Uno de los artículos de eAD en la sección de “Razones para creer”, reflexiona sobre algunos de los motivos por los que Dios es invisible. Efectivamente, a Dios no lo podemos percibir con los sentidos pero, gracias a Dios tenemos otros medios de percepción además del olfato, gusto, tacto, vista y oído. Razón, imaginación, sentido común, instinto… Son habilidades de nuestro cerebro que nos pueden ayudar a interpretar la realidad que nos rodea de un modo más exacto, aunque el hecho de ser habilidades subjetivas, las hace ser también falibles.
Si imaginamos estas habilidades del ser humano como si fueran vagones de tren o cabinas de un telesférico, la fe sería la vía del tren o el cable del telesférico que conduce por el camino correcto nuestra percepción de la realidad, porque la fe nos conduce a la verdad, la verdad a la libertad y la libertad a la felicidad.
Una sociedad sin fe es una sociedad sin rumbo; lo vemos cada día: somos más cultos, más civilizados, más avanzados, tenemos más recursos, más tecnología, más nivel de vida, más experiencia, pero somos menos felices, estamos más vacíos, somos miedosos, vulnerables, delicados, susceptibles, caprichosos, violentos… Vamos a la deriva, sin rumbo y eso se nota en la vida.
Como ese señor que va caminando deprisa por la calle absorto en sus preocupaciones y al tropezar con algo exclama: “¡Oiga, pero mire por donde anda!” y prosigue su marcha maldiciendo su suerte, sin darse cuenta que acaba de tropezar con una farola. Alguien que ama, es como el señor que va caminando por la calle absorto en sus preocupaciones y al tropezar con algo exclama: “Uy disculpe, no le había visto” y al darse la vuelta se da cuenta que acaba de tropezar con una farola y sonriendo prosigue su camino, pero esta vez, prestando más atención. El amor nos abre los ojos.
Es curioso comprobar cómo la fe hace visible lo invisible o, mejor dicho, hace que veamos al fin lo que siempre hemos tenido en frente de nuestras narices.
En la película “El hombre invisible”, cuando el protagonista se quita toda la ropa nadie lo puede ver; sólo se le ve cuando se pone un abrigo, un disfraz, cuando deja una huella… Así es como le siguen la pista, observando los signos que deja a su paso por algún lugar, o los testimonios de gente que se han quedado sorprendidas al ver algo inexplicable. A veces Dios se parece un poco al hombre invisible; para encontrarlo no puedes confiar sólo en tu vista, tienes que seguir unas pistas, razonar, buscar, prestar atención.
Yo digo a los jóvenes de confirmación que a Dios sí lo podemos ver, tocar, oír, oler, gustar… Pero para hacerlo necesitamos tener fe. ¿Cómo es esto posible? Si tienes fe en que Cristo se hace presente en la Eucaristía, necesariamente has de creer que cuando vas a comulgar puedes ver a Cristo y tocarlo y gustarlo, incluso masticarlo y engullirlo.
Podemos oír sus palabras en la proclamación del Evangelio o cuando alguien nos habla y con sus palabras Dios abre nuestro corazón a la verdad o cuando rezamos ante el sagrario y encontramos las respuestas que tanto buscábamos. La fe empieza a partir de una elección personal sobre si queremos creer que Dios existe o no. Quien decide no creer en Dios es como el personaje de la película que levanta la vista del periódico y ve un abrigo y unos zapatos vacíos caminando por la calle; los mira confuso y decide que no cree lo que ha visto porque es imposible que sea real según sus creencias. Vuelve a bajar la vista del periódico y continúa con su vida como si nada hubiera pasado. Quien decide creer en Dios, observa los signos de Su presencia en su vida y empieza a atar cabos y sacar conclusiones lógicas que provocan un impacto en su vida que no pueden ignorar y que, quieran o no, les cambia la vida.
Leyendo esta reflexión, alguien pensará: “Ya, pero el hombre invisible no existe”. ¿Cómo que no? Sí que existe, es Cristo y va caminando por tu calle y acude a tu trabajo y te saluda cada día y te llama por teléfono y nunca se cansa de que le ignores y de que bajes la cabeza y sigas con tu vida como si él no existiera. Es el hombre perseguido y perseguidor, invisible para los que quieren acabar con Él y visible para los que le quieren ayudar.
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