tal el grado de bienestar en nuestro nivel de vida que haríamos cualquier cosa por no perderlo. La comodidad se ha convertido en el opio del pueblo y preferimos una mentira bien adornada que una cruda realidad.
Yo también creo que la verdad está perdiendo terreno y que tenemos que hacer algo por solucionar este problema. ¿Qué podemos hacer? Complicada respuesta. Para servir a la verdad, además de no caer en el evidente error de mentir para defender tus ideas, hay que ser un gran buscador de la verdad. No se trata de hablar más o más fuerte, se trata de vivir fielmente aquello en lo que crees. “Mirad cómo se aman” decían de los primeros cristianos, ¿podrían decir lo mismo hoy en día de nosotros? ¿Somos ejemplo de amor? Creo que la respuesta a esta pregunta señala directamente a nuestro corazón, a nuestra responsabilidad y a más de uno nos hará sonrojar.
No debemos caer en el error de utilizar los medios del mundo para intentar arreglar el mundo. ¿Nos critican, se burlan de nosotros, nos injurian y agreden? Pues si estas injusticias nos duelen, no hagamos nosotros lo mismo. Al contrario, hablemos con tranquilidad, serenidad y comprensión. No juzguemos a las personas ni las demonicemos, que nuestras palabras sean constructivas, no destructivas, dejemos las venganzas a Dios y ocupémonos en amar, sólo eso.
Lo cierto es que el mundo no necesita palabras, necesita ser escuchado porque se siente solo. ¿Y si probáramos a combatir la batalla de las palabras con el silencio, con la escucha atenta y comprensiva?¿No daríamos al mundo lo que necesita y al mismo tiempo seríamos ejemplo de amor? ¿Qué es más efectivo: hablar bien o callar bien?.
Hay que hablar sí, pero la batalla no la ganaremos con palabras, sino con amores. No olvidemos que el mensaje más elocuente para convencer al mundo ya ha sido dicho, es Cristo crucificado; si queremos convencer, crucifiquémonos con Él.
|