Hoy he discutido con mis padres. Creo que la culpa ha sido mía y me he disculpado por ello. Los padres son las personas que más han hecho por nosotros y a las que menos se lo valoramos. Reconozco que me confieso muchas veces por no tratar a mis padres con el respeto que merecen. Hoy mi madre me ha sorprendido, porque cuando le he preguntado si me perdonaba, me ha dicho con los ojos llorosos “¡Pues claro!” y luego me ha dado un abrazo. No sé qué tengo que hacer para que mis padres me dejen de querer; supongo que no puedo hacer nada, que Dios los bendiga por ello.
Esto me ha hecho pensar en la magia y el poder del perdón. Los viajes en el tiempo son imposibles y, aunque a veces nos gustaría retroceder en el tiempo y rectificar algo de lo que hemos hecho, no podemos. Sin embargo, si eres capaz de pedir perdón y la otra persona de aceptarlo, no sólo es que no hace falta viajar en el tiempo para cambiar nada, sino que la reconciliación puede hacer que las personas nos unamos más de lo que estábamos antes de haber causado el daño.
Creo que a veces, perdonar es más difícil que pedir perdón, pero tanto para una cosa como para la otra, siempre hace falta humildad. Lo que más daño hace no es el error que cometemos en un momento dado, sino cómo respondemos ante ese error. Cómo nos gusta regodearnos en el fango de nuestro orgullo y no reconocer nuestros errores, como si eso nos hiciera mejores. Esto me recuerda al cuento “El traje nuevo del emperador” porque a veces hacemos el ridículo esforzándonos por ocultar nuestros fallos, cuando ya están a la vista de todos.
La magia de la palabra perdón no está en la propia palabra, sino en el arrepentimiento de quien la pronuncia. Alguien puede pensar que no hace falta pedir perdón para demostrar que estás arrepentido; yo creo que sí es necesario. ¿Cómo hay que demostrar tu arrepentimiento sino: comprando regalos, contando un chiste…? Creo que la palabra “perdón” no es muy popular porque implica humillación, sometimiento, mansedumbre y estas son virtudes muy devaluadas hoy en día. No está de moda ser manso. Lo cierto es que hasta que no pedimos perdón y el otro lo acepta, no pasamos página. Qué triste es cuando no pedimos perdón. Qué triste cuando lo pedimos y el otro no lo acepta. El perdón no arregla las cosas por sí mismo, pero es un buen comienzo.
No es casualidad que el perdón sea uno de los siete sacramentos. Yo soy un orgulloso empedernido, confesarme me cuesta muchísimo y eso que sé que Dios siempre me perdona (eso me convierte en orgullosísimo al cuadrado ¿no?). Si nos cuesta pedir perdón a Aquél que siempre perdona, ¿cómo vamos a pedir perdón a quien puede que nos dé una bofetada? Si pusiéramos en un lado de la balanza una bolita roja por cada vez que ofendemos a Dios y en el otro lado una bolita negra por cada vez que le pedimos perdón, nos cargaríamos la balanza y las bolitas rojas saldrían volando al espacio exterior. Menos mal que tenemos la confesión.
Pienso que pedir perdón es una obligación tan grande, que quien hace daño y no pide perdón, en realidad, está dañando dos veces; lo que hemos hecho no lo podemos cambiar, pero el daño de no reconocerlo sí ¿porqué demorarlo? Que no pase un solo día sin que hayamos pedido perdón a quien se lo debemos, empezando por Dios.
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