El otro día no funcionaba un ordenador del trabajo. Se encendía, pero se volvía a apagar sin llegar a cargar el sistema operativo. Lo abrí y vi que estaba lleno de polvo, así que lo limpié con una aspiradora, lo volví a montar y tachán, ya funciona a la perfección, como si no le hubiera pasado nada. El polvo se había ido acumulando día tras día, sin que nos diéramos cuenta hasta que el ordenador dejó de funcionar sin motivo aparente.
¿No es eso lo que nos pasa a nosotros cuando descuidamos la oración? La oración limpia el polvo de nuestro corazón para que no perdamos el ardor de nuestro amor. Si no rezamos, poco a poco nos vamos entibiando y perdiendo ese entusiasmo característico de todo auténtico cristiano. Nos volvemos grises contaminados por la polución del mundo que nos rodea. Así como el polvo está en todas partes y, aunque no lo vemos, va por el aire dejando su capa de suciedad en los objetos, así el pecado nuestro y de los demás, va dejando lentamente su poso en nuestra alma y nos influye, nos afecta. Nadie es inmune al polvo del pecado del mundo.
En mi casa, el día de la limpieza es el sábado. Aspiramos, fregamos, barremos... Para tener la casa bien limpia toda la semana. Ojalá fuéramos tan diligentes con nuestra alma y le pasáramos la aspiradora de la confesión cada semana. Yo creo que a veces estamos tan llenos de polvo en nuestro interior que, sin quererlo, llenamos de polvo a los demás y eso no es justo. Si tenemos pereza de participar en los sacramentos por nosotros, al menos deberíamos hacerlo por los demás, para no ir por ahí ensuciando.
Cuando en la Biblia dice que somos polvo y en polvo nos convertiremos, se refiere a nuestro cuerpo pues nuestra alma es inmortal. Somos débiles, frágiles, vulnerables…Pero nos creemos superiores, importantes, protagonistas, indispensables, autosuficientes… No nos olvidemos en nuestro trabajo, en nuestra familia, con nuestras amistades y allá donde vayamos que somos polvo; pero no para estar acomplejados o pesimistas, sino para no caer en la tentación de la soberbia. Somos polvo, pero durante nuestra vida Dios nos moldea y nos hace hombres/mujeres y cuando morimos al pecado, los méritos de Jesucristo nos hacen divinos, dignos de ser servidos hasta por los ángeles.
Si somos polvo no podemos ser alquimistas. Sólo Dios puede obrar el milagro de la alquimia en nuestra alma. Nosotros somos, si queremos, la materia prima donde Dios hace sus obras de arte.
Cuando vemos un cuadro muy bonito, nos resulta agradable, atrayente, sugerente, iluminador. Esas sensaciones positivas nos llevan a admirarnos de la destreza y genialidad de su autor. El mérito del cuadro no es de los pigmentos o del lienzo o del pincel, es del artista y si quisiéramos un cuadro igual, no nos pondríamos a pintarlo nosotros, sino que buscaríamos al artista para que nos hiciese otro. Del mismo modo, nuestras obras no han de buscar el reconocimiento de los demás o reafirmar nuestra dignidad o demostrar nuestra valía, sino que han de buscar agradar a Dios, exaltarle, honrarle, pues si la gente nos tiene por personas valiosas no es por lo que somos, sino por lo que Dios ha hecho en nosotros.
Una vez le preguntaron a la Madre Teresa de Calcuta qué le gustaría que la gente recordara de ella; ella contestó que nada. Quería que se olvidaran de ella y que tan solo recordaran a Dios que es el verdadero responsable de sus obras.
Cuando nos afanamos por demostrar lo mucho que valemos, acabamos poniendo de manifiesto lo que realmente somos. ¿Quieres ser importante? Ponte en las manos de Dios, abandónate a su voluntad, niégate a ti mismo y sirve a los demás, olvídate de tus caprichos y asume las necesidades de los que te rodean, déjate moldear por Dios.
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